El estreno de la película, Ágora, de Alejandro Amenábar, ha aventado las olvidadas cenizas de la legendaria Biblioteca de Alejandría. El esquema argumental de la cinta es básicamente histórico aunque, como veremos más adelante, el director se permita algunas licencias. Ágora se centra en torno a la figura de Hipatia, personaje que vivió realmente a caballo entre los siglos IV y V de nuestra era, matemática, astrónoma y filósofa, e hija de Teón, director de la Biblioteca en aquel tiempo. En vida de Hipatia, la Biblioteca hacía ya cerca de 600 años que existía, desde que el primero de los Tolomeos la fundara y Demetrio de Falero, antiguo general de Alejandro Magno, impulsara la importación de libros. Les siguió Zenodoto de Éfeso, primer director de la Biblioteca, que fue primero también en elaborar una edición crítica de Homero. A partir de ese momento, la nómina de eruditos que trabajaron para el Museo (como también se le llamaba a la Biblioteca por considerarse templo de las Musas) no hizo más que aumentar: matemáticos como Euclides; astrónomos como Aristarco de Samos, tan presente en la película de Amenábar, que se anticipó en más de 18 siglos a las teorías de Copérnico sobre la rotación de la Tierra y su movimiento alrededor del Sol; médicos como Herófilo y Galeno, este último referencia indiscutible hasta el siglo XVII; literatos como Calímaco, Apolonio de Rodas, el creador de Las argonáuticas o Aristarco de Samotracia, autor de un Canon alejandrino, que clasifica las mejores obras literarias griegas; físicos como Arquímedes; geógrafos como Estrabón; filósofos como nuestro Séneca; exégetas bíblicos como Filón (no olvidemos que en la Biblioteca de Alejandría se tradujo al griego la Biblia, conocida como la Biblia de los Setenta, aunque parece que fueron 72 los traductores de tan magna empresa) y sabios inclasificables por la vastedad de su saber como Eratóstenes de Cirene o Claudio Tolomeo. Por nombrar sólo a unos pocos.Con estos antecedentes, Hipatia era, pues, heredera no sólo de un enorme legado científico (se dice que la Biblioteca albergaba en sus anaqueles más de 50.000 libros en tan solo dos años de vida, ¡imaginemos el fondo bibliográfico en tiempos de nuestra heroína!) sino, sobre todo, depositaria de un ferviente amor hacia el conocimiento, acentuado por el cargo de su padre. Así nos la pinta Amenábar en su película, una mujer entusiasta de sus investigaciones, a veces absolutamente ensimisada en ellas, que vive con pasión cada nuevo hallazgo y transmite su ciencia a los alumnos con contagiable agitación espiritual. Parece que las enseñanzas de Hipatia no se produjeron en el Museo, como nos muestra la película. Las diferentes fuentes apuntan a un magisterio callejero, itinerante o bien en su propia casa. Lo que sí es cierto es que entre sus discípulos contó con muchos que después medrarían en política y que alcanzarían cargos relevantes. Es el caso de Orestes, a la postre pretor de Roma en Alejandría o de Sinesio, que alcanzó el obispado de Cirene, tras convertirse al cristianismo. La anécdota presente en la película del pañuelo teñido con la menstruación de Hipatia para alejar a su pretendiente, el todavía alumno Orestes, parece cierta pero no lo es tanto el destinatario del pañuelo. Hipatia estuvo realmente casada con el filósofo Isidoro, aunque se dice que la inclinación homosexual de éste dejó a Hipatia virgen; otra fuentes cuentan que fue Sinesio el pretendiente y no Orestes. De hecho, de Sinesio se conservan algunos documentos que demuestran una relación epistolar con Hipatia. También es dudosa la atribución a Hipatia en la película del descubrimiento de la forma elipsoidal de la órbita terrestre, aunque la nula conservación de sus obras, así como su estudio de los antiguos astrónomos, deja abierta esa posibilidad a los románticos.
Por lo demás, la película es un testimonio fidedigno de la intransigencia que azotó a Alejandría en aquellos tiempos. La llegada al poder de Teodosio en Constantinopla supone, mediante el Edicto de Tesalónica del año 380, la oficialización del catolicismo. Este impulso, junto con la radicalidad de los patriarcados de Teófilo y de su sobrino Cirilo, hicieron olvidar a los cristianos su antigua condición de mártires y ahora son éstos quienes persiguen y aniquilan primero a los paganos y después a los judíos, tras siglos de armónica convivencia en Alejandría. La Biblioteca y, con ella, Hipatia serán también víctimas. Siglos de conocimiento recopilados pacientemente en millares de papiros son destruidos por ser considerados heréticos en nombre de una única verdad. La película está empapada de un profundo escepticismo en los hombres y en los dioses. Son numerosos los planos de la Tierra, solitaria, desde donde se oye el rumor lejano de la humanidad enfrentada por una verdad que ni ella misma conoce, mientras el universo infinito es testigo mudo del desvarío del planeta. También Hipatia hace referencia, en algún momento, a que la Tierra es un planeta errante. Más allá del tecnicismo astronómico, el término es muy connotativo. De profundo lirismo es la última visión de Hipatia y tremendamente efectistas las circunstancias de su muerte prematura, en plena juventud, aunque sabemos que la sabia murió bastante más mayor.
Nadie sabe cómo desapareció la Biblioteca de Alejandría. Algunos afirman que fue incendiada por Julio César, otros aseguran que fue Teodosio, aquellos que el califa Omar. Tanto da. El verdadero drama no reside en el quién si no en el porqué. La turba que lapidó a Hipatia o que quemó el Museo lo hizo conminada por un líder que, ávido de perpetuar su poder, manipuló la mente de las gentes, aprovechando su ignorancia. Por eso el saber nos hace libres. La ciencia amaniata al déspota y democratiza a los hombres. La figura de Hipatia, auténtica mártir de la ciencia, debería ser un ejemplo en un tiempo, el nuestro, donde languidece la curiosidad y el ansias de conocer y donde el adocenamiento marca las directrices que convienen a unos pocos. Ojalá que el único fuego que arda en adelante sea el del Faro de Alejandría y que éste ilumine nuestro regreso a su eterna, nunca destruida Biblioteca.



Cuando, en 1835, Larra visita Mérida, el panorama que describe de la otrora segunda ciudad del Imperio romano no puede ser más desolador: 



