Si me aventuro en el espinoso asunto de la situación
lingüística en Cataluña, no es para defender unos determinados colores
políticos. Ni siquiera lo hago como usuario que soy de la lengua castellana. Lo
que me anima a escribir es, sobre todo, la alarmante falta de discernimiento
que una gran parte de los implicados en los dimes y diretes de estos días está
demostrando. Que el tema de la lengua levante susceptibilidades y hiera
sensibilidades es muy natural. La lengua es, quizás, el instrumento identitario
de mayor calado. Pero ello no debe anular ni la capacidad objetiva de
razonamiento ni el respeto en las argumentaciones.
Cooficialidad
Si el debate transcurriera estrictamente por los
cauces de la más aséptica objetividad, del puro dato, la solución se antoja muy
sencilla. Las lenguas catalana y castellana conviven en Cataluña en situación
de cooficialidad. Yo no sé qué pasa con el término de “cooficialidad” que no
parece entenderse. Significa que ambas lenguas comparten los mismos derechos de
uso. Este derecho equitativo no se aplica fácticamente en las aulas catalanas
desde la implantación en su sistema educativo del plan de inmersión
lingüística. El objetivo de la inmersión catalana era, y es, muy noble y
plausible. Se trataba de normalizar una lengua que venía siendo reprimida y
reducida al ámbito privado durante los años de la dictadura. Ante esa deuda
histórica y ante la presencia del gigante que es el idioma castellano, la
inmersión catalana trató de paliar el agravio. El hecho es que, merced a esos esfuerzos,
el catalán es hoy una lengua normalizada: tiene el práctico monopolio del
sistema educativo, pues es su lengua vehicular en exclusividad, ostenta una
gran presencia en los medios de comunicación de su Autonomía, cuenta con
instituciones oficiales que velan por su promoción, cuidado y normativa y es la
lengua habitual de la mitad de los ciudadanos catalanes, según el Institut
d’Estadística de Catalunya. Aunque el catalán tiene todavía algunos retos
pendientes, lo cierto es que su estatus satisface ya el concepto de lengua
normalizada y está lejos de las previsiones catastrofistas de algunos, que usan
la falacia de su futura desaparición como argumento recurrente para negar el
castellano.
Sin embargo, esta empresa, loable como digo, tiene sus
repercusiones sobre el castellano, la otra lengua, insistimos, cooficial. Los
datos, repito, son objetivos: un alumno de Primaria trabaja 30 horas semanales
de las cuales 27 lo hace en lengua catalana. Quedan sólo 3 horas donde se usa el
castellano, reducidas a la asignatura que imparte dicha lengua, las mismas que
una lengua extranjera. Esto es así más allá de ideologías. Son números. Se
aduce muy frecuentemente que el uso del castellano en las escuelas catalanas es
prescindible porque es un idioma que, dada su situación dominante, se puede
aprender fuera. Pero el aprendizaje de todas las lenguas requiere un contexto
formal y reglado que vele por su buen uso. No se aprende un idioma en la calle,
o al menos, no se aprende su uso normativo. Y no basta con las 3 horas de la
asignatura de Lengua Castellana porque el aprendizaje de una lengua no se basa
sólo en el currículo de su área, sino en todos aquellos estímulos lingüísticos
que el alumno recibe de los contextos reglados: los libros de texto o el modelo
lingüístico del propio profesor, por ejemplo. No se trata de atentar contra el
catalán, sino de rescatar al castellano del ostracismo al que se le arrincona
en las aulas.
Finalmente, están los derechos de los ciudadanos. Si
la realidad social es que la mitad de los ciudadanos catalanes habla castellano
y la otra mitad lo hace en catalán; si la escuela, formadora de ciudadanos,
debe ser un reflejo de esa sociedad plural, ¿por qué no aplicar al sistema
educativo una equidad en el uso de las 2 lenguas oficiales para cubrir los
derechos de ambas realidades e integrar a todo el mundo en un proyecto de
convivencia común donde cada uno se sienta partícipe e identificado? ¿A alguien
le puede parecer mal la equidad? La legislación catalana debe decidir si desea
una Cataluña democrática y para todos, sin catalanes de primera y catalanes de
segunda, o si desea instalarse en la imposición y la mirada única, imitando
paradójicamente todo aquello que atentó en su día contra las libertades por las
que tanto aboga.












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