Desde hace unos días, tengo en mi poder el libro que Mercedes Agulló dedicó a certificar a Diego Hurtado de Mendoza como autor del Lazarillo de Tormes. Y me atrevo a afirmar que debo ser de los pocos en la ciudad de Tarragona que lo poseen, pues me consta que nadie antes que yo ha recibido el libro de ninguna librería de la ciudad. Esto, que podría pasar por afirmación presuntuosa, no tiene más aspiración que la de demostrar que el bombo y platillo con que fue recibida la noticia de la autoría de la genial obra, sólo resuena aún en los oídos de unos pocos raros, sin pretender que la rareza me signifique, Dios me libre.Se inicia el libro con la descripción del inventario de bienes que deja, tras su muerte, en 1599, el abogado Juan de Valdés, a quien Mercedes Agulló trata de emparentar con los famosos Valdés de Cuenca, tras una indigesta genealogía que no le conduce más que a conjeturas. La importancia de este licenciado es que, además de sus propios bienes, deben añadirse al inventario también los de Juan López de Velasco, muerto en 1598, cosmógrafo y secretario de Felipe II, que había dejado a Valdés como testamentario y cuyos bienes, al morir éste, debían pasar a su otro testamentario, Francisco Tebar Parada. De López de Velasco sabemos, además de los cargos descritos y otros varios, que fue Secretario del Consejo de Indias y Cronista Mayor de las mismas; que fue el encargado de reunir los libros que formarían después la magnífica biblioteca de El Escorial; y, sobre todo, que, prohibido el Lazarillo por la Inquisición en 1559, fue el encargado de corregirlo y expurgarlo para la edición de 1573. Esto nos lleva a la descripción del inventario de López de Velasco. En él, además de los bienes, aparecen explicitadas las deudas y débitos del cosmógrafo. Gracias a ellas, sabemos que fue administrador de los bienes de Diego Hurtado de Mendoza durante 15 o 16 años, ya que según el inventario, éste le adeuda 450 ducados por sus servicios; el otro dato importante del inventario es que se hallan en él “unos cuadernos y borrador de La rebelión de los moriscos de Granada y otras cosas de don Diego de Mendoza; un legajo de correcciones hechas para la impresión de Lazarillo y Propaladia; [y] otro legajo de a cuartilla de papeles del negocio de Carmona, que pertenecen a la hacienda”, todo lo cual debía ser devuelto a su propietario. La conclusión a la que llega Mercedes Agulló es que, López de Velasco, como corrector del Lazarillo “castigado”, utilizó los manuscritos originales de la obra para esa corrección y después los devolvió junto al resto de los originales de don Diego por reconocerlo como obra suya. Refuerza su tesis el hecho de que los citados legajos del Lazarillo corregido estén inmediatamente después de La rebelión de los moriscos de Granada, obra de Mendoza, y “de otras cosas de don Diego”, y delante de los papeles del negocio de Carmona. Además, de estos datos, Mercedes Agulló defiende la autoría de don Diego a través de otros elementos insertos en la propia obra. Así, las referencias históricas a la batalla de los Gelves o a las Cortes de Toledo, las pone la investigadora en relación con las actividades militares y políticas de don Diego; también se alude a la viuda madre de Lázaro, que lavaba la ropa “a ciertos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena”, iglesia perteneciente a la orden de Alcántara, a la que también perteneció don Diego. Asimismo, menciona Agulló la inquina con la que Felipe II trató siempre a don Diego por negarse éste a cederle su valiosa biblioteca, que el rey quería incorporar al Escorial. Se sabe que en 1573, el rey acusa a Hurtado de andar con libros prohibidos. Sospecha Mercedes Agulló que el rey se refiere al Lazarillo y que lo utiliza como baza para chantajear a Hurtado en la entrega de su biblioteca, más aún cuando éste envió una carta a su sobrino Don Francisco de Mendoza con un libro adjunto, calificado de “nonada” (igual que se hace en el prólogo del Lazarillo) para que se lo diese a leer a Felipe, entonces príncipe, advirtiéndole que “no se le deje mucho en las manos porque no me anden examinando necedades”, conocedor Hurtado de los remilgos del futuro rey.
Termina el libro de Mercedes Agulló con la publicación del testamento e inventario de Don Diego Hurtado de Mendoza, curiosísimo testimonio de los enseres de la época, y con una mención especial a la biblioteca del biografiado, que se dice estuvo compuesta de cerca de 2000 ejemplares impresos.
Mercedes Agulló tendrá ahora que lidiar con los seguros detractores que le reportarán sus investigaciones. Esperemos que en las réplicas se instalen la honestidad intelectual y el sano cientifismo y no el orgullo de quien, en lugar de congratularse por el avance de la historiografía literaria, sólo vea en la obra de Agulló una amenaza a teorías defendidas durante años. Veremos también si los editores de los futuros Lazarillos, se atreverán a retirar el “anónimo” con el que se nos presentan las ediciones modernas. De ser así, no dejará de tener encanto bibliográfico ver nuestros Lazarillos anticuados, como un testimonio anacrónico de un tiempo ya obsoleto.


La compañía Teatro Meridional está de gira por España con Ser o no ser, adaptación de la obra maestra del cine To be or not to be de Ernst Lubitsch (la película está considerada como una premonición de lo que sería la invasión de Polonia en la II Guerra Mundial). Álvaro Lavín, director del montaje, lleva a escena la historia de unos actores polacos que observan cómo sus vidas cambian tras la invasión nazi. La compañía de Joseph y María Tudor preparaba Gestapo, una obra en la que se parodiaba a Hitler, cuyo estreno fue censurado. A partir de ese momento, los actores interpretan cada noche el drama de Shakespeare y, cual Hamlet, vivirán un fuerte dilema: ¿formar parte de la resistencia o ceder a las presiones de los enemigos? Obviamente, elegirán la primera opción, mas para sobrevivir a la guerra pasarán por toda una serie de circunstancias complicadas -aderezadas con un humor hilarante- de las que saldrán airosos gracias a sus dotes artísticas. Para ello, no dudarán en hacerse pasar por nazis y codearse con las altas esferas de la Gestapo. A todo ello, se suma el escarceo amoroso entre María y un joven piloto, André Sobinsky, que contribuye a enredar todavía más la acción. 


