domingo, 15 de enero de 2017

348. Buscando a Falcó



No ha debido de ser tarea fácil para Arturo Pérez-Reverte crear el personaje de Lorenzo Falcó, aún más si éste aspira a convertirse en el héroe de una nueva saga. El escritor cartagenero –aunque apuesto que él preferiría la variante cartaginesa del gentilicio–, arrastraba el lastre de Diego Alatriste, cuya compañía en los tercios de la literatura se había dilatado durante quince largos años, estableciendo con él fuertes complicidades que habían de predisponer necesariamente a su autor a atribuir rasgos del soldado leonés a este mercenario de nuevo cuño. Es cierto que entre 1996 y 2011, Reverte ha escrito otras novelas y que su competencia narrativa le ha permitido crear sin problemas otros personajes muy distintos del de Alatriste. Pero hay demasiadas concomitancias entre este Lorenzo Falcó de la convulsa Europa de principios del XX y el capitán del siglo XVII, tales como cierto desencanto en su concepción del mundo o determinado sesgo ético en algunos rasgos de su comportamiento. Quizás por eso, me ha parecido que en buena parte de la novela, Reverte no hace otra cosa que tratar de buscar a su Falcó, de darle voz propia, de individualizarlo, de explorar sus posibilidades como personaje nuevo. Ya en las entrevistas que el escritor concedía con motivo de la publicación de la novela, se atisbaba esa necesidad de explicar al personaje, y ese apremio parecía pesar mucho más que los aspectos de la trama argumental. Hay partes, pues, de la novela, donde se cargan demasiado las tintas sobre la configuración del carácter del personaje. Sólo cuando el autor se libera de esa búsqueda –podríamos llamar ontológica– de Falcó, la novela se emancipa y vuela, ahora sí, eficaz y solvente, creando una atmósfera al más puro estilo clásico de la novela negra, cuando los espías no estaban atontados con el WhatsApp.

La novela toma como núcleo argumental el intento de liberación de José Antonio Primo de Rivera de la cárcel de Alicante y la ambigüedad de la cúpula franquista en torno a ese rescate. Estoy convencido de que la lectura de Falcó no debe de resultar cómoda para un lector de izquierdas. Lorenzo Falcó sirve a los nacionales en su misión y es ley no escrita eso de empatizar con el personaje principal; de ahí las reservas que determinados sectores ideológicos puedan albergar respecto a la novela. Sin embargo, son prejuicios infundados. Falcó, efectivamente, trabaja para los sublevados, pero podría hacerlo para cualquiera porque es un mercenario. Existe un interés capital en Reverte en evitar los maniqueísmos y, por ello, crea un personaje que sólo se sirve a sí mismo y que ningunea las grandes palabras que sustentan los pilares doctrinales de los distintos credos políticos. Para Reverte, el gran error español es el de etiquetar a las personas, el de colocarlas en compartimentos estancos que no admiten matices, porque eso es lo cómodo. La novela trata de neutralizar la dicotomía de buenos y malos para construir un universo de escalas mucho más compleja que la burda simplificación con la que se trata de explicar a veces aquella locura colosal que fue la guerra civil. Falcó halla comportamientos miserables en ambos bandos y no escatima, por cierto, en imputar muchos de ellos a la facción que circunstancialmente defiende. Él mismo es un miserable cuando se trata de salvar el pellejo. Pero también se burla de la ingenuidad que atesoran los que preservan los grandes ideales en virtud de palabras como “patria” o “bandera” y aboga por la libertad de no sentirse parte de nada. Porque, en muchas ocasiones, esas defensas acérrimas de determinados principios sublimes no son más que construcciones arbitrarias al servicio de unos intereses oscuros que toman como títeres a mentes débiles y maleables. Ese es Falcó. Insobornable, mujeriego, egoísta y expeditivo pero que, no obstante, conserva una suerte de lealtad y sentido del honor, propios de otras épocas. Quizás de la de Alatriste.