lunes, 18 de mayo de 2009

8. Mario Benedetti

Cuando el mundo pierde a un poeta pierde al hombre pero gana al Poeta. El carácter mitificador de la muerte sustituye al hombre que escribe con su máquina de escribir o que lleva en su maleta unas cuartillas con versos; o que asiste a un certamen para hablar de literatura; sustituye las investiduras honoris causa y los premios literarios. Y en su lugar queda el Poeta asido a sus palabras, blincando su espíritu sobre los versos, esparcido el hombre en las páginas de sus libros. Si uno lee un texto de este poeta trascendido a Poeta, las palabras ya no son aquellas con olor todavía a tinta de este mundo cuyo sentido aún puedo conocer leyendo alguna entrevista en un periódico o, si tengo esa suerte, preguntándole directamente. Las palabras del Poeta son ya un arcano, elevadas a categoría de misterio sólo con el tránsito de su creador. Pero es que quien se nos ha ido hoy ha sido Benedetti. Y a Benedetti no le hubiera gustado elevarse hasta esas esferas tan lejanas. Hubiera preferido seguir estando entre las gentes, enseñándonos el amor, la amistad, la solidaridad y el goce de vivir como siempre hizo: con un lenguaje cercano, llano, cariñoso, de amistosa complicidad. Muy mortal. A Benedetti le hubiera gustado oírse recitar entre los oficinistas, las cajeras, los mecánicos de coches, los vendedores, los taquígrafos; entre el tarareo de una canción de Serrat en un concierto o de Daniel Viglietti desde un viejo transistor colocado en la ventana de cualquier modesta casa de Paso de los Toros. Lo otro quede para los exiliados. Benedetti es un "desexiliado" de la muerte. Prime, pues, su alegría:

Defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar,
y también de la alegría

lunes, 11 de mayo de 2009

7. Dos menos (y eran los únicos)

El pasado viernes 8 de mayo llegó al Teatro Principal de Alicante la obra Dos menos, dirigida por Óscar Martínez y protagonizada por José Sacristán y Héctor Alterio. En principio, la obra reunía todos los ingredientes para satisfacer al público alicantino. Por un lado, la historia dramática de dos enfermos terminales, compañeros en la habitación del hospital que, ante la noticia de su inminente fallecimiento, deciden fugarse para vivir intensamente los últimos días de vida, en una especie de viaje iniciático. Lo atractivo del motivo temático venía avalado por el éxito de taquilla de la película Ahora o nunca, con Jack Nicholson y Morgan Freeman de la que la obra de teatro puede considerarse su remake sobre las tablas. Por otro lado, la presencia de dos buenísimos actores como son Sacristán y Alterio para quienes el papel parecía pintiparado, completaban la promesa inicial. Sin embargo, el guión empequeñeció las expectativas. Ignoro si la representación se mantuvo fiel al texto original de Samuel Benchetrit o ha sido demérito de sus versionadores, Fernando Masllorens y Federico González Pino, pero lo cierto es que la obra desmereció bastante. Salvando el primer cuarto de hora, donde los protagonistas asumen la fatalidad de su destino con un fino sentido del humor, el resto del guión se desvanece entre la nebulosa de un pobrísimo argumento, inconsistente y muy poco elaborado, que en ningún momento dio la impresión de estar hilvanado y cuya meta nunca pareció clara. La fuga del hospital, de tanta importancia simbólica, se pierde en un anecdotario insulso, estirado como para llenar los minutos con algunos episodios que son meros parches. Qué lejos de aquella lista de “cosas que hay que hacer antes de morir” de la película de marras, tan llena de lirismo y cuyo contenido redunda en una introspección profunda de los personajes. También perdió la obra la oportunidad de crear ese contraste tan efectista que supone combinar el sentido del humor con el drama de los personajes. La sombra de la muerte casi nunca está presente en la obra, de modo que el espectador corre el riesgo de olvidarse de ella y, ni mucho menos, sentirá compasión por los protagonistas. La muerte misma de los personajes se limita a una despedida sin emoción hacia una luz de fondo proyectada sobre el escenario y se produce casi de golpe y porrazo sin transición alguna, hasta el punto de que el espectador duda sobre si ese es el final o no de la obra. Se porá reparar en el error que supone comparar la película con la obra de teatro, siendo ambas pertenecientes a géneros distintos, con sus propias pautas. Pero es inevitable pensar que por encima de los géneros está la categoría artística de quien se somete a sus leyes. De vuelta a Tarragona, como para recordar esa máxima, pusieron en el tren la película de Nicholson y Freeman. Si las comparaciones son odiosas, algún Hermes del Parnaso quiso que así fuera. Algún sentido tendrá si los dioses así lo disponen. No obstante, la obra de teatro salvó los muebles, como suele decirse, por la innegable calidad de la intepretación por parte de Sacristán y Alterio (a éste, no obstante, con problemas para oír su voz), lo que demuestra una vez más que, utilizando el símil futbolístico, son los jugadores quienes hacen bueno o malo al entrenador. En este caso, el aplauso se lo llevaron los actores, no el guión. En la novela, el fenómeno es más complejo. Los personajes que actúan en la novela dados a la vida por la propia minerva del autor, ¿pueden llegar a salvar al autor mismo? Unamuno ya trató este tema en Niebla. ¿Don Quijote salvó a Cervantes? ¿La Andrea de Nada, salvó a Carmen Laforet? ¿Podrá escribir algo más J.K. Rowling que no sea sobre Harry Potter? ¿Existen Sacristanes y Alterios que salven a sus creadores? Y si es así, ¿es metafísicamente posible que una criatura literaria pueda oscurecer incluso a quien la creó?

jueves, 23 de abril de 2009

6. El Día del Libro

Cuando en 1995 la UNESCO decidió convertir el 23 de abril en el Día Mundial del Libro, tomó como referencia simbólica para tal resolución los decesos de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. Añade además, esta institución, los nacimientos y muertes de otros escritores sucedidos ese mismo día. Y cita a Maurice Druon, K. Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla o Manuel Mejía Vallejo. Hoy sabemos que las dos figuras cimeras que lideran esa lista, Cervantes y Shakespeare, no murieron tal día como hoy. Cervantes lo hizo el viernes 22 de abril de 1616 y fue enterrado el sábado 23; mientras que Shakespeare murió el 2 de mayo de ese mismo año y la asociación de su muerte a la fecha elegida por la UNESCO se debe únicamente a la confusión derivada de la utilización del calendario juliano, hoy en desuso, pues el vigente, como se sabe, es el gregoriano. Refiriéndose al enterramiento de Cervantes del día 23, el historiador José Enrique Ruiz-Domènec en un reciente ciclo de conferencias celebrado en Tarragona (Las artes del diálogo. Literaturas peninsulares en conexión), organizadas por La Caixa, y en alusión a la condición de judío converso del autor del Quijote, contaba las macabras pullas que recibió el escritor por parte de quienes le querían mal, pues, Cervantes, que había defendido su ascendencia de cristiano viejo durante toda su vida, demostraba su origen judío al cumplir escrupulosamente con la religión hebrea, ya que nadie podía negar que el día sagrado del sabbath, efectivamente, descansó.

Roto el romántico sortilegio de este día, sin desmerecer por ello al Inca Garcilaso, que tantas y tan curiosísimas concomitancias vitales tuvo con Cervantes, ni al resto de la lista, nos queda seguir celebrándolo con la mejor predisposición posible. Es cierto que la fecha en cuestión ha favorecido el abuso mercantilista del libro. Las editoriales en sus contraportadas nos venden la mejor obra del siglo. Un ligero vistazo por esas contraportadas y pensaremos que nos hallamos en pleno Siglo de Oro de las letras universales: "los estallidos de comicidad más inteligente que ha producido la literatura" ; "nunca una obra de ficción ha desvelado tantas verdades ocultas"; "la novela total"; "el portentoso talento creativo del autor"; "un bisturí manejado por la mano maestra del autor";" todo un hito en la novelística del siglo XX" ; "incomparable agudeza y brillantez". Encomios literarios hiperbolizados que convierten cualquier novela en un clásico sin salir siquiera de la imprenta. Unas críticas que al espíritu, maltrecho como está de escepticismos, se le antojan paradójicas. Y es cierto que las ferias de libros con su brutal excedente abruma al lector exigente que se pierde entre la maraña de títulos insulsos, muchos de los cuales son la negación del propio libro, porque " libro es aquel, como decía Kafka, que te golpea, que te araña, que te despierta en el sentido duro, pero también gozoso. El No libro es aquel producto transgénico y clónico, que aunque tenga forma de libro, lo que hace es repetir y es un hábito de consumo para ocupar espacio comercial". Son palabras de Manuel Vicent, uno que sí escribe libros.

Pero también es cierto que sería un error que, llevados de lo dicho anteriormente, despreciásemos el único día en el que se garantiza que se va a hablar de libros. Eso ya es mucho. En la Tarragona de Píramo, más que hablarse de libros, son los libros los que hablan. Resucitan de sus nichos epitafiados de etiquetas que los clasifican y se dan a las gentes en las calles sin más atavío genérico que el de su universal aspecto. El libro es entonces ya libro y hasta los No libros lo parecen al lucir en las paradas de la Rambla. Sant Jordi mata al dragón tantas veces como princesas portan la rosa nacida de su sangre y estos Sant Jordis redivivos, reciben a cambio uno de esos libros. El paseo se impregna de aromas a rosa y tinta; del dulzón olor del papel nuevo o del rancio del viejo; y, sugestionado, el caminante a quien flanquea esa orgía de volúmenes hacinados, cree que Cervantes y Shakespeare murieron el 23 de abril.

Invito a nuestros visitantes a incluir en el apartado de comentarios de este artículo aquellos libros que hayáis recibido o regalado hoy. Montaremos así nuestra paradita también.

jueves, 16 de abril de 2009

5. El Quijote en América

De todos es conocida la fama universal de la que goza El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Cualquier persona mínimamente instruida guarda en su imaginario personal la figura de un hidalgo viejo y enjuto enloquecido por la lectura de libros de caballería que protagoniza las más osadas aventuras en pos de un ideal acompañado por su fiel escudero Sancho Panza. Ambos personajes protagonizan una historia que gozó de éxito y reconocimiento absoluto al poco tiempo de publicarse la primera parte de la obra; un éxito al que alude el propio Cervantes en la segunda parte de la misma. Se trata, por tanto, de una novela que fue capaz de traspasar fronteras tanto geográficas como idiomáticas. Como muestra baste decir que en 1896 se realizó en Tokio una versión de la obra en japonés, una lengua tan distante a la nuestra.

Por tanto, don Quijote y su escudero supieron cabalgar desde muy temprano para conquistar otros países y territorios. Dicha conquista llegó incluso al continente americano, puesto que en 1605 un librero de Alcalá de Henares - Juan Sarriá- envió sesenta y un bultos a su socio americano que contenían setenta y dos ejemplares de la obra que nos ocupa. Una vez surcaron el Atlántico, estos ejemplares fueron recogidos por Juan Sarriá hijo, quien recibió el encargo de llevar algunos de esos libros a las altas sierras del Perú. De modo que a finales de 1605 estos ejemplares desembarcaron en Portobelo, atravesaron el istmo de Panamá hasta llegar a Lima y desde allí, algunos, ascendieron por los Andes para acabar en el Cuzco. Una travesía arriesgada y peligrosa de la que don Quijote salió vencedor, tal y como relata Leonard Irving en Los libros del conquistador.

Si esta llegada tan temprana de la obra de Cervantes al Nuevo Mundo resulta gratamente sorprendente, igualmente impactante es el hecho de que sólo dos años después del nacimiento literario de don Quijote y Sancho, en 1607, estos personajes formaran parte de un texto literario genuinamente peruano. Nos referimos a la Relación de las fiestas que se celebraron en la corte de Pausa, un documento que fue conocido gracias a la labor del cervantista Francisco Rodríguez Marín. Dichas fiestas se organizaron con motivo de la llegada de un nuevo virrey al Perú, el marqués de Montesclaros, y suponían la celebración de una mascarada (diversión que consistía en representaciones alegóricas y recreaciones de temas históricos en las que cada participante interpretaba un papel). Concretamente, se organizó el juego de la sortija, en el que los caballeros montados a caballo debían pasar su lanza a través de un anillo. En este juego participaban numerosos caballeros con diferentes pseudónimos. Aquí radica la importancia de este texto puesto que uno de los participantes no era sino el Caballero de la Triste Figura acompañado por su escudero Sancho:

A esta ora asomó por la plaça el Cauallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha (...) Benia cauallero en vn cauallo flaco muy pareçido a su rrozinante, (...) Aconpañabanle el Cura y el Barbero (...) y su leal escudero Sancho Panza, graçiossamente bestido, cauallero en su asno albardado y con sus alforjas bien proueydas y el yelmo de Manbrino (...) y presentandosse en la tela con estraña risa de los que miraban, dio su letra, que dezia: Soy el avdaz don Quixó-, / y maguer que desgraçiá-/ fuerte, brabo y arriscá-. Su escudero, que era vn hombre muy graçiosso, pidio licençia a los jueçes para que corriesse su amo y pusso por preçio vna dozena de çintas de gamussa, y por benir mal cauallo y azerlo adrede fueron las lanças que corrio malisimas, y le ganó el premio el dios Baco.

Como sucedía en la novela, Don Quijote fracasa en sus intentos puesto que es Baco quien gana el juego. Asimismo, Sancho aparece perfectamente caracterizado sin olvidar su tendencia a ensartar coplillas y refranes. Esto es, en Perú no sólo se había leído la obra en 1607 sino que se habían captado los rasgos esenciales de los protagonistas, quienes formaban parte de la cultura popular. El carácter novedoso que presentaban estos personajes en el país andino queda patente en que el caballero que interpretaba a don Quijote ganó el premio de la invención, puesto que provocó la risa al público presente. Así, los lectores allende los mares dieron la misma interpretación paródica que se daba a la obra en España; algo lógico puesto que no será hasta más adelante cuando los estudiosos comiencen a entrever otros significados mucho más profundos en las aventuras del hidalgo manchego. Este hecho no desmerece en absoluto la importancia de que en fecha tan temprana, 1607, los personajes de la novela cobraran vida propia al margen de su padre literario en las mascaradas de América. Más mérito tiene, si cabe, el hecho de que la primera aparición -el debut en textos literarios americanos- se produjera en esta remota región del Perú de difícil acceso.
He aquí una prueba más de la genialidad de unos personajes que pronto realizaron su particular colonización del continente americano, haciendo efectivo el deseo frustrado de Cervantes de ir a América y dejando una profunda huella en las letras americanas que queda patente hasta nuestros días. Una estela cervantina que nunca se apagará y en la que don Quijote seguirá cabalgando más allá del espacio y del tiempo.

viernes, 13 de marzo de 2009

4. Don Ramón Menéndez Pidal


Si nuestro blog hubiera nacido el año pasado, podríamos haber dedicado la presente entrada al cuadragésimo aniversario de la muerte de Don Ramón Menéndez Pidal. Así, habríamos satisfecho, con un bonito número redondo, la voluntad un tanto febril de los amantes de las efemérides. Pero es el caso que el presente espacio de no más de un mes y medio de vida, quiso ver la luz en 2009. Y hete aquí, que para regocijo de aquéllos, también el 2009 nos va a servir. Tal día como hoy del año 1869, nacía nuestro filólogo más insigne. Así que hoy celebramos el 140 aniversario de su venida al mundo. Casi es mejor efemérides ésta que la otra. ¡Qué obsesión por recordar las muertes de los grandes que nos dejaron! Como si eso fuera una buena noticia. ¿No es mejor rememorar la fecha mesiánica en la que la ciencia y la cultura reciben a un nuevo guía? En realidad todo esto es ocioso. A Pidal no le hace falta una fecha para que se hable de él. Y el caso es que a mí, admirador apasionado como soy del maestro, ya hacía tiempo que me apetecía dedicarle unas palabras, de las que quisiera se destilara sólo agradecimiento hacia su figura. El primer sentimiento que se genera dentro de mí al hablar de Menéndez Pidal es el de un apabullante acomplejamiento. Uno se empequeñece ante su alargadísima sombra y cree que sólo va a decir naderías. Naderías o no, asumiré el riesgo. Lo que inicialmente llama la atención cuando uno quiere aproximarse a la faceta humana de don Ramón es que la mayoría de sus biógrafos o personas que tuvieron la oportunidad de entrevistarle, apenas consiguen extraerle alguna declaración que se refiera a su más profundo fuero interno. El único momento, si el biógrafo o entrevistador es avezado, en el que Pidal menciona algún acontecimiento más personal, más íntimo, es cuando habla de su propia obra. Y es que en Menéndez Pidal es donde mejor se percibe esa fusión perfecta entre la obra y el hombre, inseparables la una del otro. Así, si sus recuerdos infantiles le remiten a la Naturaleza y a las excursiones por el puerto de Pajares, es para rememorar los romances asturianos con los que solazaba la caminata o los que su hermano Juan, en esas mismas salidas campestres, recogía de las gentes; si habla de su madre es para destacar su relación indirecta con el romancista Durán; si lo hace del padre, es para recordar la canción que escuchó de boca de unos niños el día de la muerte de aquél sobre el puente burgalés de San Pablo, que luego acogería las figuras del Cid, su Cid. Y así, desfilan amigos, profesores, anécdotas, sentimientos, satisfacciones, todas vinculadas siempre a su pasión científica. Rehúye las preguntas más personales o las despacha con rapidez y enseguida cambia de tercio para enfrascarse en largos monólogos sobre tal o cual punto referente a su labor. Es como si su vida no le pareciera interesante fuera de su centro intelectual, pese a vivir experiencias tan exóticas como la de arbitrar en un conflicto de fronteras entre Perú y Ecuador; pero también entonces se dedica a asediar a los diplomáticos hispanoamericanos para que le recojan romances de sus países; o el asesoramiento para el rodaje de la película El Cid, dirigida por Anthony Mann, de cuya experiencia se conservan documentos gráficos ya manidos, pero curiosos, donde Don Ramón conversa ufanamente con Charlton Heston. Cuando se le pide que relate una de las emociones mayores de su existencia, Menéndez Pidal nos sorprende con la anécdota (que luego no lo será tal) del día en que halló sobre su mesa de trabajo el manuscrito del Poema de Roncesvalles, rescatado y dejado allí silenciosamente por Amado Alonso, que lo había encontrado convertido en bolsa, cosida por un archivero que guardaba allí sus útiles de escritura. Hasta su viaje de novios con María Goyri no puede clasificarse entre las estampas típicas de una luna de miel. Conoció Don Ramón a su futura esposa en un Congreso Pedagógico de Acción Católica donde se ponían en tela de juicio las ideas feministas de Concepción Arenal. Salió valiente en su defensa, con la vehemencia de los 18 años, María, y su intervención mereció el aplauso del público, entre el cual estaba Emilia Pardo Bazán quien se acercó para abrazarla. El viaje de novios, como dije, no es de los que se estila hoy día. No hay fotos de los novios subiendo en camello el Teide ni tostándose en cualquier playa caribeña. Ellos eligieron la ruta del Cid. En ese mismo viaje, a María se le ocurre cantar ante una aldeana de Osma el romance de la Boda estorbada, que ésta cree reconocer en otra versión, de modo que lo canta junto a otros romances con los que distraía su labor de lavandera. Don Ramón y Doña María, que habían prolongado su luna de miel en Osma para contemplar el eclipse de sol que allí se iba a producir, olvidaron la conjunción astral porque ya poco significaba para nosotros ante el sol de la tradición castellana que allí alboreaba tras una noche de tres siglos, desde que Juan de Ribera publicó el último pliego suelto de romances orales en 1605. Uno de los romances cantados por la lavandera remitía a la desgraciada muerte del príncipe don Juan, primogénito de los Reyes Católicos e inédito hasta entonces, publicado y estudiado después por la misma María Goyri. La empresa de Pidal en su búsqueda de romances de tradición oral fue ingente y nos ofrece una nota curiosa al conocer que, emprendida esta labor en tierras de Granada, Federico García Lorca ejerció de cicerone del maestro. Podríamos encontrar innumerables ejemplos de vivencias relacionadas con su propia obra que es una prolongación o todo su ser realmente, el más auténtico suyo, a decir de su biógrafa Carmen Conde. Pero cualquiera puede acudir a esta u otras biografías y artículos relacionados.
Yo deseo hablar de lo que a mí me produce leer a Menéndez Pidal. En los últimos meses ando en el estudio de la épica medieval española, sobre todo en el ámbito de las gestas perdidas; y es imposible caminar sin las obras de Pidal. No voy a hablar del contenido de las mismas, que merecería interesantísimo aparte. Pero, independientemente de éste, lo que llama la atención es el enorme amor que Pidal deposita en todos sus estudios, la sentida emoción que se desprende de sus escritos. Esto sorprende en un texto científico, sobre todo porque el sentimiento mencionado no actúa en menoscabo del indiscutible rigor que ostentan y que es requisito indispensable en este tipo de obras. A Pidal difícilmente se le puede rebatir una afirmación científica porque sus construcciones teóricas no tienen fisuras. Es una elaboración orgánica perfecta. Y cuando la justificación falta, por carencia de argumentos documentales, y tiene que acudir a la intuición, la exposición de ésta es tan lúcida, tan sujeta, que algo tan subjetivo como una intuición, se convierte en dogma por puro credo de la palabra. Rigor y amor. De modo que cuando uno lee a Pidal tiene la sensación de estar leyendo ciencia de autoridad y, al mismo tiempo, esa emoción derrama sobre las palabras placer literario, lirismo. Decía Spizzer que Menéndez Pidal dice las cosas más estupendas con la mayor sencillez y esa sencillez brota del equilibrio de la emoción. El mismo Pidal reconoce que para su labor es imposible prescindir del amor: ¿Cómo sería posible que alguien trabajase sobre historia de España, a no ser superficialmente, sin tener un sentimiento vivo e intenso de todo cuanto constituye el espíritu de nuestro pueblo? Su amor a España, utilizado de forma maniquea por los que caminan por otros vericuetos menos aconsejables que los de la cultura, es un amor sano y apolítico. En su magisterio, Pidal ha creado una conciencia nacional científica que faltaba en España y los estudios medievalistas no habrían alcanzado la sólida trabazón que requerían sin su luz. La lástima es que ella se apagase y nos dejase a oscuras como en el eclipse de Osma.

domingo, 8 de marzo de 2009

3. A José Perona

Hace unos días, leyendo un obituario escrito por Arturo Pérez-Reverte, conocí la triste noticia del fallecimiento del catedrático de la Universidad de Murcia José Perona. Quizás algunos de los que leáis estas torpes palabras no sepáis quién era pese a haber publicado numerosos estudios, algo lógico puesto que es casi imposible conocer a todos los ilustres profesores que pueblan las universidades españolas. En mi caso, yo sí conocí a Pepe, como le llamábamos quienes fuimos alumnos de una academia murciana que preparaba las oposiciones para Secundaria. Recuerdo el primer día que apareció por clase dispuesto a instruirnos en la práctica del comentario filológico-literario: "olvídense de los conciertos de Sabina y de los novios", nos dijo tratando de remarcar que debíamos esforzanos hasta la extenuación para alcanzar nuestra anhelada plaza. Tenía aspecto de buena persona, era cercano a los alumnos y sus comentarios estaban cargados de una fina ironía que nos solía hacer esbozar una sonrisa. Más allá de los conocimientos que nos transmitió, lo que recuerdo hoy, tras leer el periódico, son los debates que se establecían en aquella pequeña aula sobre la educación y la cultura en general. Era un hombre un tanto escéptico en cuanto al futuro de la cultura occidental y un gran amante de los libros. Asimismo, era capaz de hacer reaccionar a unos profesores/alumnos que a esas horas de la tarde de los viernes pensábamos más en irnos a nuestras casas que en las sibilantes alfonsíes.
No quiero resultar demasiado nostálgica al evocar la figura de alguien que no fue más que mi profesor durante unos meses, pero ante tales nuevas he sentido la necesidad de plasmar, de algún modo, la congoja que se instaló en mi garganta. Una mezcla de rabia, pena e indignación ante esta injusta vida. Las parcas han cortado con demasiada celeridad el hilo de la vida de un hombre -estoy segura- lleno de proyectos, inspirador del personaje de Néstor Perona de La carta esférica de su amigo Reverte.
Soy consciente de la caótica ordenación de estas líneas mas únicamente deseaba rendir un humilde homenaje a este catedrático del cual, pese a los años transcurridos desde que abandoné dicha academia, guardaba un grato recuerdo. Si como se suele decir, las personas que desaparecen siguen vivas mientras permanecen en la memoria de alguien, confío en que el recuerdo de Perona perdurará en muchos de los alumnos que bebieron de sus conocimientos. Supongo que, entre otros aspectos, esto supone un éxito en la vida de cualquier docente.
Hasta siempre, maestro de gramática.

viernes, 20 de febrero de 2009

2. Yo soy clásica

Desde hace un tiempo, estoy disfrutando de una de mis mayores pasiones: el teatro. Acudir a una representación teatral supone todo un ritual que llena mi espíritu de una mezcla de júbilo y nerviosismo:
La odisea de conseguir las entradas que me permitan disfrutar de la puesta en escena desde un lugar óptimo, no hacinada en el anfiteatro -que bien pudiera ser la cazuela del siglo XXI aunque sin distinción de sexos-; mostrarlas al acomodador que casi siempre las rasga sin ninguna consideración (sí, las colecciono); obtener el programa de la representación y leer la explicación que el director ofrece sobre el trabajo que va a mostrar ante el público; el momento en que el recinto queda a oscuras, el público guarda silencio y se genera una expectación convertida en satisfecha sonrisa cuando los actores aparecen en escena; la conciencia de estar formando parte de un mundo imaginario, construido gracias a la magia de su autor y en el que se nos permite participar como privilegiados testigos de lo acaecido pudiendo, de este modo, "desdoblarnos", dejar de ser nosotros mismos abandonando nuestro cuidado a la trama representada; y, por supuesto, los comentarios posteriores a la representación en los que se ponen de manifiesto las emociones experimentadas.
Pues bien, dichas sensaciones se han visto traicionadas en algunas de las representaciones de las que he sido testigo. Como amante de este género, no desaprovecho la ocasión de ver obras clásicas. Puestas en escena por la Compañía Nacional son sinónimo de éxito, de fidelidad a la esencia del original y al espíritu del dramaturgo que dio voz a los personajes. Estoy segura de que don Pedro Calderón de la Barca estaría satisfecho al ver a su más ilustre pintor lamentándose por una ley injusta que se ve obligado a cumplir tras ser deshonrado por su joven esposa o Tirso de Molina -que tan excepcionalmente trazó el perfil psicológico de la mujer- al observar a su don Gil luchando por lograr la unión matrimonial deseada.
Ahora bien, en ocasiones las programaciones de los espacios escénicos no indican que el drama que se va a representar es una adaptación. Así, El burlador de Sevilla dirigido por Dan Jemmett presentaba a personajes que se cambiaban de ropa en el escenario, haciendo honores a Baco constantemente, como si en la barra de un bar estuvieran ahogando la pena de mostrarse en paños menores ante el respetable.
Pero el caso más flagrante lo viví hace unas semanas con la representación de Romeo y Julieta, dirigida por Will Keen. Yo esperaba ver trajes de época, un balcón veronés, actores con una dicción inmaculada y fuerza trágica en los parlamentos de los jóvenes enamorados y lo que me encontré fue un vestuario escaso, barras de hierro en las que Julieta hacía movimientos que más bien parecían propios del mundo circense, una dicción que consistía en silabear las palabras despojándolas de toda cadencia musical y una interpretación descafeinada, sin intensidad y carente de emoción. En definitiva, una puesta en escena que no hacía justicia al texto dramático y que dejó un sabor amargo en el imaginario del público, muy lejos de experimentar catarsis alguna.
Baste decir que los momentos de mayor fuerza dramática provocaban en el espectador risa, incluso carcajadas. ¿Hay alguna evidencia mayor del fracaso de una representación que la de suscitar risa cuando se pone en escena la historia de "dos amantes malhadados"? Sin duda, me habría evitado este bochorno teatral, esta sensación de vergüenza ajena, este pensar en la grotesca deformación de una de las historias de amor más bellas de todo el panorama literario inglés si se hubiera indicado que se trataba de una representación adaptada en la que no se iba a respetar el espíritu de la misma.
Y es que... tal y como versaba el lema del Festival de Teatro de Almagro de 2008: "YO SOY CLÁSICA".

martes, 3 de febrero de 2009

1. Cesó todo y dejéme


No sé yo qué sea eso de tener una experiencia mística. Dejo tales honduras para los expertos escrutadores de lo inefable. Pero existen otros misticismos que, aunque más paganos, también dejan el espíritu "tan embebido, tan absorto y ajenado", que producen otra levitación -intelectual- de similares condiciones catárticas. Me refiero al ritual, permítaseme la expresión, de la lectura. La literatura, -la buena literatura-, distinción a la que, desgraciadamente, cada vez hay que acudir con más frecuencia, aleja al lacerado superviviente de nuestros días de la mediocridad que le circunda. Al cobijo del libro, recuperamos la fe en la belleza e inteligencia humanas y se avivan las cenizas de la filantropía en la que alguna vez creímos. No es éste un manifiesto de elitismo cultural, pretencioso sectarismo que en las más de las ocasiones está imbuido de un falso e ignorante comportamiento snob; pero quien ame la literatura reconocerá que en la intimidad de nuestro encuentro con las páginas de un buen libro, algo en nuestra alma se reconcilia con el hombre y trascendemos a esferas más gratas. Esa es, en cierta manera, nuestra particular ascética.
Entre los Píramo y Tisbe creadores de este espacio, se erige una pared de cuatrocientos quilómetros que salvamos regularmente con la ayuda del tren. Entretanto, hasta el dulce encuentro, por esa pared se nos ha descubierto esta brecha por la que poder comunicarnos. También tú puedes colarte cuando lo desees. No os extrañéis si el blog se nutre con excesiva lentitud. Eso será que hemos ido dejando el cuidado entre nuestros libros olvidado. ¡Despertadnos para salir del trance y para contaros la experiencia mística! Sed bienvenidos.