sábado, 31 de octubre de 2026

737. Antonomasia

 


No hay año en que no tenga que reconvenir a mis alumnos de Literatura por el exceso de familiaridad que se toman con los escritores que analizan en los exámenes. La falta consistente en llamar a aquellos por su nombre de pila, con aquella campechanía tan poco académica, irrespetuosa y casi herética: «Gustavo Adolfo habla en sus Rimas…»; «en este fragmento de Fortunata y Jacinta, Benito denuncia…»; Mariano José adopta en sus artículos el apodo de Fígaro…». Yo entonces redondeo con el rotulador rojo aquellos nombres así expoliados de sus apellidos y trazo una raya hasta el margen del folio donde anoto, zumbón: «¿Qué son esas confianzas? Menos compadreo, que Galdós no es tu colega» y penalizo al incauto irreverente con algunas décimas de expresión. Hay en aquel trato espontáneo y llano del alumno con el escritor una especie de sacrilegio que tiene algo que ver también con la jerarquía. Este pimpollo barbilampiño que no ha leído en su vida –ni quizás lea nunca– una novela de Clarín, osa codearse con el escritor zamorano llamándolo Leopoldo. Sí, hombre, hasta ahí podríamos llegar. Ni los profesores de Literatura, que somos parientes lejanos de todos los novelistas, poetas, dramaturgos y ensayistas de todos los tiempos, nos atrevemos a tanto. Y bien podríamos permitírnoslo. A la postre, conocemos sus vidas, sus sueños y anhelos, sus miserias y desgracias, y al recitar un poema o algún fragmento de una novela, hacemos de ventrílocuos de los muertos, de targumanes de la ultratumba, y los traemos de vuelta y viven de nuevo en nuestra voz emocionada. Nadie ama tanto a los escritores como los profesores de Literatura. Es verdad, no obstante, que con algunos autores la tradición permite, sin extrañeza, llamarlos por sus nombres de pila. Ahí están Garcilaso, Fray Luis, Federico o Juan Ramón, por ejemplo, que conforman una rara antonomasia antroponímica según la cual Federico no puede ser Federico Muelas y, ni mucho menos, Federico Moccia (anatema). Federico es Federico, es decir, Lorca. Estoy seguro de que la mayor gloria literaria a la que puede aspirar un escritor es aquella en la que el mundo lo llame por su nombre de pila y el profesor que corrige el examen de turno no tenga que señalar en rojo tamaño atrevimiento. A mí, desde luego, no se me ocurriría jamás amonestar a un alumno por llamar Federico a Federico. Porque Federico es tan suyo como mío (bueno, un poquito más mío). Porque Federico, así, sin necesidad de más, es patrimonio de la humanidad.

Ahora que se cumplen 100 años de los Orígenes del español, hito fundamental en el esclarecimiento de la alcurnia de nuestro idioma, yo también me acuerdo de otro autor antonomástico, Ramón Menéndez Pidal, a quien filólogos de todas las generaciones llamamos don Ramón. Me emociona recordarlo de viaje de novios con María Goyri, recogiendo romances en El Burgo de Osma; o feliz, admirando un azor, junto a Charlton Heston, durante el rodaje de la película de Anthony Mann, inspirada en el Cid, aunque luego no le hicieran mucho caso con su asesoramiento histórico; me gusta mirar esa fotografía que tengo colgada en mi despacho, donde Pidal –don Ramón– sentado sobre una roca, otea desde su atalaya el paisaje castellano y, con el sombrero entre las manos, pierde la vista en la lontananza y se confunde con las tierras que ha amado, aquellas por donde cabalgaron Rodrigo Díaz de Vivar y don Quijote, a los que entregó gran parte de su vida; o esa otra ante el escritorio de su casa del Olivar de Chamartín, afanándose sobre un manuscrito medieval, del que desentrañará todas sus claves para conocimiento del mundo. Y así, este genio antonomástico franquea las fronteras de la Historia, y al aduanero del tiempo le muestra su cédula de identidad, que dice solamente «don Ramón». Y el funcionario, claro, esboza una sonrisa franca y cordial, y le permite pasar.

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