martes, 26 de enero de 2010

29. Miguel, canto y vuelo

2010 ha nacido con nombre y apellidos propios: Miguel Hernández Gilabert (1910-1942) pues este año se celebra el centenario del nacimiento del famoso poeta oriolano. Se presentan ante los lectores del escritor interesantes meses plagados de actos conmemorativos. Ayer, 25 de enero, tuvo lugar el pistoletazo de salida con el estreno nacional de Miguel, canto y vuelo en el Teatro Principal de Alicante -ciudad en la que, como es sabido, reposan los restos mortales de Miguel-. Se trata de un espectáculo multidisciplinar dirigido por José Luis de Damas y producido por Paco Marsó en el que se conjugan la recitación de poemas, el diálogo teatral y la danza al son del acompañamiento musical en directo de piano, violoncello y percusión.

Con un decorado austero formado por elementos tan simbólicos en la vida del poeta como son la higuera, la luna y las ventanas enrejadas de la prisión, el director del montaje logra crear un ambiente íntimo capaz de envolver al espectador a través del lenguaje corporal de Josefina Manresa -interpretada por la bailarina Macarena Vargas- y del verbal, basado éste en la palabra. ¿Y qué mejores palabras que las escritas por el propio poeta? Por ello, son los poemas de Miguel Hernández los que ocupan el grueso de la representación/recitación. La obra comienza con el encuentro casual de dos Migueles, uno que regresa de Madrid y otro que se dispone a emprender su viaje a la capital. Este desdoblamiento del protagonista explica el título, pues uno de ellos -Alberto Delgado- representa a "Miguel Canto"- el poeta ingenuo que desea triunfar con sus escritos, generoso y optimista que acaba resignado- mientras que el otro -Miguel Molina- da vida a "Miguel Vuelo" -el luchador infatigable que desea ser libre-. A partir de aquí, Canto y Vuelo mostrarán al público algunos de los momentos más importantes en la vida del poeta-pastor declamando, como ya se ha señalado, varios de sus poemas más conocidos: "Llegó con tres heridas", "Me llaman barro aunque Miguel me llame", "Nanas de la cebolla", "Elegía a Ramón Sijé", "Eterna sombra", "Después del amor", "Sino sangriento" y "Vuelo".

Por otra parte, el texto propiamente teatral está basado en el cuento inconcluso El gorrión y el prisionero, un relato entrañable que muestra el sufrimiento del poeta en la cárcel. En el escenario, Miguel Canto está encadenado y recibe la visita de un gorrión con el cual conversa. Son palabras desgarradoras de un hombre conocedor de la cercana tragedia que le acecha: "Al cabo de un día y una noche me voy a morir. Me matarán. Dicen que soy una mala persona y que es preciso que muera. No sé qué habré hecho. Ni en sueños ni despierto me acuerdo de haber sembrado ni cosechado el mal. Sólo una mujer pudiera salvarme, pero su casa está lejos de aquí, en la región más soleada de estas tierras (...) Mañana no viviré... Lo siento por mi hijo, ¡quién tuviera tus alas, gorrión loco!". Entre el pajarillo y el prisionero se establece una comunicación especial y es éste el encargado de volar hasta los brazos de Josefina para hacerle entrega de un desgarrador escrito que le envía su esposo. Cumple, de este modo, el deseo de Miguel Canto de ver por última vez a su familia, pues el gorrión no es otro sino Miguel Vuelo, capaz de romper hasta los barrotes más duros de la cárcel. El desenlace inventado para este cuento en las tablas es, realmente, estremecedor.

Miguel, canto y vuelo combina, por tanto, la danza, la recitación y el diálogo teatral para mostrar al público la figura de Miguel Hernández en profundidad, con todos sus matices: como esposo y padre, como amigo, como escritor, como luchador infatigable, como alma libre, como persona resignada, como un ser generoso... Su figura queda así ensalzada positivamente y se consigue que el espectador sienta empatía hacia él. En este sentido, es encomiable el trabajo de los actores, que declaman e interpretan con la intensidad justa, sin caer en la exageración patética del drama que están representando. Buena muestra de ello fueron los intensos aplausos con los que el público asistente reconoció el mérito del montaje, así como las lágrimas de la nuera del poeta.

Queda inaugurado el año hernandiano. Serán muchos los actos que se celebren en su honor, los congresos, las conferencias, los conciertos... , todos ellos merecidísimos pues, más allá de consideraciones políticas, es incuestionable su valía como poeta y su integridad como persona -paradigma de fidelidad a sus principios y de coherencia- mas no olvidemos que el mejor homenaje que se le puede rendir a un poeta es leer su obra.

lunes, 18 de enero de 2010

28. Tranvía a la Malvarrosa

Vuelven los tranvías. Desde que en 1994 Valencia lo recuperase para sus calles, han sido numerosas las ciudades españolas que se han añadido a la restauración del mítico transporte. ¿Qué tendrá el tranvía, que imprime una misteriosa sugestión, entre decadente y elegante, a los cascos urbanos por donde su armatoste metálico, rudo pero venerable, se abre paso para herir las calzadas con su progreso pesado, penoso y, sin embargo, firme y decidido? Existen ciudades que no podríamos imaginarlas sin su presencia. Lisboa, por ejemplo, no sería la misma sin el sonido de su viejo tranvía, tan quejumbroso como la melodía de un fado. El tranvía evoca señores con sombrero de copa y bastón, y coches con carrocerías de líneas antiguas, como los de los gánsters de las películas; los hay famosos como el que atropelló mortalmente en Barcelona a un despistado Gaudí, abstraído, dicen, en los planos de la Sagrada Familia mientras caminaba. En literatura, el tranvía más famoso es el que condujo Manuel Vicent hacia la playa valenciana de la Malvarrosa.

Tranvía a la Malvarrosa está ambientada en los años 50 y narra el paso de la adolescencia al mundo adulto de Manuel, un joven de Vilavella (Castellón) y trasunto del propio autor, que se marcha a Valencia a estudiar Derecho. A lo largo de la novela, Manuel Vicent aborda diferentes temas muy de época. Uno de los más prolíficos es el de los tabúes sexuales. El protagonista se debate entre la pureza y la lujuria, personificada la una en Marisa, la misteriosa chica de cara angelical que veranea en Vilavella y a quien compara con la actriz italiana Inés Orsini; y la otra en la voluptuosa Gracia Imperio, la famosa y trágicamente malograda vedette madrileña, paradigma del erotismo de aquella década. Las coercitivas visitas a los prostíbulos para desvirgarse, promovidas por Vicentico Bola, como si de un obligado ritual viril de bautismo sexual se tratase, chocan con la íntima censura de la religión en el alma del protagonista, contradicciones que vertebran toda la novela. Dichos tabúes adquieren matices humorísticos en algún momento como aquel donde una masturbación de Manuel hizo que coincidieran en un mismo éxtasis mis propios gemidos y los alaridos del locutor ¡¡Gol de Gaínza!! ¡¡En el último minuto del partido, gol de Gaínza!! ¡¡El Valencia Club de Fútbol eliminado!! La pasión que sentía por el equipo del Valencia aquellos años de la adolescencia era muy intensa y a partir de aquel partido de copa la derrota de mi equipo iría unida a mi pecado.

Otro tema de la novela es el de la llamada España profunda, marbete aplicado aquí a sucesos truculentos o bárbaras costumbres patrias. Así, durante las fiestas de agosto de Vilavella, tras haberse corrido un toro, a unos pasos [del dosel de San Roque, patrón del pueblo] colgaba el toro desollado y su sangre aún goteaba en la acera en medio de un gran corro de devotos que velaban al santo; dijérase que el toro allí colgado era el animal expiatorio ofrecido a algún dios terrible. También se aprecia el tema de la España profunda en la descripción de los famosos crímenes que se sucedieron durante aquella década, a veces con un exceso de crudeza y morbo, como el de la cabeza sin cuerpo que apareció en un cine de Valencia. Pero el más llamativo de todos, no sólo por la forma de su ejecución sino por el estilo literario en que Manuel Vicent nos lo acerca, es el del violador Semo:

El Semo le puso la zarpa en el cuello y aún gruñó su vulgar deseo con cierta timidez, pero Amelita se revolvió bruscamente y la lucha continuó sobre la hierba con una extensión de margaritas. Los dorados insectos celebraban mínimas cópulas de amor muy puro en los árboles. La luz de la tarde iluminaba la lucha de los cuerpos envueltos en voces de auxilio y blasfemias. La doncella logró zafarse: salió corriendo con la cara húmeda de lágrimas y saliva, pero el hombre primitivo la siguió hasta el campo de berenjenas o patatas y en la persecución ambos atravesaron un huerto lleno de mandarinas y cuando el asesino y la víctima chocaron los dos iban cubiertos de pétalos de azahar como novios de una violentísima boda que se produjo al instante [...] [E]lla dejó de gritar al tercer golpe y su silencio fue sustituido por el sonido de los pájaros que se estaban refugiando para dormir en un limonero. El Semo arrojó el cuerpo de Amelita a la acequia en medio de la dulzura de la tarde y el cadáver comenzó a navegar agua abajo como una Ofelia valenciana coronada por una nube de mosquitos, pero antes el violador había tratado de cubrirlo de flores y una de ellas era la herida moral, las más roja que se veía flotando.
El contraste entre el lirismo de determinados pasajes de esta descripción y la terrible violación no deja indiferente al lector.
La superstición es otro tema recurrente, como cuando Manuel es perseguido por un escayolista místico poseído de fanatismo religioso o como aquel otro pasaje donde una prostituta cree que Manuel es su novio resucitado.
Pero la novela es, ante todo, un retrato vivísimo de la ciudad de Valencia, lleno de prolijos itinerarios que se aderezan con escenas de gran pintoresquismo. Contribuyen a ello también la alusión continua a canciones de la época, sobre todo boleros, que son como la banda sonora del libro, así como la inclusión de determinados acontecimientos políticos como la visita de Franco a la ciudad del Turia, no exentos de crítica mordaz: ese día todas las pastelerías estaban llenas de imágenes del Caudillo hechas con mazapanes y confitados [...] [y] había tantos pasteles en las pastelerías como demócratas en la cárcel [...] Algunos marines guardaban cola frente al carrito de un viejo que vendía cucuruchos de cacahuetes. El viejo cobraba una peseta a los indígenas y un duro a los americanos; demostraba tener con los cacahuetes un sentido más patriótico que el que Franco había tenido con las bases

¿Y el tranvía que da título al libro? Manuel ha creído ver en el tranvía que va a la playa de la Malvarrosa la figura de aquella Marisa que despertó en él la pureza del amor. A partir de esa visión cogerá el tranvía siempre que pueda para obrar el milagro de coincidir con ella. Pero esa es una empresa ya vana. La juventud idealizadora ha terminado y Marisa es sólo el recordatorio de la pérdida de la inocencia y del inicio de una nueva vida. Por eso, tras uno de esos viajes a la Malvarrosa, Manuel se enamorará de Juliette.

El final del libro con Manuel y Juliette, una Marisa que se llama Juliette, dice el protagonista, haciendo el amor sobre folletos de Falange en la casa abandonada de Blasco Ibáñez, cierra el relato con una sensación aliviadora de libertad, todavía embrionaria. Y el tranvía volverá a Valencia desde la Malvarrosa. La dirección del tranvía ha cambiado ya.
[En la fotografía, un tranvía que pasa por la Plaza la Reina, de Valencia. Extraida del precioso blog de Julio Cob: Valencia en blanco y negro ]

lunes, 11 de enero de 2010

27. Chiquita

El Premio Alfaguara de novela de 2008 fue otorgado a Chiquita de Antonio Orlando Rodríguez. He de confesar que no conocía a este autor cubano, pero dos fueron los motivos que me empujaron a comprar la obra. En primer lugar, los elogios que la crítica le había dedicado: "Una verdadera obra de arte, que de seguro deleitará a numerosos lectores en todo el mundo" (Cristina Selva) o "Uno de esos milagros que se dan de tanto en tanto en la literatura latinoamericana" (Frank Báez). En segundo lugar, el argumento que, a priori, me pareció atractivo pues Rodríguez recrea la biografía de un personaje real, Espiridiona Cenda, una cubana de veintiséis pulgadas de estatura que a finales del siglo XIX consigue triunfar en Nueva York como artista de vaudeville. La protagonista se presentaba, por tanto, como un ejemplo de superación que despertó en mí la curiosidad lectora. En el preámbulo de la novela, su autor confiesa que supo de la existencia de Chiquita en 1990, cuando conoció a Cándido Olazábal. Éste estaba vendiendo su biblioteca y al tener noticia de que Antonio Orlando Rodríguez era escritor le ofreció la biografía de la liliputiense para que terminara de escribir sobre un personaje que, pese a su diminuta estatura, había sido conocida como la "bomba cubana". He aquí, por tanto, el germen de la novela que no deja de recordarme -salvando las distancias, por supuesto- a esos legajos escritos por un tal Cide Hamete Benengeli.

A partir de este momento, el lector es testigo de la andadura vital de Espiridiona desde su nacimiento hasta llegar a su ocaso. Ciertamente, no tuvo una vida fácil pues vivió protegida en una especie de burbuja de la que tuvo que salir cuando sus progenitores fallecieron y, pese a los prejuicios sociales de la época, consiguió triunfar y ser reconocida en la Gran Manzana y en otros lugares de América y de Europa como una pequeña gran artista: "¿Es un atrevimiento decir que me gustaría tener algo más que el honor de estar viva? Lo siento, pero quisiera poder vivir la vida. Gozarla, no sólo mercerla. Probar suerte como artista podría ser una manera de intentarlo. Nunca se sabe (...) puede que más de uno se lleve la sorpresa de descubrir que un gran espíritu puede habitar en un cuerpo insignificante, que la grandeza no tiene tamaño". En efecto, Chiquita cumplió sus sueños y llegó a brillar incluso en la Exposición Panamericana que se celebró en 1901 en Búfalo. Fue declarada mascota oficial y consiguió que en torno a ella se organizasen las filas más largas de admiradores deseosos de ver a la artista. Paralelamente a su vida profesional, se va perfilando su azarosa trayectoria sentimental por la que pasó un número considerable de varones y su vida familiar, marcada por la pérdida de sus seres queridos y por el intento de explotación económica por parte de uno de sus hermanos. La imagen que se ofrece de ella no es maniquea, sino que está llena de aristas, de matices que la hacen aparecer ante los ojos del lector como un ser entrañable a la vez que detestable, que llega a no tener escrúpulos, dependiendo de la situación.

Quizás se deduzca de mis palabras que la novela me ha gustado. Nada más lejos de la realidad, pues lo que ha sido un verdadero milagro es haberla terminado. Su lectura se me atragantaba y mis sesiones lectoras no se extendían más allá de veinte páginas. ¿Por qué un argumento y un personaje tan atrayentes han dejado un sabor tan amargo en mí? Los ingredientes parecían ser de calidad, novedosos, frescos, originales y con buenas críticas mas el pastel se me indigestó. Parece ser que comí sólo con la vista puesto que el sabor me decepcionó. Permítanme este símil culinario tan poco original, pero es que cada sesión de lectura se me antojaba a las cucharadas de comida que nuestras madres nos daban cuando éramos niños y no teníamos hambre.

Puede que uno de los desaciertos de la obra sea el estilo narrativo de Rodríguez. Los hechos se suceden, en ocasiones, de forma tan vertiginosa que no son sino una mera enumeración en la que se echan en falta descripciones y figuras literarias ya que, pese a ser una biografía, ésta no deja de estar novelizada y, en consecuencia, podría haber un tratamiento más cuidado de las palabras y de la forma de narrar. En ocasiones, el autor se dirige directamente al lector con expresiones que, desde mi punto de vista, rozan lo coloquial con un estilo demasiado cercano y dialogado. Puede que el objetivo de las mismas sea lograr la complicidad de los lectores. Juzguen ustedes mismos: "Supongo que conocerás la historia de esos siete tipos que ahorcaron echándoles la culpa del bombazo que mató a unos policías en una huelga. Y si no la conoces, búscala en algún libro, porque este que está aquí no piensa gastar ni una gota de saliva contándotela"; "¡Maldita sea! Otra vez perdí el hilo. No sé por qué rayos empecé a hablarte de los Barcsy, si ellos no llegaron a Estados Unidos hasta 1903". He aquí otro error: la dispersión argumental. Se ofrecen muchos detalles de personajes o hechos que no son relevantes para la historia y ello produce una sensación de pesadez en el lector. Es digno de resaltar el trabajo de documentación que se ha llevado a cabo y que se refleja en las notas a pie de página que hay en la obra así como en los apéndices finales de la misma en los que se recogen textos de diversa índole sobre Chiquita y el mundo de los artistas liliputienses e, incluso, un álbum fotográfico de la protagonista. No obstante, considero que dicha dispersión le hace un flaco favor al argumento ya que éste pierde fuerza.
En definitiva, si tuviera que definir con una palabra la experiencia de haber leído Chiquita ésta sería decepción. Quizás me creé unas expectativas demasiado elevadas al ojear el argumento en la contraportada y el placer que obtuve leyendo fue tan chiquito como las escasas pulgadas de altura de Espiridiona. Supongo que a ustedes también les habrá pasado esto alguna vez ¿o me equivoco?

martes, 29 de diciembre de 2009

26. Entre las azucenas recordados (2009)

















José Perona (3 de marzo)
"No leáis, que no merece la pena. Así, al menos, algunos encontraremos menos chicles pegados en el suelo de los museos y las bibliotecas".
"Propongo que se retire de las aulas la lectura de Cervantes, tan ajena a los itinerarios educativos, contraria al currículum de los centros, enemiga del conocimiento de los bables y fablas, ayuna del conocimiento del entorno, falta del espíritu de la multiculturalidad. Cargada, en fin, de mil y una frases de sosiego y de humanismo. Y por si fuera poco, es una vuelta más de tuerca del centralismo españolista y de su lengua... ¡Qué afrenta al multiculturalismo ese mamotreto de rancio españolismo escrito desde la Mancha profunda contra la diversidad de las Españas!".
Antonio Pereira (25 de abril)
"Al saberse que iban a derribar el cine municipal los teléfonos empezaron a funcionar y fuimos bastantes los que viajamos a nuestra ciudad para decir adiós al caserón donde habíamos aprendido tantos gestos.Había que adelantarse a la piqueta desalmada. Cada cual quería quedarse con un recuerdo, los viejos carteles de un trasatlántico con las luces encendidas o de apariciones de la Virgen o de los besos a tornillo de una espía rusa.Al final, decidieron que habría una voladura controlada. Sería la última película que nos diesen".
Mario Benedetti (17 de mayo)





Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.
Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente una palabra.
Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en los cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.
Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
Jorge Enrique Adoum (3 de julio)





Llamo a la puerta.
-Quién es, pregunto.
-Yo, contesto.
-Adelante, digo.
Yo entro.
Me veo al que fui hace tiempo.
Me espera el que soy ahora.
No se cuál de los dos está más viejo.

José Antonio Muñoz Rojas (29 de septiembre)




Yo no sé desear más que la vida,
porque entre las victorias de la muerte
nunca tendrás la grande de tenerte
como una de las suyas merecida
y porque más que a venda y más que a herida
está mi carne viva con quererte,
e igual mi corazón que un peso inerte,
halla su gravedad en tu medida.
¡Qué temblor no tenerlo en ningún lado,
ni en el pecho, la vena o la palabra,
y a lo mejor en valle, fuente o roca!
¡Corazón prisionero y emigrado,
que con cada latido el hierro labra,
y que convierte en sueño cuanto toca!

Francisco Ayala (3 de noviembre)
No había nada por ninguna parte. Nada, sino silencio; un silencio húmedo que rezumaba, calaba hasta lo más hondo; un silencio que era la ausencia y el vacío de la atronadora refriega, ya pasada. No había nada, nada sobre la tierra... Bajo ella, muertos infinitos yacían en confusión, ahora casi tierra ya también ellos, y todavía lastimada humanidad, sin embargo; muertos preñados con el plomo de su muerte, muertos retorcidos en el horror de su martirio; muertos consumidos en la perfección absoluta de su hambre; muertos. Sepultados de cualquier modo, entre las raíces de los vegetales —entregados a esas garras ávidas, insaciables, vivificadas por la lluvia que había escurrido tan largamente por entre piedras y huesos. Y más adelante, refiriéndose a los verdugos: Creen vivir quizá, porque están de pie. Pero tienen corrompidas las raíces del ser.Los que perpetraron la traición, cegados por la soberbia y poseídos por la furia del mando, están protegidos contra la pesadumbre de todo cargo de conciencia por la liviandad de sus cerebros que les consiente aceptar sin examen los endebles idearios (sarcasmo, a la dura luz de hoy) con que apresuradamente quisieron vestir y dar hechura a su fechoría. En cuanto a sus partidarios, el séquito lamentable de los cobardes, pobres de espíritu, crueles por miedo, por resentimiento, hasta por ramplonería, éstos, saciado con el terror su terror, se sentirán aliviados...
Píramo y Tisbe se despiden hasta el año que viene. ¡Feliz 2010! Un abrazo a los presentes y un sentido recuerdo a los ausentes.
Píramo y Tisbe.

viernes, 25 de diciembre de 2009

25. Nochebuena, de Nikolái Gógol


El año que ya agoniza es también el año de Nikolái Gógol (1809-1852); la UNESCO decidió dedicarle el 2009 al escritor ucraniano, sumándose así a la celebración de los 150 años de su nacimiento. La verdad es que la efemérides ha pasado sin pena ni gloria. Hasta donde llegan mis noticias, no he percibido ninguna atención mediática ni he oído hablar de congresos o encuentros literarios en relación con Gógol. Es probable que se hayan celebrado pero no tengo conocimiento de ellos. La Biblioteca Pública de Tarragona sí le ha dedicado un rinconcito donde aparece un muestrario de sus libros y una breve nota sobre su vida y obras; así lo descubrí yo. Y es que parece que, salvo los especialistas en literatura rusa o algún lector curioso de más amplias miras, para muchos, dicha literatura empieza y acaba con Tolstói, Dostoyevski o Chéjov.
No pretende este artículo reparar tal olvido, que eso sería dar por supuesto que el lector no conoce a Gógol y alguien habrá que lo conozca. Sólo deseo acercar a la bitácora un librito de este autor, cuyo título comulga bien con las fechas en que nos hallamos: Nochebuena, se llama. Es una novela muy breve, incluida en sus Veladas en un caserío próximo a Dikanka, corpus de novelas cortas sobre las tradiciones folklóricas ucranianas, escritas por Gógol durante su estancia en San Petesburgo, donde este tipo de temáticas era muy del gusto del público. La verdad es que, quien lea este cuento de Navidad, difícilmente podrá creer, como asegura Saskia von Hoegen en el prólogo del libro, que "con gran razón se puede decir que sus logros literarios, junto con los de otros autores de la época como Pushkin y Lérmontov, son la base para el auge que alcanzará la literatura rusa en la segunda mitad del siglo XIX"; sin embargo, hay que pensar que Nochebuena es una obra menor, lejos todavía de Las almas muertas, su obra maestra.

En Nochebuena, traza Gógol un cuadro de costumbres muy vivo enmarcado en la víspera de Navidad en un pueblecito ucraniano. Así, el lector puede degustar la gastronomía típica de esa noche, como el cutiá o el vareniki o el borsch, o unirse a los jóvenes que cantan las coliadky de puerta en puerta, algo así como nuestros aguinaldos. En ese contexto, una historia de amor con la desdeñosa y altiva Oksana que cifra su corazón al precio de quien pueda conseguirle unos zaptaos como los de la zarina; Vakula, el herrero, con la ayuda del demonio, volará hasta San Petesburgo para conseguirlo; entretanto, la madre del herrero, Soloja, da juego a tres pretendientes: el cosaco Chub, el diácono (casado) y el alcalde, lo que configura divertidas coincidencias en la línea de las comedias de enredo. En este cuento, el demonio roba la luna para dejar a oscuras a los enamorados; una bruja colecciona estrellas, que juegan cogidas de las manos en el cielo; magos sentados sobre pucheros surcan el éter; "más allá veíase un ejambre de espíritus que se extendía a modo de nube. Un diablejo que bailaba cerca de la luna, se quitó el gorro al ver pasar al herrero montado a caballo sobre el demonio. Una escoba tornaba a su destino al quedar abandonada por su dueña", y estas imágenes de fantasía, alternan con el realismo costumbrista sin transición y con total normalidad, lo que da lugar a capítulos de absurda comicidad.

Sin embargo, tras la aparente juguetona estampa, Gógol realiza una radiografía de todas las clases sociales y, veladamente, critica la superstición, calibra la moralidad de los altos estamentos y de las jerarquías eclesiásticas e, incluso, se atreve a poner en tela de juicio la política de los zares, en la entrevista que mantiene un cosaco ante la zarina Catalina, actitud que se adelanta a sus obras mayores, donde Gógol llevará a cabo una peligrosa crítica contra la Rusia autocrática y feudal. Esta actitud incomodará su vida durante toda su carrera literaria hasta lo insoportable: Gógol morirá en Moscú al borde la locura. Es como si, salvando las distancias, tuviéramos a la vez en Gógol a un Pereda, un Jardiel Poncela y un Galdós.
En definitiva, una lectura amable pero con mensajes entre líneas. El marco navideño ucraniano lo hace interesante y distinto. Pero, pese a la atractiva diferencia cultural, la universalidad de las miserias humanas. La Navidad, en ese sentido, es igual en todas partes.

martes, 22 de diciembre de 2009

24. Los villancicos

El villancico es una de las manifestaciones más antiguas de la lírica popular castellana. Sus orígenes se remontan al siglo XIII, momento en el que estas composiciones se entonaban con la finalidad de registrar los avatares de la vida cotidiana de los pueblos -de ahí el término "villancico", es decir, canción de la villa-. La temática religiosa estaba, pues, ausente en los primeros tiempos. Hacia el siglo XV aparece la costumbre de cantar villancicos en Navidad, a la vez que pervivían las piezas de este tipo que giraban en torno al amor cortés. De este siglo datan las primeras recopilaciones de villancicos - Cancionero de Stúñiga y Cancionero de Palacio, del año 1500- , que eran compuestos tanto por autores populares como por otros del renombre de Gil Vicente o Juan del Encina.
Por otra parte, cabe la posibilidad de que los primeros villancicos formaran parte de las representaciones medievales que tenían lugar en el interior de las iglesias y que pervivieran como cantos independientes una vez que la autoridad eclesiástica prohibió este tipo de espectáculos en los recintos sagrados. No obstante, la urgencia de que el mensaje cristiano llegara al pueblo -desconocedor del latín en su gran mayoría - propició que los clérigos mirasen con otros ojos al villancico en los albores del siglo XVI, pues hallaron en él una forma sencilla de acercar los misterios de la fe a los fieles, hasta tal punto que una de las obligaciones del maestro de capilla era componer este tipo de piezas. A partir de este momento, el tema profano centrado en el amor cortés deja paso con más fuerza al contenido meramente religioso.
En el siglo XVIII se observa una influencia muy fuerte de Italia en estas composiciones -estilo recitativo, arias da capo y el incremento del número de músicos- que provocó que desaparecieran de la celebración litúrgica en favor de los cantos gregorianos tradicionales. De modo que desde finales del siglo XIX el marbete "villancico" se asocia a los cantos que aluden a la Navidad y que son cantados de forma popular.
Como curiosidad, cabe destacar que en la antigua Al-Andalus existían unas composiciones llamadas "zéjel" formadas por un estribillo que cantaba un coro y diferentes estrofas interpretadas por un solista. La similitud entre ambas formas, a grandes rasgos, es evidente y no debe resultar extraña, pues es reflejo de la impronta que el mundo árabe ha dejado en nuestra cultura. No obstante, tal y como señala Tomás Navarro, el villancico y el zéjel se diferencian en algunos aspectos: "desde el punto de vista métrico, el villancico y el zéjel se diferenciaban por la forma de la mudanza, redondilla en el primero y terceto monorrimo en el segundo; además, el tema o estribillo, que en el villancico constaba generalmente de tres o cuatro versos, en el zéjel se limitaba de ordinario a dos, y los versos de enlace entre la mudanza y la vuelta, de uso corriente en el villancico, no figuraban con regularidad ni frecuencia en la composición del zéjel".
En otro orden de cosas, resulta sorprendente el origen de algunos de los villancicos que en la actualidad persisten. Así, Los peces en el río es uno de los más conocidos en España y en América Latina y en su musicalidad se pueden entrever sonidos árabes. El famosísimo Adeste fideles, fue compuesto en el siglo XVII por Juan IV de Portugal, conocido como "Rey Músico" por el amor que profesaba a este arte. Entre sus logros, destaca la fundación de una escuela de música en Vila Viçosa y la lucha que mantuvo contra el Vaticano para lograr que la música instrumental pudiera sonar en los recintos eclesiásticos. Verdaderamente curioso es el origen de la famosa expresión "armar la marimorena", que casi seguro hemos entonado todos en alguna ocasión. Los hechos se remontan al siglo XVI, cuando en Madrid existía una taberna regentada por Alonso de Zayas y María Morena. Los dueños del local reservaban el mejor vino para los clientes selectos. Un día, un grupo de personas solicitó probar dicho licor a lo que el matrimonio se negó en rotundo. Este suceso desencadenó una nada desdeñable pelea que terminó con la intervención de las autoridades. Desde ese momento, armar la marimorena se asocia con liar alboroto y ruido, y... ¿qué hacemos sino cuando entonamos este villancico al compás de la zambomba y de las panderetas? Menos accidentado es el origen de Noche de paz. Este villancico fue intrepretado la Nochebuena de 1818 en la iglesia de San Nicolás de Oberndorf (Austria) y se ha convertido en el más conocido. No en vano, ha sido traducido a más de 300 idiomas. La citada iglesia se derribó en el siglo XX y en la nueva construcción se le dio el nombre "Noche de Paz" a una de sus capillas, en honor de una composición que fue capaz de unir la voz de dos bandos irreconciliables -alemanes e ingleses- en la tregua que en 1914 firmaron para celebrar la Navidad.
En América Latina, la tradición de los villancicos se remonta al siglo XVII. Además de los citados y de otros muchos conocidos en España, existen títulos propios tan curiosos como Mi burrito sabanero en Venezuela (versionado recientemente por el colombiano Juanes), Tutaina tuturumaina en Colombia o Caminando por Tegucigalpa en Honduras. En todos ellos se percibe la huella latina pues son muy rítmicos llegando, en algunos casos, a recordar a la melodía de la salsa.
En la actualidad, son muchos los recopilatorios de villancicos que se sacan al mercado por estas fechas. Unos, cantados por coros de niños con voces angelicales; otros, por artistas de renombre como Raphael o por coros rocieros. En cualquier caso -y dejando al margen el tema del consumismo- considero que es bueno que los más pequeños de la casa conozcan estas composiciones tan nuestras así como que los mayores no las olvidemos y como formas populares que son, sigamos haciendo uso de ellas en las reuniones familiares tan típicas de estos días. Pues, ¿hay estampa más navideña que la de una familia reunida en Nochebuena entonando Ay, del chiquirritín o El tamborilero al son de las panderetas, las zambombas, las palmas y las botellas de anís? Evitemos, pues, que estas composiciones caigan en el olvido y busquemos en nuestro interior a ese niño chico que todos tenemos y que alberga el verdadero espíritu navideño.
¡Feliz Navidad! Ojalá todos tengamos un buen aguinaldo en estas fiestas y, cual Rómulo, recibamos nuestras particulares ramas cortadas de un árbol del bosque de la diosa Strenia que nos deparen suerte en este nuevo año.
La fuente de la que está extraída la cita en la que se explica la diferencia entre el villancico y el zéjel es Navarro Tomás, Métrica española, Labor, 1995, p. 154.

jueves, 3 de diciembre de 2009

23. El baile de la Victoria

Ya ha llegado a la gran pantalla la película El baile de la Victoria, basada en la novela homónima de Antonio Skármeta. El argumento del libro se sitúa tras la dictadura de Pinochet, cuando se concede una amnistía en Chile de la que se benefician el famosísimo ladrón de cajas fuertes Vergara Grey y el joven Ángel Santiago. Este último había sufrido las vejaciones sexuales de Santoro, el alcaide de la prisión, "un acto de amor" le dice en la última tensa entrevista que mantienen ambos el día en que Ángel queda en libertad. Santoro, que intuye que Ángel le buscará para vengarse, juega sus cartas y ofrece a otro preso, el asesino Marín, condenado a cadena perpetua, una semana de vacaciones a cambio de matar a Ángel. El destino querrá que Vergara Grey y Ángel Santiago crucen sus caminos fuera de la cárcel. Al primero se le derrumbará su mundo al comprobar que su mujer y su hijo le repudian; Ángel Santiago encontrará el amor en Victoria, una estudiante que ha sido expulsada del liceo (como llaman en Chile al instituto) por su bajo rendimiento académico, y que aprende ballet en una modesta academia. Allí prepara una coreografía basada en Los sonetos de la muerte, de Gabriela Mistral, que quiere ser el homenaje a su padre, asesinado durante la dictadura. Desengañado Vergara por su suerte; entusiasmado Ángel por darle un futuro a Victoria; el plan trazado por el enano Lira en la cárcel. Todo confluye para que Vergara Grey y Ángel den el gran golpe: robar el dinero de Canteros, antiguo general de Pinochet.

La gran dificultad para llevar al cine este libro era, fundamentalmente, conseguir respetar la magnífica caracterización que Skármeta hace de sus personajes. Éstos adquiren voz propia y personalísima. Skármeta consigue desaparecer como narrador y deja que sus protagonistas cobren identidad autónoma. Skármeta evita las injerencias de ese narrador molesto que pone en boca de sus criaturas las frases que el mismo narrador quiere que digan. Procedimiento no exento de dificultades que prueba la enorme calidad del escritor chileno. Pero el temor a que se vulnerase ese espíritu en la película se convirtió en esperanza al comprobar que, entre la nómina de actores, figuraba Ricardo Darín (Vergara Grey). De Abel Ayala (Ángel Santiago) conocía menos su trayectoria profesional pero le escuché hablar para la televisión sobre su personaje y su declaración me reforzó en la idea de que el actor se había empapado de Ángel Santiago y de que cumpliría con creces. Dijo: "Una persona como Angel Santiago sólo puede vivir dentro de las películas, no se puede ser tan vitalista e ilusorio en la vida real". Creo que no se puede decir mejor. Efectivamente, Ricardo Darín encarna a la perfección la figura melancólica, escéptica e introvertida de Vergara Grey, así como su paulatino deshielo en su humanísima actitud hacia Ángel; por su parte, Abel Ayala borda su papel interpretando con sumo acierto la emocionante candidez e ingenuidad de Ángel Santiago.

Aunque Fernando Trueba se basa en el libro de Skármeta para su película, no sigue a la novela en multitud de pasajes, aunque estas modificaciones sobre el argumento original no merman en absoluto el alma de la historia. Por ejemplo, Victoria Ponce (Miranda Bodenhöfer) no es muda en la novela. Al contrario, algunos de los pasajes más amenos de la lectura son los diálogos entre Victoria y Ángel; sin embargo, en la película, Victoria ha perdido la voz a consecuencia del trauma que le produce el asesinato de sus padres por los secuaces de Pinochet (en la novela sólo muere el padre). Así, Ángel asume el protagonismo de esos diálogos, mientras que la mudez de Victoria permite centralizar su manera de comunicarse en la danza, el movimiento hecho verbo.

Uno de los capítulos más memorables de la novela es cuando Victoria se presenta en su instituto ante un tribunal de profesores para examinarse de los conocimientos necesarios que la alumna necesitaba superar para su reingreso en el centro. La prueba marcha muy bien y Victoria responde con seguridad a todas las preguntas del tribunal hasta que la profesora de Literatura le pregunta sobre las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique "momento en que Victoria Ponce se iluminó porque era ése su poema favorito de la historia mundial de la literatura, incluidos los de Neruda". Su exposición apasionada del poema choca con el empeño de la señorita Petzold de que enumere metáforas, aliteraciones, metonimias e hipérboles; de que determine si la actitud del hablante lírico es carmínica, apostrófica o enunciativa. Victoria, que no concibe que la literatura pueda someterse a tales bisturíes, no sabe responder. Cuando la señorita Petzold le pide que indique quién es el hablante lírico, Victoria responde que es el poeta: "Señora, es Jorge Manrique mismo quien habla de la muerte de su padre don Rodrigo [...] Lo siento, señora Petzold, pero yo llevo llorando la muerte de mi padre desde hace años y no me calma la angustia ninguna metáfora, ni ningún ritmo yámbico, ni ninguna metonimia. Cuando Jorge Manrique se entera de la muerte de su padre, abandona la corte y se encierra en un castillo, donde escribe el poema desde un profundo dolor." La señora Petzold le reprocha: "Mijita, todo eso está muy bien, ¡pero es pura copucha historiográfica! Yo le pido un análisis literario". Y acaba Victoria: "Perdone, profesora, pero yo no voy a hacer ninguna mierda de análisis del hablante lírico. El poema es demasiado hermoso para esa canallada". Desde luego, muda no es, no, nuestra Victoria.
Del mismo modo que en la novela, en la película, Victoria se examina ante un tribunal de profesores, pero para ingresar como bailarina en el Teatro Municipal. Allí, su lenguaje es el baile, pero los profesores vuelven, como la señorita Petzold, a quedarse en la superficie del arte: critican su vestuario y el desaliño de su físico; hasta su mudez es motivo de desprecio. Nadie ha pensado en observar la plasticidad de sus movimientos y la carga emotiva de éstos. El pasaje pasa, pues, de lo literario, lo cual conviene a la novela, a lo visual que es más propio del cine. El traslado del episodio de un género a otro plantea el imperativo de modificar el marco pero no la esencia. El pasaje es, también, un guiño al espectacularizado tribunal de los Óscar.

Otro motivo de la novela que no aparece en la película y cuya inclusión habría resultado satisfactoria, es el del secuestro del Teatro Municipal. En realidad, toda la trama para organizar el momento de gloria de Victoria es mucho más complicada. En ella colabora el cabo Zúñiga, miembro de la policía chilena, que se siente heredero institucional de los abusos, torturas, violaciones y desapariciones que sus antecesores habían cometido durante la dictadura. Depositario de ese cargo de conciencia, pese a no haber participado en esas atrocidades ("hace treinta años tú no habías nacido", le consuela su esposa Mabel) necesita resarcirse ayudando a Victoria, una de las víctimas de la represión. El simbolismo de este cabo Zúñiga es lo suficientemente significativo como para haber encontrado un hueco en la película.
Fantástico es también el contraste que ejerce la imagen de Ángel sobre su caballo en mitad de la urbanizada Santiago. Algo hay en esa imagen de reivindicación del ancestro indígena.
Intensas son las escenas del cine donde Ángel descubre a Victoria prostituyéndose y la posterior huida frenética de ésta para lavarse en una fuente helada. La novela describe esos instantes con verdadero vértigo.
Otras diferencias entre novela y película son menos importantes y no las voy a recoger aquí. Cada género responde a sus pautas artísticas y no soy partidario de aquellas posturas inflexibles que se escandalizan cuando una película no ha seguido punto por punto a la novela en la que se basa.

En definitiva, tras la primera sorpresa de la mudez de Victoria, la película capta perfectamente las sensaciones que el lector de Skármeta experimentó con la lectura de la obra y, salvo algún desacierto esporádico (como aquel, algo ñoño, en que Vergara Grey se encuentra con su esposa Teresa Capriatti (Ariadna Gil) y con voz en off, ambos deslizan sus pensamientos en diálogos silenciosos) la obra de Fernando Trueba está a la altura. El final que, por supuesto, no desvelaré aquí, es la coda grandiosa al baile. Final previsible y no por ello menos efectista. Final de silencios desgarradores que dicen más que la más detallada de las descripciones.
Un último apunte. Las librerías vuelven a llenar sus anaqueles estos días con la obra de Skármeta. La reflexión resultante tiene doble filo. Si el cine ayuda a recuperar obras preciosas como esta, alabado sea el cine. La otra cara de la reflexión es que mal vamos si para conocer a Skármeta necesitamos al cine. Yo pensaba que sólo necesitábamos a Skármeta.

sábado, 21 de noviembre de 2009

22. Valle Inclán y la imprenta

Una de las tareas más arduas de la investigación literaria es la de reconstruir el texto original de una obra. Es lo que se conoce con el nombre de edición crítica, que la RAE define como la establecida sobre la base, documentada, de todos los testimonios e indicios accesibles, con el propósito de reconstruir el texto original o más acorde con la voluntad del autor. El lector sabrá deducir más adelante por qué destaco en negrita esta última frase. Se desprende de tal definición que la empresa debe estar coordinada desde la multidisciplinariedad. Formarán parte de ese equipo, fundamentalmente, los filólogos, pero también, entre otros, los paleógrafos, los historiadores o los antropólogos, ramas auxiliares de un tronco mayor llamado ecdótica.
Tal reconstrucción es tanto más complicada cuanto más antigua es la obra que se trata de reparar. Así, los textos medievales, por ejemplo, han sido sometidos a numerosas deturpaciones fruto del descuido o la voluntariedad de los amanuenses que, unas veces por ignorancia y otras por una absoluta falta de pudor, modificaban a su antojo los textos que copiaban. En la literatura de carácter oral (valga el oxímoron etimológico) esas modificaciones son frecuentísimas. Es famosa la deformación de aquel romance donde Nerón contempla el incendio de Roma desde la roca Tarpeya que comienza: "Mira Nero de Tarpeya / a Roma como se ardía...", convertido luego en "Marinero de Tarpeya". Otro fenómeno muy común que propiciaba esas adulteraciones es el de la ultracorrección. Uno de los copistas de la Crónica de 1344, confunde el topónimo Viseo, ciudad portuguesa donde una parte de la tradición quiere colocar la penitencia y muerte del último rey godo, Don Rodrigo, con visco, pretérito perfecto simple, entonces en desuso, del verbo "vivir". Así, se dice que "fue hallado un sepulcro en visco"; pero como esta frase no tiene sentido, el copista posterior la arregla poniendo: "fué fallado un sepulcro en que visco", a raíz de la cual, se crea una variante donde se acepta que Rodrigo vivió sus últimos días de penitencia en su propio sepulcro y no en la cueva donde lo situaba la tradición.

Hay casos donde la crítica textual no tiene razón de ser. Por ejemplo, en la literatura de carácter oral. Tratar de reconstruir la primera versión de un romance popular o de un cantar de gesta no culto es desvirtuar la esencia misma del género, cuyo espíritu reside precisamente en esa vida en variantes que perpetúa la obra. Y, aunque lo que voy a afirmar roza el anatema, hay veces en que, con dolor agudo en mi conciencia, he pensado que la maravillosa edición monumental de Menéndez Pidal sobre el Cantar de Mio Cid, con su incuestionable mérito, sólo sirve para fijar un texto, el que hoy disponemos, de una obra que, por su propia naturaleza, no puede someterse a tal fijación. En ese mismo sentido pienso también en la reconstrucción del Cantar del cerco de Zamora que tan magistralmente realiza Carola Reig a partir de los indicios métricos de las crónicas.

Otras veces, y quiero ir acercándome ya al objetivo de este artículo, son los mismos autores de los textos los que complican la labor de la crítica textual. Un caso paradigmático puede ser el de Juan Ramón Jiménez. La continua depuración de su poesía para la consecución de lo que él llamó "poesía pura", llegó a ser obsesiva. Él mismo modificaba sus textos y sólo con la publicación de su poemario Leyenda, se ha conseguido mostrar la poesía completa del de Moguer tal y como él deseó que se publicara. Sin embargo, queda la duda metodológica de decidir si las variantes anteriores a las correcciones que el autor hace de su propia poesía deben ser tenidas en cuenta o no, más allá de la voluntad final del poeta.

Y el caso que nos ocupa ahora, que ya parece que estoy desmintiendo el título de este artículo; el caso de Valle Inclán. Si Juan Ramón Jiménez "aseó" su obra para elevarla a la desnudez de la poesía pura, el controvertido escritor gallego de la Generación del 98 hace lo propio pero con un fin estrictamente tipográfico, es decir, Valle modificó sus propios textos sólo para hacer que éstos se ajustasen a unos principios estéticos de carácter editorial, preocupados por el diseño. Veamos varios ejemplos.

Un texto con diálogos vulnera el aspecto compacto de lo que hoy llamaríamos "texto justificado", ya que el margen de la derecha quedaría desigual. Pues bien, Valle Inclán, elimina el diálogo y coloca toda la conversación en estilo indirecto. De este modo, completa los huecos de la derecha y compacta por ambos márgenes el texo.
Más ejemplos. Valle siempre colocaba al final de los capítulos de sus obras un grabado de cierre, que consistía generalmente en unas pequeñas flores estilizadas. Pero puede ocurrir que en la reimpresión de la obra, se haya cambiado el tipo y tamaño de letra o el tamaño de la caja y que, por tanto, no quepa el grabado de cierre. Solución: ampliar el texto para que ocupe una página más y colocar entonces el grabado, ahora sí, con espacio suficiente. Valle Inclán complicará más adelante estas problemáticas: se empeñará en que el grabado de cierre tenga la misma longitud de izquierda a derecha que la última línea de texto; de modo que si la última línea de texto se queda corta y no coincide en longitud con el grabado de cierre, Valle alarga la línea incorporando palabras que se avengan con la coherencia del texto pero que, al mismo tiempo cumpla la función estética que hemos mencionado.
Otra obsesión de Valle Inclán fue la de no dejar blancos en las planas. Modifica los textos originales para evitar líneas cortas y, si no hay más remedio, las rellena con adornos, ya sean las sangrías o los márgenes derechos; se consigue así lo que se llama un página mazorral.
Los comienzos de los capítulos solían empezar con letras capitulares, mayores que las del resto del texto. El primer problema que tiene Valle, editor de sus propias obras, es que hay letras capitulares que no posee por no haberlas fundido nunca, como es el caso de la "Y", la "I", la "J" o la "V". La solución es cambiar el inicio de los textos originales por palabras que no empezaran por las letras enumeradas más arriba. Podría haber fundido las letras que le faltaban pero quiso optimizar los gastos de la edición. Valle quiso, además, que no se repitieran con demasiada frecuencia las letras capitulares de los diferentes capítulos, de modo que cambió también algunos inicios para no hacerse estéticamente repetitivo. Otras veces, la línea inmediatamente inferior a la letra capitular era más corta que aquélla. Nuevos cambios subsanaban la dificultad.

Ejemplos como estos y otros muchos se suceden en todas las obras de Valle Inclán. Él mismo llegó a declarar que lo que modifico no tiene interés para los lectores. Y no es cosa mía... Depende de los tipógrafos. Cuando corrijo las galeradas me suelen advertir: faltan unas líneas, o que es línea corta o larga, o que sobran... y yo, por complacerles, hago las correcciones necesarias para que tipográficamente resulten bien los capítulos y finales. Y es verdad. Los cambios poco alteran el sentido último de las frases y al lector tanto le da. Pero pienso ahora en el escritor encorsetado por la tiranía tipográfica. Las modificaciones, por mínimas que estas fueran, ¿no harían mella en algún reducto escondido de la primigenia convicción creativa del autor? ¿Acaso un periodista a quien le limitan el número de caracteres en una de las páginas del periódico donde trabaja no reconoce, en su fuero interno, que "como estaba antes, estaba mejor. Qué lástima..." ? ¿Acaso el matiz de una palabra de más o de menos en un texto no produce en el creador una sensación de pequeña insatisfacción? Quien lo probó lo sabe, que diría Lope.
[La fotografía, así como parte de la información que he recogido aquí sobre la relación de Valle Inclán y la imprenta están extraídas del cuaderno informativo editado por la CAM, Valle Inclán y la imprenta. La estética editorial de la Generación del 98, publicación que responde a la organización por parte de la Casa Museo Azorín en Monóvar de una exposición sobre el tema y que concluyó el pasado 15 de noviembre]

miércoles, 11 de noviembre de 2009

21. Silencio, ha muerto Francisco Ayala

Ha muerto Francisco Ayala. Y esta frase, que enlutó la crónica cultural de ese triste 3 de noviembre, pronunciada con el paso de los días, se despoja ya de la urgencia que los medios de comunicación, instituciones y personalidades apremiadas por la imperiosa avidez informativa de un micrófono, imprimen al suceso. Se libera del redactor del periódico que jamás ha leído a Ayala y que se apresura profesionalmente a documentarse para enumerar los datos de su biografía y a cerrar el acta de defunción, eso sí, respetando la dictadura tipográfica, que la plana no da para más caracteres. Se zafa de los ripios laudatorios con pretensiones de originalidad, como aquel de José Luis Rodríguez Zapatero que agradecía los 103 años de sabiduría de nuestro escritor. Ayala que, en su constante humildad, siempre confesó estar cansado de escuchar su nombre por todos lados, le habría reprochado al presidente del Gobierno la afirmación de tan hiperbólico magisterio, hiperbólico al menos en lo cronológico, que no en la deuda que contraemos con el escritor granadino los que aquí quedamos. Y, sin embargo, yo no sé qué pudiera añadir en mi homenaje a lo que ya se ha ido diciendo estos días. Me queda el consuelo, en cambio, de escribir con reposo sobre Francisco Ayala pensando en Francisco Ayala, en el escritor, en el hombre y no en el obituario de rigor.

Porque la literatura reclama silencio, sosiego. El mismo que encontraba el Ayala bachiller en sus lecturas en soledad al amparo brujo de una Alhambra desértica en un momento en que, como dice Pablo García Baena, todavía estábamos libres del "siniestro carnaval turístico"; o más adelante, en sus años en Madrid, en la poco concurrida Biblioteca Nacional, filón inestimable para quien no podía permitirse la adquisición de libros. La misma cualidad del silencio que convirtió a Ayala en el observador paciente de los acontecimientos más relevantes del siglo XX, y que forjó su personalidad desde bien pronto. Así, asistió a los debates familiares derivados de la I Guerra Mundial de cuyo escenario España se mantuvo al margen, lo que no fue óbice para que los españoles tomaran partido por germanófilos o francófilos. Trasunto literario de este tema se encuentra en el relato "El tajo", incluido en La cabeza del cordero donde Pedrito se sentía también germanófilo y [...], a escondidas, por la calle y aun en el colegio mismo, ostentaba, prendido al pecho, ese preciado botón con los colores de la bandera alemana que tenía buen cuidado de guardarse en un bolsillo cada vez que de nuevo, el montón de libros bajo el brazo, entraba por las puertas de la casa. Sí; él era germanófilo furibundo, como la mayoría de los otros chicos, y en la mesa seguía con pasión los debates entre padre y abuelo, aplaudiendo en su fuero interno la dialéctica burlona de éste y lamentando la obcecación de aquél, a quien hubiera deseado ver convencido. Campo de cultivo ideológico que en España palpitaba latente para la ulterior desgracia patria y, de cuya expresión el joven Ayala no participó, atento siempre a la posición liberal de la familia de su madre. Y, entre el estruendo de las bombas que arrasaban Europa, las silenciosas y plácidas caricias de las yemas de los dedos sobre el papel de sus lecturas juveniles, auspiciadas por el entusiasta Braulio Tamayo, el profesor de Literatura de su instituto, que ya nunca olvidaría.

Luego vino el tiempo de Madrid (1922) adonde su familia se había trasladado un año antes. El aspecto urbanístico de la capital, tras apearse en Atocha, le produjo una gran decepción, con sus calles sórdidas y la triste homogeneidad de sus edificios. Allí escribe para la Gaceta literaria y luego para La Época, gracias a la ayuda del también granadino Melchor Fernández Almagro, reconocido crítico literario y periodista. Al mismo tiempo, ejerce de ayudante de la cátedra de Derecho Político y comienza a relacionarse con las figuras más importantes del panorama literario: Fernando de los Ríos forma parte de su tribunal de oposición y cuenta Ayala que fue aplaudido por aquél cuando, en la defensa de su tema, abandona los formalismos lingüísticos propios del examen; Ramón Gómez de la Serna, de quien Ayala se reconoce admirador del genio literario pero detractor de la persona, tras asistir, en su primera visita a la tertulia de Pombo, a la chanza que suscitaba un mendigo tullido al que llamaban Pirandello y a quien los tertulianos, con Gómez de la Serna a la cabeza, ofrecían unas monedas a cambio de reírse de las gracias de aquel. Francisco Ayala no volvió ya nunca a la tertulia tras aquella escena; Federico García Lorca, de cuyo primer recuerdo guarda Ayala la imagen del poeta sentado al piano de la pensión de la Calle Libertad (qué bonita paradoja), tocando "Los cuatro muleros"; Ortega y Gasset, a cuyo magisterio Ayala nunca se sometió y a quien desmitifica rechazando el dogma de fe que otros atribuyeron a su palabra; Jiménez Caballero, cuyo tipo humano le sorprendió por su vigor desmedido; o Luis Buñuel, con quien llegó a coincidir y que demuestra la olvidada relación de Ayala con el cine, a quien se le debe el primer libro sobre el séptimo arte en España (Indagación del cinema). Durante estos primeros años, Ayala juguetea, con las vanguardias pero pronto las abandona cuando intuye que ese juego poco puede aportar a la realidad que se avecina y que confirma tras su estancia en Berlín.

Efectivamente, al conseguir la Beca de la Junta para Ampliación de Estudios, Ayala se traslada a Berlín (1929-1934), lo que le permite observar el auge del nazismo y el fin de la República de Weimar. En su obra Erika ante el invierno, todavía impregnada de vanguardismo, ya se vislumbra un trasfondo social, que percibiera con acierto el hispanista alemán Walter Pabst como "reflejo del dolor desesperado que afligía por entonces el corazón de Europa". A propósito de esa crítica dice Ayala en el proemio de La cabeza del cordero: "Yo, en verdad, no me había propuesto reflejar eso, ni reflejar nada, sino acaso seguir tanteando en la dirección estética elegida; pero al considerarlo después, compruebo su razón y que, en efecto, mi permanencia en Berlín por los años 29 y 30 [...] infundió en mi ánimo la intuición [...] de las realidades tremendas que se incubaban, ante cuya perspectiva ¿qué sentido podía tener aquel jugueteo literario, estetizante y gratuito a que estábamos entregados? Poco después...". El invierno es la metáfora de la guerra en ciernes: Sólo un pequeño y tierno amor podría suavizar el invierno. Pero en el invierno todas las puertas están cerradas, todas las caras son hoscas; y si por acaso, durante un trayecto en el autobús, se han deshelado unos ojos y una boca se ha abierto para declarar: me llamo Hermann, todo esto no dura más que un momento... Ahora hay que vivir un mundo de penumbra, de oquedades, de interiores.

La II República española, tan pronto vino, se fue. Ayala conoció a Manuel Azaña en un café de Madrid y encarece de él el respeto con que su entorno lo percibía, aunque le reprocha la inflexibilidad de su dogma liberal. Por ese tiempo, el padre de Ayala es designado administrador de las Huelgas Reales de Burgos, cargo que no le servirá para evitar su detención cuando estalla la guerra civil. La contienda coge a Ayala en Argentina. Regresa a España para ponerse al servicio de la República y se aloja en Valencia, donde el gobierno republicano había instalado su sede. Poco más tarde, el padre de Ayala y también su hermano Rafael son fusilados por los sublevados. De nada sirven las gestiones de Vicente Ayala para que intercediera en el asunto el arzobispo de Burgos. Ayala evita siempre hablar de ese capítulo atroz en su vida porque "para algunas personas es un consuelo proclamar las desgracias que ha tenido en su familia pero yo prefiero callarme". Hablan, sin embargo, sus obras. En el estremecedor relato "Diálogo de los muertos", recogido en Los usurpadores dice, más bien grita, Ayala: No había nada por ninguna parte. Nada, sino silencio; un silencio húmedo que rezumaba, calaba hasta lo más hondo; un silencio que era la ausencia y el vacío de la atronadora refriega, ya pasada. No había nada, nada sobre la tierra... Bajo ella, muertos infinitos yacían en confusión, ahora casi tierra ya también ellos, y todavía lastimada humanidad, sin embargo; muertos preñados con el plomo de su muerte, muertos retorcidos en el horror de su martirio; muertos consumidos en la perfección absoluta de su hambre; muertos. Sepultados de cualquier modo, entre las raíces de los vegetales —entregados a esas garras ávidas, insaciables, vivificadas por la lluvia que había escurrido tan largamente por entre piedras y huesos. Y más adelante, refiriéndose a los verdugos: Creen vivir quizá, porque están de pie. Pero tienen corrompidas las raíces del ser.
Los que perpetraron la traición, cegados por la soberbia y poseídos por la furia del mando, están protegidos contra la pesadumbre de todo cargo de conciencia por la liviandad de sus cerebros que les consiente aceptar sin examen los endebles idearios (sarcasmo, a la dura luz de hoy) con que apresuradamente quisieron vestir y dar hechura a su fechoría. En cuanto a sus partidarios, el séquito lamentable de los cobardes, pobres de espíritu, crueles por miedo, por resentimiento, hasta por ramplonería, éstos, saciado con el terror su terror, se sentirán aliviados...
Francisco Ayala se exilia en Argentina, pasando antes por la Habana y brevemente por Chile, país de origen de su primera mujer, Etelvina Silva, que había conocido en Berlín. En Buenos Aires encuentra una de sus etapas más fructíferas literariamente: colabora con La Nación y con las revistas Realidad y Sur, esta última vendida clandestinamente en las librerías españolas. Además, traduce numerosos libros. Tiene contactos literarios con Aranguren y con Jorge Luis Borges. De éste último declara Ayala que fue una de las personas con quien mejor conectó en toda su vida. El peronismo le aleja de Argentina y da con él en Puerto Rico donde coincide con Pau Casals, Juan Ramón Jiménez o Pedro Salinas, de cuyo entierro se entera casi de casualidad. Sigue su estancia en Estados Unidos (Nueva York, Princeton, Chicago...) donde ejerce como profesor de diferentes universidades.

Su vuelta a España, tras unos primeros tanteos en los años 60, se produce tras la muerte del dictador. Porque, como le ocurría a uno de los personajes de su relato "El regreso" (La cabeza del cordero), quizás otros campos menos tiernos, otros mares menos oscuros y secretos, otros cielos menos suaves, otros aires menos frescos, finos y fragantes, críen corazones descastados. Pero de mí sé decir que, después de tantos años suspirando por mi tierra y abominando de la que pisaba, me resolví, al fin, en un rapto, a regresar. Fue un regreso discreto y jamás hizo exhibición de su exilio.

Lo mejor de su obra literaria está en sus relatos, próximos a la novela corta, recogidos en las ya mencionadas Los usurpadores, La cabeza del cordero o El jardín de las delicias. Su prosa es elegante a la par que enérgica, irónica unas veces, contundente y sin medias tintas otras; inteligente sin ser fría; lírica, sin ser ñoña ni victimista. Sus ensayos son de una lucidez y amenidad acorde con su capacidad para describir las cosas más profundas con las palabras más entendedoras

Francisco Ayala es el silencio. El de su Alhambra en las largas tardes de estío; el de la vacía Biblioteca Nacional; el de su contemplación del mundo para mejor entenderlo en medio del ruido de tres guerras; el silencio censor en su ausencia de la tertulia de Pombo porque no soporta las vejaciones infringidas al mendigo Pirandello; el del cine mudo que tanto admiró; el silencio acongojado del recuerdo de un paredón donde asesinaron a su padre y a su hermano para desaparecer en el silencio de una zanja anónima; el silencio combativo de su exilio en revistas ocultas en las trastiendas de las librerías; el silencio de su vuelta a España; el de su insuperable timidez; y el silencio de su muerte. Acallemos, pues, el rumor de las voces en medio de los fastos funerarios y rindámosle homenaje leyendo sus obras. En silencio.

domingo, 1 de noviembre de 2009

20. La marquesa de O

El pasado 30 de octubre de 2009, el telón del Teatro Principal de Alicante volvió a levantarse con motivo del estreno nacional de La marquesa de O, obra dirigida por Magüi Mira, actriz, directora y productora valenciana conocida por haber protagonizado, entre otras, La hija del aire, El taxidermista, Fedra, Fiesta barroca y Cartas de amor a Stalin. En 1976, esta historia fue llevada al cine por Éric Rohmer y recibió el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes.

El drama nos traslada a una importante ciudad del norte de Italia en el momento en que ésta está siendo asediada por las tropas rusas. El padre de la marquesa Julieta es coronel y sufre un ataque directo en su mansión en el que ella cae en manos de un grupo de bárbaros que intentan propasarse con la joven. Su salvación viene de la mano de un conde ruso, del que ella se enamora. A raíz de dicho suceso, Julieta descubre que está en estado de buena esperanza, pero defiende a viva voz que ha permanecido pura y casta desde que falleciera su esposo hace un año. Se plantea, por tanto, un enigma. ¿Realmente está embarazada, de quién, cómo ha engendrado dicho fruto si no ha conocido varón?

Evidentemente, la historia no es una reformulación del famoso episodio bíblico puesto que la marquesa fue violada por el conde ruso cuando éste la rescató de sus perseguidores aprovechando un vahído de la joven. El conde, profundamente enamorado de Julieta y arrepentido por su indigna acción, solicita la mano de la joven pero la respuesta se dilata en el tiempo más de lo esperado. Cuando éste regresa tras solucionar unos asuntos en Nápoles, descubre que su enamorada ha anunciado en el periódico que sin su conocimiento se halla encinta y que solicita que el padre de la criatura se persone en su casa el día 3 a las 12 del mediodía para acordar el matrimonio. Ante tamaño escándalo público, los padres de la marquesa reniegan de ella y la obligan a vivir encerrada en sus aposentos, pues no pueden aceptar que su hija haya osado mancillar la honra de su familia y que se niegue a revelar quién es el padre. Finalmente, el coronel y su esposa creen a la joven y aceptan al futuro retoño que crece en sus entrañas, mas Julieta está decidida a casarse para que su hijo tenga una verdadera familia. Lo que nunca imaginaría la marquesa es que el hombre que acudiría a la cita del día 3 es el conde del que estaba enamorada. Decepcionada, se celebra el enlace pero su esposo es obligado a renunciar a sus derechos como cónyuge.

El elenco de actores está formado por Amaia Salamanca, Josep Linuesa, Juan José Otegui y Tina Sáinz. En líneas generales, todos hacen una buena interpretación de sus personajes. Así, Salamanca lejos de decepcionar demuestra que tiene aptitudes para las tablas y que es capaz de conjugar en sus registros dramáticos la candidez de una joven enamorada con la rotundidad con la que defiende su inocencia y su decisión de encontrar al padre de su hijo; Linuesa encarna perfectamente al prototipo de enamorado romántico invadido por un amor irrefrenable; Sáinz, genial, como siempre y Otegui que combina perfectamente la seriedad propia de un coronel y el dolor de un padre defraudado con toques de humor. El veterano actor (Oviedo, 1936) ha declarado que abandona los escenarios. Se retira con su "vocación intacta" pero decidido a disfrutar de su familia a sus 73 años. Sin duda, ésta es una única oportunidad para disfrutar del buen hacer de este premiado actor que ha trabajado con directores de renombre como Marsillach, José Luis Alonso, Pedro Almodóvar, Fernando Fernán Gómez, Miguel Narros y Vicente Aranda, entre otros.

Por otra parte, la fuente originaria de este drama es el homónimo cuento romántico escrito en 1804 por Heinrich von Kleist (1777-1811), una de las máximas figuras del Romanticismo alemán. Durante su vida no conoció el éxito de sus obras. Habría que esperar al siglo XX para que éstas adquirieran la consideración de clásicas. El escritor tuvo una agitada vida (participación en el ejército prusiano en 1792, encarcelamiento por ser considerado un espía por los franceses, director de periódicos de vida efímera por sus tintes antifranceses...) que culminó con su suicidio. Una andadura vital, por tanto, que cumple los cánones románticos por excelencia y que tendría como broche final dos disparos que acabaron con su vida y con la de su gravemente enferma compañera, Adolfine Vogel, y un verso como epitafio de su tumba: "Ahora, ¡oh, inmortalidad!, eres toda mía".
En definitiva, La marquesa de O pone en escena la valentía de una mujer capaz de luchar contra los convencionalismos propios de su época, sin miedo al qué dirán y con la conciencia tranquila al defender su inocencia en una sociedad conservadora y amiga de las falsas apariencias; rasgos de los que son paradigma sus propios padres - personajes que bien pudieran haber sido trazados por la pluma, siempre preocupada por el honor y la honra, de Lope o Calderón -. Ahora bien, por encima de todo acabará triunfando el amor, fuerza regeneradora y totalizadora que hará posible el típico final de los personajes de cuentos: " vivieron felices y comieron perdices".