lunes, 4 de febrero de 2019

432. ¿Quién es el señor Schmitt?



El pasquín de mano donde se anuncia la nueva obra de Sergio Peris-Mencheta incluye dos citas que abordan el tema de la identidad. La primera es de Oscar Wilde y reza: “La mayoría de las personas son otras; sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita”. La segunda nota es de Lovecraft y dice: “Ni la muerte, ni la fatalidad, ni la ansiedad, pueden producir la insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad”. Si en el siglo XIX, la identidad empezaba a preocupar a escritores como los citados, en el siglo XXI ese mismo asunto se ha convertido seguramente en el gran tema por antonomasia. La globalización, la presión mediática y social, la búsqueda de un avatar artificial en la red que nos redima en la ficción virtual de nuestras vidas desnortadas, todo contribuye a la desvirtualización de nuestra identidad y, en último término, a su renuncia, que es lo mismo que decir a nuestra muerte en vida.
¿Quién es el señor Schmitt?, de Sébastien Thiéry, aborda el problema de forma tragicómica. El señor y la señora Carnero (Javier Gutiérrez y Cristina Castaño) cenan tranquilamente en el comedor familiar pero pronto empiezan a ser conscientes de que algo no marcha bien: reciben una llamada telefónica, pero los señores Carnero no tienen teléfono. Es sólo el principio. Más tarde descubrirán que la ropa de los armarios no es su ropa, que los álbumes familiares incluyen fotografías de personas extrañas, que la llave no entra en la cerradura, que el retrato de la graduación del señor Carnero ha sido sustituida por la de un perro, que viven en Andorra y que todo el mundo les llama señor y señora Schmitt. El planteamiento del conflicto está trufado de escenas divertidas que concurren para alimentar el misterio y el juego de enredos. Pero, poco a poco, la risa se convierte en una mueca amarga cuando asistimos a la desesperación del señor Carnero por pugnar por la identidad que todo el mundo se empeña en arrebatarle. Hasta la señora Carnero va asumiendo, paulatinamente, su nuevo nombre y su nueva vida, metamorfosis a la que su marido asiste con creciente inquietud hasta dudar él mismo de su propia cordura. Y, en realidad, el único cuerdo de la obra es el propio señor Carnero. Su esposa, otra víctima al fin y al cabo, adopta una actitud acomodaticia y cede a la presión general que le dice que ella no es ella. Se niega a luchar, se somete a la fagocitación social, alegorizada por las figuras del policía y el psicólogo, y hasta comulga con ruedas de molino cuando acepta como algo natural la maternidad de “su” hijo negro. Es por eso que el escenario, cuando ella admite su nueva vida, se ilumina con barras de neón de un amarillo music hall que enmarcan el salón familiar, como un guiño al espectador que debe interpretar la nueva iluminación como el símbolo de la representación ficticia, de la vida-espectáculo, del borreguismo hecho reality. Hasta la profesión del señor Carnero, oftalmólogo, tiene su trasunto metafórico. Oftalmólogo para mirarme en los ojos de los demás, dice el protagonista. El señor Schmitt, por su parte, es dermatólogo, cuya vinculación epidérmica, tiene también su sentido figurado en la superficialidad externa. Para recuperar su identidad, el señor Carnero tendrá que tomar una decisión radical pero coherente. ¿Que quién es el señor Schmitt? Para nosotros, la respuesta está en el cuadro que cuelga de la pared, que sólo podrá desvelar si no se ha convertido antes, también usted, en el señor Schmitt.

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