Que la nueva pedagogía es enemiga de la educación, o
por mejor decirlo, de la formación, es algo de lo que ya nadie podrá dejar de
convencerme. A estas alturas, mi descreimiento sobre los inventos educativos ha
alcanzado tal grado de escepticismo, que huyo de los cursillos de formación
permanente del profesorado casi tanto como de los libros de Clara Sánchez
(aunque creo que prefiero los cursillos). Desde que los niños sólo deben
aprender aquello que puedan ver y tocar porque el resto de conocimientos está
fuera su centro de interés inmediato y no es significativo; desde que la
memorización ha sido desterrada de las habilidades didácticas; desde que la
motivación (palabra sin la que es imposible sobrevivir en el siglo XXI) debe
asistir a todas las actividades realizadas en el aula (como si la mera
curiosidad por el aprendizaje no supusiera suficiente motivación o, si nos
ponemos prácticos, la obtención del título académico en una sociedad con el 55%
de paro juvenil); desde que las clases magistrales son cosa de otros tiempos;
desde que no se entiende a un maestro si no es asido a su Power Point; desde
que los profesores han tenido que ajuglararse para hacer más divertidas las
clases; en fin, desde que los “peda-gogós” de la nueva hornada han inundado de
vacua verborrea los planes de estudio, los niños saben muuuucho más que antes.
Ahora los niños conocen cómo vestían los romanos, qué comían los romanos y cómo
se divertían los romanos pero ni rastro de las dinastías, emperadores,
acontecimientos políticos y cronologías. Los niños, al finalizar la ESO se han
doctorado en Laura Gallego pero no tienen ni idea de los clásicos porque éstos
están fuera, una vez más, de su “centro de interés”. Cabría pensar que los
“peda-gogós” legitiman sus teorías acudiendo a aquel concepto de la
“intrahistoria” unamuniana o a la máxima del prodesse et delectare pero estos no han leído a Unamuno ni a Horacio en su pedagógica vida.
Lo grave del caso es que esta corriente se está
instaurando ya también en el mundo de los adultos. Si ahora uno realiza, por
ejemplo, una visita guiada a un yacimiento arqueológico, se va a encontrar con
que unos tipos disfrazados de romanos van a sustituir la “árida” y tradicional
explicación de un especialista en la materia por una vergonzante bufonada donde
tiene más interés la performance de los personajes que la información
estrictamente académica. De tal manera que, al final, uno tiene que acabar
conformándose con leer la exigua información que aparece en los paneles del
yacimiento si quiere aprender algo, mientras el resto del grupo se aborrega
ante las bobadas de los faranduleros togados. Pero claro, todo sea por
divertirse; todo sea en virtud de la amenidad. Cuando se hablaba de
democratizar la cultura, no se quería decir que nos trataran a todos como a
idiotas. Hasta el menos formado tiene derecho a saber qué es un capitel jónico
sin que para ello un imbécil disfrazado de columna tenga que colocarse en la
cabeza una peluca con dos rulos. No se debe confundir la promoción cultural con
la banalización, ni el entretenimiento con la falta de rigor. Y lo más triste
es que ese actor improvisado a quien hace unas líneas yo he llamado
injustamente imbécil, sea aquel arqueólogo auxiliar del yacimiento, que tras la
nobleza de su hermoso trabajo, tenga después que humillar los conocimientos
adquiridos a base de años de esfuerzo y sacrificios, al dios tirano de esa
pedagogía ludópata que nos está haciendo zoquetes rematados a todos.




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