No hay año en que no tenga
que reconvenir a mis alumnos de Literatura por el exceso de familiaridad que se
toman con los escritores que analizan en los exámenes. La falta consistente en
llamar a aquellos por su nombre de pila, con aquella campechanía tan poco
académica, irrespetuosa y casi herética: «Gustavo Adolfo habla en sus Rimas…»; «en este fragmento de Fortunata
y Jacinta, Benito denuncia…»; Mariano José adopta en sus artículos el apodo
de Fígaro…». Yo entonces redondeo con
el rotulador rojo aquellos nombres así expoliados de sus apellidos y trazo una
raya hasta el margen del folio donde anoto, zumbón: «¿Qué son esas confianzas?
Menos compadreo, que Galdós no es tu colega» y penalizo al incauto irreverente
con algunas décimas de expresión. Hay en aquel trato espontáneo y llano del
alumno con el escritor una especie de sacrilegio que tiene algo que ver también
con la jerarquía. Este pimpollo barbilampiño que no ha leído en su vida –ni
quizás lea nunca– una novela de Clarín, osa codearse con el escritor zamorano
llamándolo Leopoldo. Sí, hombre, hasta ahí podríamos llegar. Ni los profesores
de Literatura, que somos parientes lejanos de todos los novelistas, poetas,
dramaturgos y ensayistas de todos los tiempos, nos atrevemos a tanto. Y bien
podríamos permitírnoslo. A la postre, conocemos sus vidas, sus sueños y
anhelos, sus miserias y desgracias, y al recitar un poema o algún fragmento de
una novela, hacemos de ventrílocuos de los muertos, de targumanes de la
ultratumba, y los traemos de vuelta y viven de nuevo en nuestra voz emocionada.
Nadie ama tanto a los escritores como los profesores de Literatura. Es verdad,
no obstante, que con algunos autores la tradición permite, sin extrañeza,
llamarlos por sus nombres de pila. Ahí están Garcilaso, Fray Luis, Federico o
Juan Ramón, por ejemplo, que conforman una rara antonomasia antroponímica según
la cual Federico no puede ser Federico Muelas y, ni mucho menos, Federico
Moccia (anatema). Federico es Federico, es decir, Lorca. Estoy seguro de que la
mayor gloria literaria a la que puede aspirar un escritor es aquella en la que
el mundo lo llame por su nombre de pila y el profesor que corrige el examen de
turno no tenga que señalar en rojo tamaño atrevimiento. A mí, desde luego, no
se me ocurriría jamás amonestar a un alumno por llamar Federico a Federico.
Porque Federico es tan suyo como mío (bueno, un poquito más mío). Porque
Federico, así, sin necesidad de más, es patrimonio de la humanidad.
Ahora que se cumplen 100 años de los Orígenes del
español, hito fundamental en el esclarecimiento de la alcurnia de nuestro
idioma, yo también me acuerdo de otro autor antonomástico, Ramón Menéndez
Pidal, a quien filólogos de todas las generaciones llamamos don Ramón. Me
emociona recordarlo de viaje de novios con María Goyri, recogiendo romances en
El Burgo de Osma; o feliz, admirando un azor, junto a Charlton Heston, durante
el rodaje de la película de Anthony Mann, inspirada en el Cid, aunque luego no
le hicieran mucho caso con su asesoramiento histórico; me gusta mirar esa
fotografía que tengo colgada en mi despacho, donde Pidal –don Ramón– sentado
sobre una roca, otea desde su atalaya el paisaje castellano y, con el sombrero
entre las manos, pierde la vista en la lontananza y se confunde con las tierras
que ha amado, aquellas por donde cabalgaron Rodrigo Díaz de Vivar y don
Quijote, a los que entregó gran parte de su vida; o esa otra ante el escritorio
de su casa del Olivar de Chamartín, afanándose sobre un manuscrito medieval,
del que desentrañará todas sus claves para conocimiento del mundo. Y así, este
genio antonomástico franquea las fronteras de la Historia, y al aduanero del
tiempo le muestra su cédula de identidad, que dice solamente «don Ramón». Y el
funcionario, claro, esboza una sonrisa franca y cordial, y le permite pasar.

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