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| Ilustración de Benjamin Lacombe |
Aunque el cine y la literatura se han nutrido desde siempre de manera recíproca, conviene recordar, arriesgando en la obviedad, que se trata de dos disciplinas artísticas diferentes y, por lo tanto, regidas por códigos creativos también distintos. El purista que se afana en desgranar cada fotograma de la película para señalar concomitancias o para castigar la deslealtad del director respecto al libro del que se parte, realiza, en realidad, una tarea banal porque la película ajusta el libro a las exigencias intrínsecas de su género y se toma unas licencias que, no solamente son legítimas, sino, en muchas ocasiones, también necesarias para que la cinta no se asfixie en el corsé del libro. Si acaso, estos análisis comparativos pueden satisfacer la curiosidad, algo “cataloguista”, del lector-espectador, pero poco más. Sí que es cierto que los cineastas debieran colocar al inicio de los créditos expresiones como “inspirada en el libro tal o cual”, o “versión de la novela X”, en lugar del habitual “basado en”, que genera la consiguiente desazón del lector entusiasta del libro; aunque, a la postre, estas sutilezas semánticas, probablemente sean también un ejercicio ocioso. Otra cosa son las biografías o las películas históricas, en las que, salvo transgresión voluntaria del cineasta, justificada artísticamente, no es tolerable que se falte a la verdad.
La película gana, además, en valores añadidos. La maléfica madrastra, interpretada por una inmensa Charlize Theron, escapa del maniqueísmo del cuento al presentárnosla con un pasado tormentoso que justifica su maldad; a Kristen Stewart le viene pintiparado el papel de pureza e ingenuidad de la primera parte de la película, salpicado de cierto misticismo que vincula Belleza y Naturaleza. Por lo demás, el filme sigue el patrón de las fantasías épicas al uso: el viaje, las criaturas fantásticas y el restablecimiento del orden. Quién sabe. Tal vez dentro de varios siglos, los abuelos narren el cuento con esta Blancanieves guerrera. Y no pasará nada ni habrá que rasgarse las vestiduras. Porque nunca faltará la manzana.
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| Cartel de la película |












