El pasado miércoles 30 de mayo, se inició en Tarragona el V Encuentro de Escritores por la Tierra. El acto inaugural debía contar con la presencia de Manuel Vicent y Ana María Matute. Por desgracia, la escritora barcelonesa no pudo acudir al evento por hallarse hospitalizada. Deseamos que se recupere cuanto antes.
Precisamente, los alumnos de Bachillerato matriculados este año en la rama de Letras, deben leer una de las novelas de la autora, titulada Luciérnagas, sobre la guerra civil española en Barcelona. Qué importante es para los estudiantes comprobar que la Literatura no es una disciplina cogiendo polvo en los manuales o restringida a las cuatro paredes de un aula. Qué importante saber que la novela que están leyendo pertenece a una persona que vive, que visita, incluso, la ciudad de estos estudiantes y que participa en unas jornadas en defensa del planeta que comparte con ellos.
Ecología de la paz
Luciérnagas fue finalista del Premio Nadal en 1949 pero no se publicó hasta 1955 con importantes modificaciones por parte de la censura. El título original era, precisamente, En esta tierra, aunque la ecología que defiende el libro aquí es la de la paz. Finalmente, la novela se volvió a editar en 1993 con la revisión personal de la escritora.
Lo primero que llama la atención de este libro es, justamente, la intervención de la censura. Las primeras páginas son casi un alegato de la ignominia de la extrema izquierda. El padre de Soledad, patrono de una fundición, es asesinado cruelmente por sus propios obreros; el comportamiento de las milicias es atroz; las refugiadas que se esconden en casa de la protagonista son maleducadas y causan repulsión; y casi parece un alivio la entrada de las tropas de Franco en Barcelona. Si la censura hubiera dejado el libro tal cual, casi habría servido de maniqueo aval literario a los vencedores. Sin embargo, las continuas regresiones en el tiempo de las que se vale Matute, salpicadas de un profundo análisis psicológico, sirven para conocer el origen de ese resentimiento social de los personajes y la forja de su carácter posterior, hasta el punto de que el lector llega, si no a justificar sus actos aberrantes, sí a comprenderlos. Algo de esta sensación tuvieron que ver los censores. Además, la novela, poco a poco, se va apolitizando; tanto daño hacen las monstruosidades descritas como los bombardeos de la aviación rebelde y, al final, prevalece el sinsentido de la guerra por encima de cualquier ideología.
Novela llorona
En mi opinión, el libro encalla por el empacho que produce su excesivo lirismo. La prosa de Matute, siempre preñada de esa luminosidad tan entrañable, entra esta vez en un bucle de ripios lacrimosos verdaderamente agotador. Es una novela llorona hasta la extenuación. No es sólo que no se dosifiquen estos pasajes emotivos; es que están tan al servicio del artificio literario, que parecen impostados y no emocionan. La narración, muchas veces vertebrada a través del estilo indirecto libre, anula el alma de los personajes porque no son ellos los que hablan sino la autora y, por lo tanto, no son creíbles. Es cierto que estos largos fragmentos sentimentales, dejan preciosos destellos, sobre todo aquellos vinculados a la infancia arrebatada o a la tierna indefensión de sus protagonistas, pero el abuso acaba por no calar. Siempre he dicho que una de las mejores novelas de la guerra civil es Réquiem por un campesino español, probablemente la obra más austera que he leído jamás. Y, sin embargo, con toda su desnudez retórica, nada falta y nada sobra. Y sobrecoge mucho más que toda la retahíla sollozante de Matute en esta novela. Quizás porque las guerras no tienen nada de lírico.













