sábado, 20 de abril de 2013

203. Por la equidad lingüística en las aulas catalanas



 
Si me aventuro en el espinoso asunto de la situación lingüística en Cataluña, no es para defender unos determinados colores políticos. Ni siquiera lo hago como usuario que soy de la lengua castellana. Lo que me anima a escribir es, sobre todo, la alarmante falta de discernimiento que una gran parte de los implicados en los dimes y diretes de estos días está demostrando. Que el tema de la lengua levante susceptibilidades y hiera sensibilidades es muy natural. La lengua es, quizás, el instrumento identitario de mayor calado. Pero ello no debe anular ni la capacidad objetiva de razonamiento ni el respeto en las argumentaciones.

 
Cooficialidad

Si el debate transcurriera estrictamente por los cauces de la más aséptica objetividad, del puro dato, la solución se antoja muy sencilla. Las lenguas catalana y castellana conviven en Cataluña en situación de cooficialidad. Yo no sé qué pasa con el término de “cooficialidad” que no parece entenderse. Significa que ambas lenguas comparten los mismos derechos de uso. Este derecho equitativo no se aplica fácticamente en las aulas catalanas desde la implantación en su sistema educativo del plan de inmersión lingüística. El objetivo de la inmersión catalana era, y es, muy noble y plausible. Se trataba de normalizar una lengua que venía siendo reprimida y reducida al ámbito privado durante los años de la dictadura. Ante esa deuda histórica y ante la presencia del gigante que es el idioma castellano, la inmersión catalana trató de paliar el agravio. El hecho es que, merced a esos esfuerzos, el catalán es hoy una lengua normalizada: tiene el práctico monopolio del sistema educativo, pues es su lengua vehicular en exclusividad, ostenta una gran presencia en los medios de comunicación de su Autonomía, cuenta con instituciones oficiales que velan por su promoción, cuidado y normativa y es la lengua habitual de la mitad de los ciudadanos catalanes, según el Institut d’Estadística de Catalunya. Aunque el catalán tiene todavía algunos retos pendientes, lo cierto es que su estatus satisface ya el concepto de lengua normalizada y está lejos de las previsiones catastrofistas de algunos, que usan la falacia de su futura desaparición como argumento recurrente para negar el castellano.

 La cuestión pedagógica

Sin embargo, esta empresa, loable como digo, tiene sus repercusiones sobre el castellano, la otra lengua, insistimos, cooficial. Los datos, repito, son objetivos: un alumno de Primaria trabaja 30 horas semanales de las cuales 27 lo hace en lengua catalana. Quedan sólo 3 horas donde se usa el castellano, reducidas a la asignatura que imparte dicha lengua, las mismas que una lengua extranjera. Esto es así más allá de ideologías. Son números. Se aduce muy frecuentemente que el uso del castellano en las escuelas catalanas es prescindible porque es un idioma que, dada su situación dominante, se puede aprender fuera. Pero el aprendizaje de todas las lenguas requiere un contexto formal y reglado que vele por su buen uso. No se aprende un idioma en la calle, o al menos, no se aprende su uso normativo. Y no basta con las 3 horas de la asignatura de Lengua Castellana porque el aprendizaje de una lengua no se basa sólo en el currículo de su área, sino en todos aquellos estímulos lingüísticos que el alumno recibe de los contextos reglados: los libros de texto o el modelo lingüístico del propio profesor, por ejemplo. No se trata de atentar contra el catalán, sino de rescatar al castellano del ostracismo al que se le arrincona en las aulas.

Finalmente, están los derechos de los ciudadanos. Si la realidad social es que la mitad de los ciudadanos catalanes habla castellano y la otra mitad lo hace en catalán; si la escuela, formadora de ciudadanos, debe ser un reflejo de esa sociedad plural, ¿por qué no aplicar al sistema educativo una equidad en el uso de las 2 lenguas oficiales para cubrir los derechos de ambas realidades e integrar a todo el mundo en un proyecto de convivencia común donde cada uno se sienta partícipe e identificado? ¿A alguien le puede parecer mal la equidad? La legislación catalana debe decidir si desea una Cataluña democrática y para todos, sin catalanes de primera y catalanes de segunda, o si desea instalarse en la imposición y la mirada única, imitando paradójicamente todo aquello que atentó en su día contra las libertades por las que tanto aboga.

martes, 16 de abril de 2013

202. ¡Sin paga, nadie paga!




Una de las sátiras sociales que circulan por los teatros españoles esta temporada es ¡Sin paga nadie paga!, del escritor italiano Dario Fo. Esta comedia fue estrenada en Milán en 1974 con gran éxito pues permaneció en cartel hasta el año 1980. Su aparición estuvo rodeada de polémica, puesto que  el autor fue acusado de hacer un teatro de “política-ficción”, de plantear una situación inverosímil que casi rozaba lo absurdo, pues ¿cómo se podía aceptar que dos mujeres decidieran llevarse la comida de un supermercado sin pagar y hacer cundir el ejemplo hasta convertirlo en un acto reivindicativo? Suele decirse que la realidad supera la ficción y en este caso así fue, ya que al poco tiempo tuvo lugar en dicha ciudad  esta situación. El escándalo fue tan sonado que Dario Fo fue acusado de instigar a la clase obrera a cometer el delito de apropiación indebida.
Casi cuarenta años después, el Nobel de Literatura ha reescrito el texto adaptándolo a la Italia de Berlusconi.  Se trata, por tanto, de un argumento que goza de una vigencia absoluta y que puede considerarse como un espejo de la delicada situación que se está viviendo en muchos países a raíz de esta crisis global que nos afecta. Sin ir más lejos, en España. Seguramente todos recordarán la “expropiación forzosa”  que protagonizaron el pasado mes de agosto unos sindicalistas del SAT, respaldados por el parlamentario Juan Manuel Sánchez Gordillo.
El director Gabriel Olivares nos presenta la versión española de esta pieza de la mano de Pablo Carbonell y otros cuatro actores que hacen una muy buena interpretación. A raíz del “robo” cometido por Antonia, del cual es cómplice su amiga Margarita, se suceden una serie de acontecimientos disparatados puesto que es fundamental que su esposo, Juan, tan escrupuloso con la ley, no descubra su delito. Este personaje es el más interesante, ya que a lo largo de la obra experimenta un gran cambio psicológico y sufre un proceso de desengaño que le lleva a renunciar a sus principios. Al comienzo de la obra se presenta como un hombre pobre, trabajador y honrado que defiende que las normas deben acatarse (“no se puede hacer lo que a uno le dé la gana, hay que atenerse a la ley”) y que confía en la justicia ("para remediar las injusticias hay métodos de lucha democráticos…”). Cuando se entera del delito cometido por las mujeres de su barrio, no duda en rechazar absolutamente dicho comportamiento: “…así no me extraña que por ahí digan que los obreros roban, que somos una chusma…”. A raíz del registro policial que se realiza en su edificio y del falso embarazo que fingen las mujeres para ocultar junto a su vientre la comida robada, los personajes ponen en evidencia algunos de los problemas más graves que azotan a la sociedad. Así, vemos cómo hay policías hastiados de tener que controlar situaciones que entienden: “Mire, personalmente esas mujeres merecen toda mi comprensión: ¡contra el abuso del comercio no hay más defensa que la expropiación!”; se alude a la falta de transparencia de los partidos políticos: “Primero roban, y luego para castigarse deciden autofinanciarse con nuevas leyes…”; se critican las malas condiciones de los hospitales públicos; se denuncia la explotación laboral que sufren los obreros y la indefensión legal que padecen: “…nunca os da por controlar que nos respeten los contratos, que no nos asfixien con el destajo, que cumplan la normativa de accidentes laborales…” ;  el despiadado aprovechamiento que hacen las empresas de la crisis, pues justifican el despido de sus empleados amparándose en pérdidas económicas que realmente no padecen: “¿Cierran la fábrica? ¿Y por qué? Nosotros no estamos en crisis. ¡Si tenemos pedidos lo menos para dos años!”; el abuso de los bancos: “Cogen unas acciones, las vacían de su valor vivo y te encasquetan la acción vacía…¡con muerto!” y los desahucios: “Hemos currado como bestias toda la vida para conseguir una casa nuestra, para vivir en ella y dejársela a nuestros hijos…y de pronto: ¡estamos hundidos! Ya no tenemos nada, ¡somos unos sin techo!”. El despido injusto de Juan y de sus compañeros y todas las situaciones anteriormente comentadas hacen que el personaje renuncie a sus principios y decida unirse a la revolución popular: “Llega un momento en que hasta los gilipollas espabilan”.
Estas críticas aparecen enmarcadas en situaciones disparatadas que garantizan la risa del espectador. Cuando parece que la trama no puede enredarse más, Fo nos sorprende con otra vuelta de tuerca ingeniosa. Esta mezcolanza de humor y crítica se presenta como una fórmula exitosa que garantiza la carcajada y la reflexión sobre la triste situación que estamos viviendo en un mundo en que se han perdido los valores más nobles, en una sociedad en la que la honradez y la honestidad son aplastadas por el egoísmo, la explotación y el engaño. En definitiva, Dario Fo presenta el desengaño del Cuarto Estado que se siente indefenso ante la podredumbre que impera en la sociedad. Por eso, en el texto original, el cuadro de Pelizza da Volpedo que cuelga de la pared, se difumina en un final simbólico.

El Cuarto Estado, de Pellizza da Volpedo

sábado, 13 de abril de 2013

201. Conversaciones con mamá



Quien no haya abrazado a su madre. Quien en mitad de la zozobra de la vida no se haya sentido cierto otra vez en ese abrazo. Quien no haya levantado su casa verdadera sobre los hermosos cimientos de los cuerpos entrelazados, los del hijo y su madre. Quien no se haya sentido felizmente, libremente, impudorosamente desnudo en el letargo balsámico de esa placenta recobrada después de en el mundo haber sido. ¿Haber sido quién? Haber sido un trabajo, haber sido una apariencia, un papel, haber sido, tal vez, una vanidad. Haber sido después de mi madre. Quien no se haya vuelto un niño grande en el sortilegio de las caricias sin tiempo. Quien, finalmente, en la separación, no haya notado cómo se quiebran los cauces de la sangre para verterse entre las grietas de ese abismo que es seguir siendo en el mundo, seguir no siendo, después de mi madre…

Amigo lector, tienes que perdonarme estas efusiones del alma, surgidas así, torpemente y a borbotones en medio de lo que pretendía ser una crónica teatral. Pero si tienes la desdicha de no reconocerte en el párrafo de marras, te conviene ir al teatro a ver Conversaciones con mamá. Y, claro está, también en el caso de sentirte reflejado.

El pasado 6 de abril asistimos al estreno nacional de esta obra de Santiago Carlos Oves en el Teatro Principal de Alicante, que presentó el lleno de las grandes ocasiones. Continuará su gira por toda España. Quizás contribuyera al éxito de público el perfil mediático de sus dos magníficos actores: Juan Echanove (también director de la obra) y María Galiana. Jaime es un padre de familia agobiado por la tiranía de su mujer y su suegra, quienes buscan mantener la ficción de unas vidas desahogadas que lo son sólo en apariencia. Como Jaime no puede satisfacer la tonta vanidad de su mujer al haber perdido su trabajo, acude a casa de su madre para pedirle que abandone el inmueble, a la sazón futura herencia, para poder venderlo y pagar así las deudas que le acucian. Pero la madre se niega rotundamente. Se siente a gusto allí y permanecerá mientras viva. Además, a sus 82 años se ha echado un novio, Gregorio, de 62. Porque no querría Jaime, -dice ella-, que se echase uno de 120 para guardar las formas… Esta visita interesada y desesperada que Jaime hace a su madre, a quien solamente suele llamar por teléfono para preguntarle lacónicamente cómo está, permitirá al protagonista recuperar su vínculo maternal, tan maltrecho por las “prioritarias” urgencias de la vida que, a la luz de las reflexiones derivadas de esta larga conversación con “mamá”, se antojan completamente baladíes. Con emotividad y un humorismo sabiamente dosificado, la obra es un canto a la sencillez, que impone su cálido imperio sobre esas supuestas preocupaciones que absurdamente ponderamos sin pensar en las cosas que realmente importan. Es inevitable comparar la obra con la laureada película argentina que da origen a esta historia, protagonizada por Eduardo Blanco y China Zorrilla. Quien se acerque a la película conocerá a la suegra, a la mujer y a los hijos de Jaime, además del famoso Gregorio, el indignado y anticapitalista “anarcojubilado”, como se hace llamar. En la obra de teatro, la omisión de estos personajes, configurados en la mente del espectador sólo por las alusiones que de ellos se hacen en los diálogos, resulta muy sugerente y evocadora. Eso sí, a María Galiana le falta un poco del simpático tronío aguardentoso de China Zorrilla y, cuando lo pretende, no es creíble. Quizás le lastre la imagen de la dulce abuela de la serie Cuéntame. Con todo, está muy bien en su papel.

Tras acudir a esta obra, a uno le dan ganas de abrazar largamente a su madre. Pero es deseable que para darse cuenta de eso, no tenga uno que ir al teatro.

 
 
 

sábado, 6 de abril de 2013

200. QWERTY


 
 
El próximo mes de mayo se cumplen 140 años desde que Remington empezara a comercializar el primer modelo industrial de máquina de escribir, tras haberle comprado la patente a Christopher Sholes, el inventor del teclado QWERTY, así llamado, como se sabe, por ser ésas las primeras 6 letras de la fila superior de sus teclas y que usamos todavía hoy.

Que el mundo tecnológico avanza vertiginosamente lo demuestra, entre otras cosas, que una persona joven como quien redacta estas líneas, pueda hablar de las máquinas de escribir como si remontara su memoria al Pleistoceno, por lo menos. Y no es así. Tengo sólo 34 años y, sin embargo, cuando les cuento a mis alumnos que yo trabajaba con máquinas de escribir, me siento el viejecillo decrépito de los romances que narra pretéritas historias imposibles entre el crepitar de la lumbre.

Yo aprendí a usar la máquina de escribir en mi barrio de Bonavista, en la ya desaparecida Academia Meca-Nova. Mi madre me apuntó siguiendo el consejo de mi maestra de EGB, que afirmaba que mis dedos eran torpes y que suspendía siempre la Plástica debido a mi antológica impericia manual. Así pues, nuestra motivación inicial era más terapéutica que propiamente mecanográfica. Por cierto que, los chavales de entonces no decíamos que íbamos “a mecanografía”, sino simplemente “a máquina”.  La sala de la academia la formaba un pasillo central flanqueado a ambos lados por numerosas hileras de largas mesas, preñadas de máquinas de escribir. La mayoría eran de la marca Olivetti Studio 46, con su inconfundible color azul, pero yo, si no estaba ocupada, me apropiaba de la Olivetti Linea 98 por su venerable y elegante porte y porque las varillas que golpeaban el papel no se solapaban de dos en dos ni se pegaban cuando uno escribía muy rápido. Una vez que se aprendía a utilizar cada dedo en sus teclas correspondientes, los ejercicios consistían en copiar sin errores unos modelos de textos administrativos en un tiempo fijado que la profesora controlaba desde su mesa con unos cronómetros. Si uno excedía el tiempo o cometía errores debía comenzar de nuevo. Y entonces allí era de ver la algarabía frenética de las varillas golpeando el papel, el alborozo de los timbres cuando el carro llegaba a su margen, cual cómitre que avisara al esforzado galeote de las letras para tirar de la palanca del carro y hacer girar el rodillo hasta la siguiente línea. Y, mientras, entre el frenesí de los dedos, a más de 300 pulsaciones por minuto, el olor mojado de la tinta fresca lo inundaba todo.

Más tarde llegaron los ordenadores y los nuevos alumnos ocuparon una sala aneja a la nuestra. Poco a poco, las máquinas de escribir fueron quedándose solitarias. Con ese triste desamparo que se apropia de las cosas viejas, el viento del olvido parecía silbar entre las oquedades de sus pesados armazones de hierro. Los nuevos nos miraban a los epígonos con aire superior, como si fuéramos bichos raros. Pero nosotros siempre nos sentimos mejores que ellos, veteranos de dedos meñiques heridos de padrastros, que eran nuestros galones artesanos, cuando sin querer no atinaban en la tecla y se hundían entre los huecos. Y blandíamos nuestros folios en cuyo dorso se podían acariciar las cicatrices, todavía calientes, del papel en su batalla con las picas tipográficas. Y despreciábamos el silencio blanduzco y tibio de los nuevos teclados porque los nuestros eran, como decía Pedro Salinas, “destinos de trueno y rayo”, “fantasías de metal / valses duros / al dictado”.


sábado, 30 de marzo de 2013

199. Los otros sobres




 
 Escribo estas líneas poco después de haber concluido el segundo trimestre académico. Hace unas horas, todavía en el instituto, alguien ha dejado en mi casillero un fajo de folios. Son los boletines de notas de mis tutorandos. He pedido unos sobres en secretaría. Después, he recogido los informes y me los he llevado a la gran mesa común de la sala de profesores. Apoyados sobre ella, algunos compañeros se afanan en sus correcciones, mientras otros conversan con acaloramiento sobre las vicisitudes de la profesión. Yo me centro en los boletines. Uno a uno los reviso, repasando las calificaciones. Durante esta tarea, seguramente se dibuja en mi rostro un signo comedido de satisfacción, que inevitablemente alterna, conforme paso al siguiente boletín, con algún otro mohín sombrío. Después firmo el boletín, doblo el papel en varios pliegos y, cuidadosamente, lo introduzco en su sobre correspondiente, en uno de cuyos dorsos, he escrito el nombre del alumno con esa vieja caligrafía escolar que sólo utilizo ante mis estudiantes.
Hoy, que tanto hablamos de sobres infames y vergonzantes, pienso en estos otros sobres donde se cifra el futuro de tantas cosas y en cuyo interior se guarda la esperanza de nuestra sociedad. Y creo que si invirtiéramos nuestros esfuerzos comunes en cuidar y mejorar nuestro sistema educativo, en buscar la excelencia académica y ciudadana de nuestros alumnos, quizás los sobres de todos los bárcenas de nuestro país estarían vacíos como sus conciencias.
Porque para sobres, yo me quedo con el que manda Lázaro de Tormes a aquel “Vuestra Merced” para contarle todos sus infortunios y adversidades, que esos son los únicos pícaros que necesitamos, los literarios. Hoy, una concepción errónea de la picaresca española aplaude con condescendencia la sinvergonzonería, como si se hallaran meritorias todas las pequeñas triquiñuelas con que se vulnera la norma, mientras las conductas rectas e irreprochables pasan desapercibidas porque deben de resultar muy aburridas. Otros sobres tienen que ser los nuestros, como los que se mandaban los eternos amantes Abelardo y Eloísa (entonces serían pliegos) con sus frases encendidas de fervor y lealtad y no los que contienen el dinero de la exclusiva del último montaje amoroso de la prensa rosa. Queremos abrir los sobres de Vargas y Meneses en su lucha por liberar a Cornelia de las cárceles de la Santa Inquisición, en Cornelia Bororquia,  con su censura del autoritarismo y la injusticia, y no los sobres  con la resolución judicial que condena con la cárcel el hurto de una madre desesperada; los sobres de Gazel, Ben-Beley y Nuño de las Cartas marruecas, con su visión crítica, constructiva y tolerante, y no los sobres que guardan el discurso parlamentario del “y tú más”; vengan los sobres de don Luis en Pepita Jiménez, que encierran la hondura de un alma sensible y profundamente humana, y quémense los que esconden los contratos de la última bazofia televisiva donde el mayor mérito es ver tirarse desde una piscina a Falete; abramos los sobres que se envían Mákar y Varenka, en Pobres gentes, cuya relación epistolar es el único asidero para soportar la penuria económica de sus vidas desgraciadas, y despachemos los sobres que esconden el acta del último desahucio; que las mujeres le quiten el lacre a los sobres que contienen las Cartas literarias a una mujer, de Bécquer y, en cambio, denuncien la lacra del último sobre con las amenazas de un cobarde; abramos las epístolas y hagamos fundir las pistolas; pongamos de una vez, con Gabriel Celaya, Las cartas boca arriba para refundar el mundo y ponerlo boca abajo.
La mañana siguiente amanece lluviosa. En el aula, mis alumnos abren el sobre con sus notas. Y hay, en ese acto simple y trivial, una alborada nueva que se impone a la monotonía de la lluvia sobre los cristales.

A mis alumnos del IES Ramon Barbat, en quienes cifro mi esperanza.

sábado, 16 de marzo de 2013

198. Apócopes.


 
 
Vale que escribamos más rápido si utilizamos un boli que si utilizamos un bolígrafo. Concedamos que cuesta menos ir al cine que ir al cinematógrafo. Aceptemos que llegamos antes si montamos en moto o en bici que si lo hacemos en bicicleta o motocicleta. Que se hace antes una foto que una fotografía. Que se oye antes una radio que un radiorreceptor. No lo digo yo. Lo dicen los gramáticos de la RAE. Le llaman apócope o acortamiento y ahora se puede decir sin temor a errar que lo enseñan (o lo enseñaban) en el cole, vocablo recogido ya en el próximo diccionario. A esto se le llamaba antes “ley del mínimo esfuerzo” y luego el lingüista André Martinet difundió la más eufemística acuñación de “principio de economía lingüística”, que es una manera fina de legitimar la holgazanería verbal.

La cosa tiene su miga, no se crean. El experto fonetista Philip Lieberman concluyó que un hablante inglés que pronuncia la [u] de la palabra two, abocina los labios 100 milisegundos antes de empezar a pronunciar la vocal. Según Belinchón, Rivière e Igoa, se sabe que la articulación del habla oral implica la movilización y coordinación de cerca de 100 músculos distintos. Como consecuencia de tamaño esfuerzo, el hablante tiende a una indolencia instintiva basada en la mayor productividad con el menor coste posible, algo así como la reforma laboral de Rajoy pero aplicada a la lengua.

Pues eso, que no es pereza, que es economía verbal y energética, no vaya ser que nos herniemos. Ahora bien, tampoco nos pasemos. Porque hoy día vamos al cole a aprender con los profes las Mates, las Socis, las Natus y el Caste y luego vamos al insti donde nos las enseñan de verdad, y después quizás vayamos a la uni pero allí nos hacemos rastas y en lugar de estudiar nos vamos a la mani para protestar ¡contra los recortes!, muy progres, excepto las niñas bien que se emperifollan (y otras cosas con aféresis) y van a la pelu con sus amigas la Mari, la Tere, la Trini y la Fulgen y se ponen minis para echarse un cari que la suba en su moto y así poder presumir delante de las compis. Y alguna sueña con ser actriz y salir en la tele pero la engañan porque el casting era para una peli porno y entonces se frustra y le entra la depre y toma pastis que la dejan grogui. Las amigas la animan y se la llevan de vacas a Barna (esto sería una síncopa) y bailan en las discos de moda y del calor le da un yuyu, se la llevan al hospi, le hacen un electro, todo perfect, y cuando abre los ojos, ahí está la ilu de su vida, con su bata blanca. Amor a primera vista. Se casan, tienen hijos, éstos crecen y primero van a la guarde y luego al cole y después al insti donde el profe de Caste enseña tonterías como las apócopes.

No se trata de fomentar el apocalíptico panorama que algunos vaticinan para la lengua, debido a su evidente empobrecimiento. Las lenguas siempre han resistido los usos incorrectos de los hablantes y el apócope, como otros mecanismos morfológicos que van contra la norma, no va a afectar a la estructura esencial del idioma. Entre otras cosas, porque el hablante es consciente de que el mecanismo del que se vale no es normativo y sabe corregirlo cuando el contexto se lo exige. Pero sí resulta sintomático comprobar cómo las tendencias lingüísticas de los hablantes, descuidadas y perezosas, son un reflejo de la cada vez más acuciante desidia por todo aquello que suponga un esfuerzo añadido. El otro día, en el tren, un viajero hablaba por teléfono a voces y repetía continuamente: “¡Qué malro!” Cuando descubrí que quería decir “qué mal rollo”, tuve que girarme para observarle la cara, como intentando escrutar, al modo de aquellos frenólogos del siglo XIX, la tara fisonómica causante de tal desafuero lingüístico. Aproveché para reprocharle el volumen de la voz. Seguidamente, bajó el tono y escuché que le decía a su interlocutor telefónico: “Nada, que me ha mandado callar un carca”.

domingo, 10 de marzo de 2013

197. La marca del meridiano


Si damos por bueno aquel criterio cervantino que salvaba de la hoguera los libros donde los caballeros comen, duermen en sus camas y hacen testamento antes de morir, entonces La marca del meridiano, de Lorenzo Silva, superaría la criba del famoso escrutinio del cura y el barbero. La cita quijotesca no es gratuita como ya habrán adivinado los atentos y avezados lectores que hayan terminado el libro, en cuyo tramo final, el brigada Bevilacqua siente su descalabro vital en la playa de Barcelona como también lo hiciera Alonso Quijano.

Efectivamente, nada hay de ostentoso en las acciones del protagonista principal. A Bevilacqua no le asiste ningún don especial más allá de su experiencia, la constancia en el trabajo y un equipo bien coordinado. No es un héroe de leyenda, porque bastante tiene con las heroicidades que las vicisitudes cotidianas le exigen. Ni siquiera la resolución del nuevo caso es del todo suya ni se adorna con la contemplación de la última explosión, la cara sudorosa y rasguñada, el brazo sujetando el talle de la chica, mientras la cámara se aleja lentamente para su épico plano general entre el éxtasis musical de violines y percusiones. No. Nada de eso hallará el lector en la novela. Podrá decirse que esto no supone ningún descubrimiento y que otros insignes detectives novelescos ya antes que Bevilacqua habían adoptado ese realismo desgarbado. Pero pienso que también ha habido cierto exhibicionismo en la configuración del policía solitario, alcohólico y existencialmente frustrado que no percibo en Bevilacqua. Lorenzo Silva crea así un personaje en cuya radical normalidad se cifra precisamente su originalidad y la huida del tópico, sin renunciar, eso sí, a un cierto quijotismo utópico en el ideario de Bevilacqua, que la inquina de los años podría haber malogrado. Desde ese punto de vista, la vocación idealista de Rubén sigue siendo la misma que la que se destilaba en El alquimista impaciente

Bevilacqua, consumado lector y fan de Gino Paoli (lo que debiera suponerle directamente el ascenso a teniente general) alterna la narración de los avatares de su investigación, verosímiles hasta el necesario prosaísmo, con las sabrosas digresiones con las que interrumpe brevemente la trama argumental, procedimiento, por cierto, también muy cervantino. Estas digresiones crean una complicidad con el lector que remansa la acción sin hacerse enojosas. Al contrario, las reflexiones de Bevilacqua son tan importantes como la acción misma. Gracias a ellas, se abordan temas transversales como la crítica política y social, no sin cierto ácido humorismo, o inquietudes que atañen a los recovecos del alma. Entre los primeros, sorprende gratamente la autenticidad sin ambages ni medias tintas con la que se trata el problema entre Cataluña y el resto de España, ya que la investigación del guardia civil se lleva a cabo, sobre todo, en la provincia de Barcelona.

El estilo de Lorenzo Silva es ágil, sin abusos líricos, y sabe medir los tempos para evitar la precipitación en las que suelen incurrir últimamente la novela y el cine. Quizás puedan mejorarse los diálogos, algo impostados en alguna ocasión. Y a mí también me chirría la inclusión del vocabulario tecnológico. Palabras como “facebook”, “e-book”, “i-pod” y otros siguen resultándome desagradables polizones que, con su insolente descaro de advenedizas, incomodan, profanan y afean el lenguaje literario. Pero esto, claro está, es un juicio que responde a un gusto personal, seguramente algo purista, y no es demérito del autor, que debe acudir a estos términos para cincelar con verosimilitud el friso realista que se propone.

La marca del meridiano, en fin, tendrá buen cobijo en las bibliotecas de los modernos donquijotes. Y, volviendo a la cita cervantina del inicio, intuyo que a Vila aún le falta algún caso más  para firmar su testamento. Para bien de curas y barberos. O para bien de Chamorro…

miércoles, 6 de marzo de 2013

196. No pasó nada




Se cumplen 40 años del comienzo de la dictadura del general Augusto Pinochet en Chile. Son muchos los escritores del país andino que han plasmado en sus obras la complicada situación que se vivió tras el derrocamiento de Salvador Allende, reacción natural si consideramos que una de las  funciones  de la literatura es servir como espejo de la realidad social.
No pasó nada, de Antonio Skármeta, se engloba dentro de las obras que durante los años 80 intentaron denunciar la tremenda situación que se vivía en este país, pero destaca por su planteamiento, pues los hechos son relatados por un joven de catorce años, Lucho, que ha tenido que refugiarse en Berlín con su familia, pues sus padres eran activistas de izquierdas en el momento en que Pinochet se hizo con el poder. Se plantea, por tanto, el tema del exilio pasado por el tamiz de los ojos inocentes de un niño que experimentará un proceso de transformación en adulto. Se trata, por consiguiente, de una novela de aprendizaje en la que el narrador-protagonista, a través de sus peripecias vitales, traza una radiografía de la difícil situación por la que pasaron miles de chilenos al verse obligados a emigrar de su país. En este sentido, el golpe de Estado es descrito por Lucho como la frustración de sus sueños, como un manotazo duro que obligó a sus padres a vivir refugiados en la melancolía del que se siente un intruso en un país extraño, frío, tan distinto a su amado Chile.
Así, Antonio Skármeta plantea la confrontación entre el mundo de la nostalgia en el que se atrincheran los progenitores de Lucho y los deseos de adaptarse a una nueva vida de los jóvenes que, sin olvidar sus raíces, desean sentirse aceptados por la nueva sociedad en la que vivirán el despertar de su conciencia adulta. Estos jóvenes son conscientes de que sus vidas han cambiado: “mi papi nos dijo que desde ahora en adelante se había acabado la niñez para nosotros”, pero, tras un lógico período de tristeza, se acomodan a su nueva realidad.
A través de la vida cotidiana de Lucho, somos testigos de los sinsabores que sufrieron los exiliados, como la dificultad para encontrar empleo, la complicación para aprender un nuevo idioma y la necesidad de recurrir a sus hijos como intérpretes,  la escasez económica, el hambre, la tristeza y la impotencia por estar alejados de los compañeros que seguían luchando por una causa justa, el racismo y la melancolía. Ahora bien, también se nos muestra el lado más activo de estos exiliados que no dudan en unirse para recaudar fondos para la Resistencia y en manifestarse y difundir en Berlín  la realidad de ese país “tan flaco” que muchos ni conocían. Los hijos de estos exiliados participan activamente en estos actos, pintando carteles para la marcha contra la Junta militar, recogiendo donativos y entonando consignas a favor de la libertad. Viven, por tanto, una realidad en la que Chile no desaparece de sus mentes pero que hacen cohabitar con su vida alemana. En este sentido, el lector es testigo del despertar sexual de Lucho, de su primera decepción amorosa tras la traición de Sophie, del hallazgo de la amistad verdadera, de la reivindicación de su propio yo tras la pelea que mantiene con Michael y del descubrimiento del amor verdadero en la figura de Edith.
Estos avatares existenciales se van intercalando con las críticas a la dictadura de Pinochet y con las alusiones a las consecuencias que trajo consigo: subida de precios, fusilamientos, despidos, jueces corruptos, hambre… Se podría, por tanto, considerar que es una novela que peca de maniqueísmo, mas consideramos que esta calificación queda atenuada al haber elegido Skármeta a un narrador adolescente, cuyos juicios en construcción, impiden una parcialidad, digamos, de tesis. Lucho relata lo que ha vivido y lo que sus padres le han contado, algo lógico dada su temprana edad. Se trata de un personaje entrañable, como es habitual en el universo skarmetiano, que se gana la complicidad del lector haciéndole partícipe de sus aventuras cotidianas y de su crecimiento como persona, de la búsqueda de su propia identidad sin olvidar sus orígenes, pero aprendiendo a pensar  por sí mismo.
En definitiva, Antonio Skármeta en No pasó nada renueva el tema del exilio al tomar como narrador al hijo de los adultos que lucharon contra Pinochet, a esa segunda generación que navegará entre torrentes de nuevas ilusiones que les ofrece el país de acogida y el afecto a  un país azotado por la tempestad política y social.  Todo ello envuelto por una aureola de cariño de quien ha sufrido el exilio en su propia persona, desde la experiencia vital de quien conoce de primera mano el dolor por el abandono de la patria, de quien sabe lo que es “militar en guetos de melancolía”.

sábado, 2 de marzo de 2013

195. Colaboradores



Decía Antonio Muñoz Molina que, “a veces, en los periódicos, uno manda un artículo y nadie responde: como si se mandara lo escrito a una máquina y la máquina se encargara de publicarlo”. Y hay algo de verdad en ello. El colaborador periodístico es ese correo electrónico con archivo adjunto que llega puntual a la bandeja de entrada del encargado de contenidos y que se deja en barbecho hasta mejor ocasión. Acuciados los periodistas por la frenética urgencia de la mesa de redacción, los correos del colaborador son unos pequeños nudillos golpeando tímidamente, como si molestaran, la puerta del despacho del jefe de redacción, que dice: “luego, luego…”. Si, además, el columnista es externo, no forma parte de la plantilla, nadie en el periódico lo ha visto en su vida, no se llama Antonio Muñoz Molina, publica una vez por semana y, encima, se atreve a escribir sobre libros y reflexiones literarias, entonces hay que asumir pacientemente el barbecho con la austera disposición de la tierra de labrantío que espera su semilla. Sin embargo, siempre, indefectiblemente, acaba uno viéndose el careto en la página treinta y tantas de la sección cultural.

Ya pasó el tiempo en que reenviaba el artículo a todo quisque en el periódico por si no había llegado y reclamaba, preocupado, el acuse de recibo. Uno, que es profano en esto de las tripas del mundo periodístico, acaba acostumbrándose a la mecánica.

Se dice que la calidad de un periódico está en la calidad de sus colaboradores. No diría yo tanto o, al menos, no lo diría en términos tan categóricos. Pero es cierto que hay lectores que compran un determinado periódico por el gusto de leer a un determinado columnista, incluso aunque el credo ideológico del lector y el del diario sean diametralmente opuestos. Esto siempre que la línea editorial del periódico no censure a sus colaboradores, que casos los ha habido, lo cual es un gran error porque la pluralidad de los columnistas enriquece el ágora del periódico, genera debate y no proscribe al diario a un sectarismo de cortas miras.

Por lo general, el colaborador cultural, si no es una firma prestigiosa, no cobra por sus artículos. Su contribución es, pues, generosa y sus mejores honorarios son la divulgación de la cultura, que siente como un apostolado necesario. La tonta vanidad de verse la foto presidiendo su columna les aseguro que dura un par de semanas. Luego, la vocación divulgativa se impone. Yo no pondría foto si no fuera porque me lo piden. Además, no tengo porte interesante para la foto. No sostengo un bolígrafo o unas gafas ni me acodo sujetándome la barbilla con la mano ni esas cosas que dan cierto aire intelectual al asunto. Mi foto son mis textos.

El pasado 21 de febrero, el “Cura y el barbero”, mi columna semanal del Diari de Tarragona, cumplió 3 años. Luchando tenazmente contra la tiranía de los 3500 caracteres, que tanto encorseta las necesarias creatividad y voluntad de estilo del colaborador, sigo creyendo que la prensa debe ser el altavoz de la cultura. Y, aunque uno se siente un poco solo en esto, resulta que un día M.Victòria Bertran te dice que te lee siempre y que hoy te has superado; Xavier Fernández bromea sobre las misas del cura y los trasquilones del barbero; Núria Pérez y Mar Cirera responden solícitas y amables a tus alarmas de erratas; Antoni Coll te felicita por aquel artículo de Galdós. También los hay que un día se despiden, como Isaac Albesa, y su nombre, que el “Gmail” te completaba en la barra de destinatarios como una costumbre que parecía inamovible, te recuerda lo mudable que es la vida. Y luego están los lectores, cuya fidelidad acicatea el ánimo. Y, al fin, resulta que el triste y solitario colaborador recibe su acuse de recibo. Muchas gracias a todos.
Mi primer artículo en el Diari de Tarragona, el 21 de febrero de 2010, dedicado a Tranvía a la Malvarrosa, de Manuel Vicent. Entonces disponía sólo de unos 500 caracteres. Hoy disfruto de algo más de 3500 (una media plana). Y nuestro blog. Siempre nuestro blog.

domingo, 24 de febrero de 2013

194. Caballos de labor



Antonio Castellote ha ganado el Premio de Novela Corta Maestrazgo 2012 con su obra Caballos de labor, un precioso homenaje al mundo rural turolense. He estado a punto de añadir como introducción a la presente reseña que Caballos de labor, como suele ocurrir casi siempre con las buenas historias, trasciende el necesario y voluntario localismo geográfico para convertirse en una suerte de evocación universal de lo rural. Esto habría sonado muy bien, entre otras cosas porque encierra algo de verdad, y porque habría legitimado la lectura del libro a cualquier persona que no tuviera que sentirse necesariamente vinculada a las tierras de Teruel, que es otra verdad a medias. Sin embargo, tras leer el libro, noto que no me encaja el concepto de “evocación”. Para mí, Caballos de labor no es una evocación, sino una constatación. Una constatación muy viva, tangible y sólida de una tierra muy concreta. Y ése es el gran acierto de la novela: el rechazo del bucolismo que idealiza el mundo del campo hasta desvirtuarlo, haciendo de él un mero artificio literario donde el agreste aliento de la tierra se ha perdido entre las chirimías líricas. Aquí el campo es de verdad, con su rudeza y su lirismo. Esto se aprecia muy bien en la recuperación del vocabulario rural que transita por toda la novela, que no es un simple catálogo exhibicionista metido con calzador para demostrar el ruralismo del libro, sino una integración natural y bien dosificada de las palabras que nutren, sin ánimo de exótica comparsa campestre, la vida de las gentes del Maestrazgo. Algo de ese rechazo al tópico hay en el episodio del libro donde un grupo folk pretende rodar un vídeo en el pueblo de los protagonistas.
Este proceso de desmitificación se aprecia en los versos de José Antonio Labordeta, cuyo eco,  como una lejana letanía, resuenan apagados durante todo el libro y lo vertebran. Pero es difícil ver en Martín, el protagonista de la novela, al hombre aragonés que cantase Labordeta. Y, sin embargo, ello no le resta a Martín ni un ápice de su autóctona autenticidad. No creo que Castellote pretenda desdecir los versos de Labordeta, que en el libro laten hímnicos desde el recuerdo del mítico concierto de Jorcas en 1975, pero sí superar prejuicios y lugares comunes. En este sentido, parece sintomático que el libro empiece con la noticia de la muerte de Labordeta, que a la vez, da juego al resto del proceso argumental: el misterioso tronco de sabina que Martín iba a tallar para fabricar la rueda de una zanfona, justo después del famoso concierto, y que, después de 35 años se ha quedado sin terminar. El instrumento inacabado se asocia a otro proyecto inconcluso de la misma época: el de los amores juveniles de Martín y Azucena, las razones de cuya ruptura las irá descubriendo el narrador, un geólogo en paro, hermano de Martín, que ha vuelto al pueblo después de mucho tiempo.
Por lo demás, Caballos de labor es una lectura para degustar, salpicada de un lirismo rural siempre oportuno y bien entendido, como aquel felicísimo pasaje donde el protagonista narrador, tumbado en el carro tirado al trote por Severino, el caballo de labor que aún convive con las nuevas técnicas agrícolas, observa las estrellas mientras su cuerpo se hunde en la alfalfa que transportan y las cañas de pipirigallo le envuelven “como un colchón de lana”. Y la certeza dignificante del campo como refugio ante la cada vez más acuciante incerteza del hombre moderno, desgajado de la madre Naturaleza, igual que aquel tronco de sabina podrido por el tiempo que Martín abandonó. La certeza, sí, porque si, entre tanto ruido, uno aguza el oído y se detiene a escuchar, quizás pueda distinguir en lontananza la recia tonalidad, doliente y poética, de la zanfona. Y su llamada es olifante para los derrotados.

Recomendaciones

-Recomiendo la estupenda reseña, como todas las que hace,  que Marcelino Cortés ha escrito sobre el mismo libro en su blog, "Me sé cosicas", gracias a la cual descubrí la novela de Castellote.
-Recomiendo también el blog literario "Bernardinas", del propio Antonio Castellote,  donde el lector hallará rigor y lucidez.