De un tiempo a esta parte me he aficionado al té. En honor a la verdad, debo confesar que no soy un gran entendido. Es el mío un paladar torpe incapaz de extraer los muchos matices con que la milenaria infusión deleita a los expertos bebedores. Supongo que todo es cuestión de ir educando el gusto, como con el vino.
Hasta la llegada de esa remota conquista del sabor, disfruto del té de otra manera: leyendo las cartas de las teterías. Ninguna carta tan llena de poesía y nombres evocadores como las cartas de tés. Y es que en el ritual del té hay un algo místico que sugestiona. Así, podemos pedir un “Pequeño buda”, acercarnos al “Templo del cielo”, codearnos con las divinidades tomando el “Té de las diosas” o el de “Isis” o el del “Dios del sol” o, si buscamos una mística más terrenal, el “Té del monje”.
Algunos tés nos hechizan inoculándonos el mal de amor, brebajes que podría haber bautizado la mismísima Celestina de entre aquellos bebedizos y mejunjes con que aplacara el corazón de Melibea. Caeremos en la dulce red si tomamos un “Reina de corazones”, si nos dejamos embaucar por el “Amor brujo” de la “Seducción mora”, de las mujeres del “Harén”, que contonean su “Cuerpo del deseo” y nos roban el “Suspiro del Moro”. O nos vencerá esa “Inocencia de mujer” que esconde, en realidad, el erotismo de una “Cleopatra” que nos hará soñar “Sueños de amante”.
Con el té se puede viajar a lejanos y exóticos rincones. Basta con enfundarnos el traje de “Peregrino” y descubriremos las maravillas que se esconden en el “Paraíso del sur”, donde se encuentra el “Esplendor de Al-Ándalus” con su “Pasión de Granada”, la ciudad de Boabdil, custodiada por los “Sueños de la Alhambra”. Sueñan con ella el “Albaicín” y el “Generalife”. Podemos contemplar el “Atardecer en Marrakech”, navegar los mares guiados por la luz del “Faro de Alejandría”, imitar a Marco Polo emprendiendo la “Ruta de la seda”, pasar una “Noche en el Tíbet”, admirar la mítica “Samarcanda”, aspirar los “Aromas del Nilo”.
Llegada la noche y agotados por el largo viaje, reposamos tumbados al raso, al amparo de la “Flor de hibisco” o la “Flor de Babilonia”, contemplando entre el “Polvo de estrellas”, la “Luna mora”, hasta la llegada del “Lucero del alba” y el “Sol de las cumbres”. Quizás, nos despierte la “Danza de la mariposa de Jade”. Y quién sabe, tal vez, intrépidos, volvamos de nuestro viaje, trayendo en las alforjas algún tesoro legendario como la “Perla de noche”, “Los siete tesoros del emperador”, el “Tesoro azteca”, la “Esmeralda imperial” o las “Perlas del dragón”.
Además de los nombres de los tés, éstos guardan aún otras palabras de singular belleza, que son los propios ingredientes. Formados por hierbas aromáticas y especias, las denominaciones de todas ellas recogen en su misma pronunciación el encanto y el misterio de esos vocablos que, como el léxico rural, se está perdiendo: flor de aciano, saúco, cártamo, cardamomo, cilantro, bergamota y los más conocidos, jengibre, hinojo o azahar. Quien desee deleitarse con estas palabras y otras, ya en total desuso, recomiendo leer Cosas del campo de Muñoz Rojas. El lector respirará el lirismo de las pinturas rurales que el autor nos acerca, acompañados del rumor de la propia cadencia fonética de esos términos que, en muchas ocasiones, liman o suavizan las aristas del castellano y nos redescubren un idioma lleno de hermosas sugestiones sensoriales.
Sirva todo lo dicho para demostrar una vez más que la literatura nos invade en cada acto cotidiano, como éste de tomar el té entre la poesía de sus cartas. Y si hubiera alguna duda al respecto, como la de aquel buen amigo mío que llama al té “Agua sucia del grifo”, pídase un “Bálsamo de Fierabrás”, un “Sherezade” o un “Mil y una noches” para convencerse.
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