lunes, 9 de septiembre de 2013

221. Charnegos literarios


 
El diccionario de la RAE define “charnego” como el vocablo despectivo que designa al “inmigrante de una región española de habla no catalana”. Por su parte, el diccionario del Institut d’Estudis Catalans, también mantiene el cariz despreciativo del término como el “inmigrante castellanoparlante residente en Cataluña”. En ambos casos, se hace hincapié en el aspecto lingüístico. Sin embargo, esta palabra no siempre redujo su significado al tema idiomático sino más bien a los grupos sociales de inmigrantes sin otra característica más que su falta de adaptación o su comportamiento incívico. Algo antes, incluso, se aplicó el término a los hijos de una persona catalana y otra no catalana, especialmente francesa que, de hecho, es la primera acepción que recoge el diccionario catalán de marras. Según el gran etimologista Joan Coromines, la palabra procede de “lucharniego”, perro adiestrado para cazar de noche. Hay quien apunta a la falta de pedigrí de estos animales para explicar el uso de “charnego” aplicado a los catalanes que no son de pura cepa.

La figura del charnego en el ámbito literario no ha tenido mejor suerte que en los diccionarios. Terenci Moix, en su novela El día que murió Marilyn, pone en boca de uno de sus personajes, Amèlia, el siguiente comentario: “Antes de la guerra, Bruno, nuestra calle no era tan chabacana como ahora, con lo sucia que se ha vuelto, llena de xarnegos, mujeres de mala vida y tabernas de borrachos”. Y más adelante: “la purria subiría por el Distrito Quinto, mientras nosotros escapábamos hacia los barrios más elegantes, hacia una Barcelona residencial, recién construida, en la parte alta, donde los “xarnegos” tenían mucho dinero, estaban bien alimentados, no soltaban tacos y se les podía tratar. Pero, ¿quién iba a pensar que al dejar nosotros la calle la invadiría aquella gentuza grasienta, llena de piojos y sin pizca de modales?”

Por su parte, Juan Marsé, en Últimas tardes con Teresa, crea el inolvidable personaje de Manolo, el Pijoaparte, un rudo charnego murciano, medio analfabeto, que trata de medrar.

Soy admirador de Terenci Moix y de Juan Marsé. Del primero me deslumbró la maravillosa No digas que fue un sueño y de Marsé lo he leído prácticamente todo. Probablemente ambos trataron en sus novelas de reflejar una realidad social que, efectivamente existió. Y quiero pensar también que ninguno de los dos creyera que todos los inmigrantes del resto de España que acabaron en Cataluña fueran como los describe la tal Amèlia. Más bien al contrario, creo que ambos escritores pretendían censurar a una parte de la burguesía catalana que, como en el caso de Teresa, jugaba al marxismo, a la revolución y a la justicia social, eso sí, desde sus palacetes de Sant Gervasi. Pero sí me habría gustado que en sus novelas también hubiera aparecido la otra cara del inmigrante. La de aquellos que también levantaron Cataluña con esfuerzo, respeto, civismo y humildad; la de aquellos que se desvivieron por darles una formación y un futuro a sus hijos; la de estos hijos que ahora son ciudadanos catalanes (o eso creían) y que, por el daño de otros, han tenido que conformarse con una patria chica en las lindes de su barrio de periferia, ni catalanes ni andaluces ni extremeños, ni nada. Falta la novela que dignifique al charnego, empezando por la eliminación de este término denigrante y peyorativo, por mucho que se lo aplique a sí mismo Carod Rovira (de padre aragonés) para ganarle adeptos a su causa.  Y esta novela tiene que escribirla un catalán castellanoparlante, aunque a algunos les cueste aceptar que ambos conceptos son perfectamente compatibles. Y esta novela llegará. Y será himno.

 A mis padres, mi única patria.

domingo, 1 de septiembre de 2013

220. El guardián invisible



Si el lector busca una novela sin más pretensiones que la de entretenerse quizás El guardián invisible, de Dolores Redondo, pueda resultar una opción satisfactoria. Quien siga de manera más o menos regular mis reseñas literarias conocerá el desapego que siento hacia la literatura que reduce su razón de ser a lo meramente lúdico. Como artefacto artístico (valga la redundancia), a la novela hay que pedirle algo más. No volveré sobre ello porque creo haber dedicado algún artículo a tales reflexiones. Sin embargo, tampoco soy partidario de esa posición elitista que niega a la novela el oficio de hacer pasar al lector un rato distendido y más bien plano. Para filosofar ya están los ensayos y para las expansiones líricas ya está la poesía, aunque es deseable que la novela se sazone también con una pizca de lo uno y de lo otro.

Pero no perdamos el hilo de nuestra reseña. Decíamos que El guardián invisible es una novela entretenida. Pues sí, lo es, aunque para ello tenga que someterse a los clichés  del género policiaco más convencional, a saber: asesino en serie que mata a sus víctimas siguiendo un mismo ritual de corte pagano; inspectora de policía atormentada por su pasado; resolución del caso mediante algunos meandros argumentales que juegan al despiste; y catarsis existencial de la inspectora. Pese a esta caída en el tópico, la novela cuenta con algunos aciertos literarios. Entre ellos destaca la sutil frontera que la escritora establece entre lógica y fantasía. La hipótesis del basajaun (criatura de los bosques en la mitología vasca), como posible artífice de las matanzas, transita como una sombra por toda la novela pese al descreimiento del lector, que enseguida descarta esa posibilidad. Y, no obstante, esta presencia permanece latente todo el tiempo. En otros capítulos se producen también encuentros paranormales adornados de cierta vaguedad que nunca son resueltos por la razón y que se dejan así, en ese espacio incierto, como si la escritora deseara implícitamente conferirles legitimidad, la legitimidad de la tradición oral de Elizondo. En el haber de la novela también se halla la precisión con que se describe el lenguaje no verbal de los personajes, cuestión que suele descuidarse bastante en las novelas y que a mí me parece una interesantísima aportación a la construcción de los diálogos, que quedan así completados en todos sus matices. Es algo que también he observado, por ejemplo, en Lorenzo Silva.

Respecto a los aspectos mejorables de la novela, hay que mencionar que algunas conclusiones de la inspectora Salazar en el proceso de la investigación resultan gratuitas y rebatibles; también peca el libro de un excesivo didactismo, algo impostado, sobre todo cuando se explican algunos pormenores técnicos relacionados con autopsias o en la descripción histórica de Elizondo, más propia de una guía turística. La caracterización de los personajes es bastante plana. De casi todos, incluso de los secundarios, se dedican capítulos enteros a trazar pequeñas estampas sobre su personalidad, como si se pretendiera con ello colocar sobre el tapete a todos los posibles candidatos a asesinos para que así el lector pueda hacerse su propia composición de lugar. Visto luego el transcurso argumental, esta muestra de naipes resulta ineficaz. Otros personajes resultan algo maniqueos, lo que amenaza peligrosamente con evidenciar con demasiada anticipación al posible asesino, aunque luego la escritora soluciona este handicap con un habilidoso arreglo.  El personaje más trabajado es la propia inspectora Salazar pero su amarga historia familiar resulta por momentos un melodrama de mala telenovela, sonrojante en algunos diálogos.

Los derechos del libro han sido comprados por los productores de Milenium para una próxima adaptación cinematográfica. Cine comercial para un libro comercial. Comercial para lo bueno y comercial también para lo malo.

martes, 20 de agosto de 2013

219. Campanas de Notre-Dame



Tañen con vehemencia inusitada las campanas de Notre-Dame. En el número 17 del Quai d’Anjou, en el Hôtel de Lauzum, frente al Sena, Charles Baudelaire levanta su cabeza de las cuartillas donde escribe y permanece unos segundos atento al frenesí metálico de las campanas, que tienen algo de agónica desesperación. Luego vuelve sobre su escritorio y continúa abonando con el estiércol de la vida sus Flores del mal.

En ese mismo instante, Julio Cortázar se cita con la Maga en el Pont des Arts con las campanas certificando la hora convenida; en al aire, las notas vibrantes juegan haciéndose camino en una rayuela imposible.

Es la hora del té y Marcel Proust apura su magdalena en su casa, frente a La Madeleine, que busca también, entre sus columnas corintias, un tiempo perdido. Otros prefieren los cafés: Camus se siente menos extranjero contemplando, desde el Café de la Mairie, la iglesia de St. Sulpice, mientras los surtidores de la fuente dicen su eterna canción con su lenguaje universal. Sobre los cuatro obispos de piedra de la fuente se posan las palomas. Hemingway anota la imagen en su cuaderno. Luego las palomas echan a volar impelidas por el sonido incesante de las campanas. Cuando Jean Paul Sartre las oye desde su mesa del Café de Flore, en St. Germain, se disculpa azorado ante su compañera de tertulia, Simone de Beauvoir, y se marcha rápidamente hacia La Sorbona para impartir sus clases. Antonio Machado ya ha ocupado su asiento en el aula y espera con devoción al maestro Bergson. Entre tanto, su esposa Leonor le aguarda en el hotel. Pronto descubrirá la versión menos teórica de eso que llaman existencialismo y revelará sus arcanos. Al asomarse a la ventana y escuchar las campanas angustiadas de Notre-Dame, siente un vértigo inexplicable.

Las campanas no se oyen en el interior de la Ópera de París. La ovación atronadora de los aplausos lo impide. Sobre el escenario, la pequeña bailarina de Reus, Roseta Mauri, ataviada con su sombrero cordobés, saluda reverencialmente al público tras la representación de El Cid, de Corneille. Nadie, excepto Gaston Leroux, repara en la sombra que se desliza por el palco y que fija su mirada sobre Christine.

Emilia Pardo Bazán pasea ufana por el Campo de Marte y se extasía al pie de la Torre Eiffel. Luego, en su hotel, mientras redacta la crónica sobre la Exposición de 1889 para la prensa sudamericana, se acuerda de su miquiño don Benito, allá en Madrid, interrumpe su labor y doña Emilia se hace cronista furtiva del corazón. Las campanas desbocadas de Notre-Dame se le antojan su propio pálpito.

 En el número 14 de la Rue Campagne Première, en Montparnasse, Verlaine y Rimbaud beben absenta y escuchan la pena de bronce de las campanas. En la librería La Hune, éstas suenan distintas, tamizado su sonido por el delirio surrealista.

Muere César Vallejo en París con aguacero, aunque no era jueves y en el cementerio de Montparnasse las “tristes campanas muertas sepultadas / en el féretro gris del campanario / son como almas de bardos, olvidadas / en un trágico sueño solitario”.

Porque en el campanario de Notre-Dame, las campanas han dejado ya de sonar. El campanero exhausto, jadeante y lacrimoso contempla el horizonte desde las alturas. El viento aún cimbrea ecos de bronce en el aire. El campanero lanza una mirada torva de rencor hacia el Panteón, donde descansa Víctor Hugo junto a Alejandro Dumas y Zola. El sol empieza a ocultarse. Los últimos rayos se filtran débiles por los arcos de la torre y proyectan sobre el suelo ilusiones móviles de gárgolas y trasgos. En la penumbra, se desliza silenciosa por la escalera de caracol una sombra gibosa. Abajo, París. Tan hermosa.
ÁLBUM LITERARIO DEL VIAJE
Notre Dame, inmortalizada por Víctor Hugo

Hotel de Lauzum, donde Baudelaire, acabó sus Flores del mal
"Julio Cortázar se cita con la Maga en el Pont des Arts"
Casa de Marcel Proust, frente a La Madeleine
La Madeleine
Café de la Mairie, frente a St. Sulpice, del que Camus era cliente habitual
St. Sulpice
Fuente de la Plaza de St. Sulpice. Hemingway la inmortalizó en París era una fiesta
Café de Flore, donde celebraban su tertulia Sartre y Simon de Beauvoir
La Sorbona, donde Machado asistió a las clases de Bergson
Fachada de la Ópera de París

Interior de la Ópera de París. No vimos al fantasma

Torre Eiffel. Pardo Bazán la descubrió prácticamente recién inaugurada y fue cronista de la Exposición de 1889
Hotel Istria, donde se alojaron escritores como Rilke. Frente al hotel, la casa de Verlaine y Rimbaud, hoy desaparecida.
Librería La Hune, baluarte del Surrealismo.
Cementerio de Montparnasse. Tumba de Baudelaire

Cementerio de Montparnasse. Tumba de Julio Cortázar

Cementerio de Montparnasse. Tumba de César Vallejo.
Panteón de Hombres Ilustres. Aquí descansan Víctor Hugo, Alejandro Dumas y Zola, entre otros.
"Los últimos rayos se filtran débiles por los arcos de la torre y proyectan ilusiones móviles de gárgolas y trasgos"

Vistas de París desde las torres de Notre-Dame.




domingo, 11 de agosto de 2013

218. Luz de agosto


 
 
Entre los escritores de primera fila es difícil no hallar alguno que no tenga entre sus preferencias lectoras alguna novela de William Faulkner. Es curioso comprobar cómo, cuando estos escritores son preguntados acerca de sus intereses literarios o sobre las influencias estéticas que creen haber recibido, el nombre del novelista norteamericano sale siempre a la palestra. Por algo será. Ahora se me viene a las mientes, por ejemplo, el entusiasmo con el que Ana María Matute se refería a las lecturas clave de su vida, en concreto a Luz de agosto, de Faulkner. Entonces ella utilizó el término “deslumbramiento”, casi como una extensión lógica del propio título. “Deslumbramiento”. Quizás cuando todos los intentos academicistas por analizar una novela se quedan cortos; cuando el crítico literario se empequeñece ante la magnitud de un libro que desborda su juicio; cuando un escritor alcanza con su obra esa plenitud artística que lo hace inclasificable y lo eleva por encima de taxonomías y tecnicismos y opiniones, entonces, efectivamente, quizás la palabra “deslumbramiento” se baste a sí sola.

El lector que se acerque a Luz de agosto sentirá desde las primeras páginas que está leyendo otra cosa, algo que está en otro nivel. Los personajes de la novela son inolvidables: la cándida pero firme Lena, que busca embarazada al padre huido de su futuro hijo; Joe Christmas, cuya vida es en sí misma también una búsqueda, la de su propia raza; el reverendo Hightower, defenestrado por la Iglesia por su poco ortodoxa oratoria desde el púlpito y por su oscura vida conyugal, y que desde su retiro constituirá el punto de encuentro de ambas historias; Byron Bunch, arrastrado por una insuperable inercia, entre lo moral, lo vital y lo místico, a auxiliar a Lena; el disoluto y rastrero Brown, padre del hijo de Lena y traidor a su amigo Christmas; y tantos otros.

Faulkner se detiene en la construcción de sus personajes con tal profundidad (y a veces con gran complejidad psicológica) que éstos adquieren una fuerza, una corporeidad casi real, tan alejada del tipismo maniqueo o de esos esbozos deshilachados que caracterizan muchas novelas de nuestro tiempo, más atentas al vértigo de la acción que a la reposada introspección del alma de sus protagonistas. Incluso aquellos personajes a los que se les reserva una categoría alegórica desde el mismo nombre, como al propio Joe Christmas, cuya muerte simbólica, como la de Jesucristo, busca la redención de los hombres y la esperanza de la luz (la luz de agosto) en el hijo de Lena, es una figura con una humanidad perfectamente perfilada, en parte gracias al monólogo interior. Christmas es, sin duda, el personaje más interesante. El origen ambiguo de su sangre le convierte en un automarginado, blanco entre negros y negro entre blancos en una búsqueda sin solución de continuidad.

La técnica narrativa, aunque quizás sea la más lineal de todas las novelas de Faulkner, abunda todavía en las continuas retrospecciones y en la dilación magistralmente dosificada de la resolución del puzzle argumental.

La novela es una denuncia de la intolerancia social y del puritanismo, en parte gestadores de criaturas como Christmas y, a la vez, los verdugos que buscan en el sacrificio catártico el chivo expiatorio que oculte, en el nombre de una justicia arbitraria, su propia podredumbre. Otros temas desfilan por sus páginas, como la Guerra de Secesión americana, la fractura social entre esclavistas y abolicionistas y toda una alegoría de raigambre bíblica perfectamente identificable para el lector avezado. Una lectura deslumbrante como el sol de este mes de agosto que ya quiere coquetear con septiembre pero que volverá, luciente y esplendoroso como vuelven siempre los clásicos literarios.  

domingo, 28 de julio de 2013

217. De los álamos el viento



 
La editorial Kalandraka nos regala uno de esos libros que han sido concebidos para el deleite sencillo de los minutos, para la confortación sosegada del espíritu en compañía de la palabra amiga y reconocible, para el reencuentro siempre igual pero siempre distinto con el verso de antaño, como el abrazo de un viejo amigo al que hace tiempo que no vemos.

De los álamos el viento recoge 21 poemas de Ramón García Mateos acompañados de las ilustraciones de Fernando Vicente. Todas las composiciones comparten el tono popular y tradicional que tan caros le han sido desde siempre al poeta salmantino. Poesía errante, hija del pueblo, que surge de no se sabe dónde, ni importa tampoco, pero que se enseñorea con renovada lozanía en los labios de quien quiera hacerla suya; poesía manoseada por el ingenio alfarero del tiempo para modelarla distinta pero con la misma arcilla; poesía que brinca en la fiesta, que adormece al niño, que recuerda lances perdidos en la memoria, que renace en los juegos infantiles, que se mezcla en los mercados, que pellizca de nostalgia, que requiebra de amores con la noble rusticidad del sentimiento sin adorno. Es la poesía, en definitiva, del penúltimo poema del libro, “¿En dónde la has aprendido?”,  poesía donde “el verso / y la canción / se desenredan / y escapan / de las manos / hacia el cielo. / Ya son coplas / tonadas / desprendidas / del pueblo / y la verdad / y el corazón”. Y así, desfilan por el libro la canción de cuna, el romance, las coplillas. El poeta recrea con soltura y gracia (la gracia inconfundible de quien también ha aprendido y cantado la herencia de sus abuelos) esta poesía de tierra labrantía, recuperando incluso, cuando hace falta, la morfología arcaizante de los vocablos, como cuando se le devuelve el género femenino a la palabra “puente”, o bien tirando del apócope castizo o adornando la plazuela de la fiesta del poema con las guirnaldas de los estribillos. Abundan también los campos semánticos de la flora castellana, con sus nombres sonoros y suaves, que enseguida nos evocan el inconfundible universo de aromas y colores rurales de nuestro poeta. Algunos de los poemas contenidos aquí se han recuperado, sobre todo, del libro Lo traigo andando, publicado en el año 2000 y cuyo título, un verso de unas sevillanas del siglo XVIII, daba buena cuenta entonces de la veta popularizante de aquella obra, como lo hace también ahora.

Los poemas de De los álamos el viento no son, como he leído en algún sitio, poesía para niños. No puedo estar de acuerdo. Es verdad que el complemento inestimable de las ilustraciones (que son auténticas glosas pictóricas de los poemas, evocadoras y sugestivas), y ciertas características de la poesía popular, como algunos de sus temas o el ritmo ágil del metro corto, pueden acercar los poemas a un público infantil. Pero es conveniente no confundir la simplicidad intrínseca de la poesía tradicional, que en su fresca sencillez halla precisamente su mayor encanto, con la poesía infantil, aunque ésta se nutra muchas veces de aquélla y viceversa. En el poema “Corre que te pilla”, la imagen de la carretilla, empujada en los juegos infantiles pero pronto carretilla del carbonero, del repartidor, del albañil o del basurero, es una reformulación amarga del carpe diem. Por eso se le insta al niño a que corra “ahora” con la carretilla. Igualmente desazonadora es la estampa de “Ausencia”, sobre la soledad de los viejos pueblos deshabitados, donde “nadie queda ya / entre los adobes”. Precioso es el guiño a las Soledades de Góngora en “En campo de zafiros”; y la hondura casi metafísica de “Si la nieve resbala”  pide un metro elegíaco. O quizás sea yo quien está equivocado y la poesía sea siempre juguete y caramelo para el niño y certeza de acíbar para el hombre.

sábado, 20 de julio de 2013

216. Miquiño mío





Ya hablamos en su día, a propósito de la publicación de los poemas inéditos de Pedro Salinas, del dilema moral que se plantea a la hora de sacar a la luz aquellas obras que, por una u otra razón, el autor no quiso publicar en vida. Si en aquella ocasión, logramos esgrimir argumentos en uno y otro sentido hasta llegar a una suerte de conclusión conciliadora, parece más difícil, a priori, legitimar ahora la publicación de una correspondencia privada que, para mayor escrúpulo, sus protagonistas trataron de ocultar con esforzado celo. No en vano, para este Miquiño mío, que recoge las cartas amorosas de Emilia Pardo Bazán a Benito Pérez Galdós, los investigadores encargados de la edición afirman en el prólogo haber sentido una especie de incómoda profanación. No obstante, dicho prólogo, a cargo de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández, está escrito con un grado tal de delicadeza, de respeto y de profunda admiración hacia ambos escritores, que la sombra de la morbosa complacencia en las intimidades ajenas, queda totalmente disipada.
Las 92 cartas de Pardo Bazán (de las de Galdós sólo se conserva una) tienen un interés que va más allá de la dimensión “rosa” que quiere atribuírseles. Gracias a ellas, conocemos de manera mucho más sincera las ideas literarias de la escritora gallega que, de otra forma, tamizadas por el academicismo de lo público, no habrían alcanzado la cómoda y doméstica transparencia que otorga la privacidad. Así, las lecturas de las novelas de Galdós que el escritor canario le envía puntualmente y las opiniones que a ella le suscitan, dan cuenta del ideario estético de Pardo Bazán, como cuando a propósito de El doctor Centeno, la escritora reivindica, contra el gusto popular, la literatura reposada, sin necesidad de los lances argumentales que el público demanda; o cuando rechaza las digresiones prescindibles como aquella monografía del mantón de Manila que aparece en Fortunata y Jacinta, tan enojosa, ciertamente, para los que hemos leído la excelente obra de Galdós. Las cartas son también testimonio del espíritu polemista de la escritora, sobre todo en relación a sus artículos feministas, y también de los rencores y envidias del mundillo literario como su animadversión hacia Clarín o hacia Palacio Valdés (“intrigas de Palacio”, dice irónicamente la autora de Los pazos de Ulloa). También se alude a la candidatura frustrada de Galdós a la Academia y a otros asuntos y proyectos literarios que tienen el encanto de hacernos asistir a la gestación de sus novelas o a problemas de índole más práctica como las dificultades editoriales.
Respecto al affaire amoroso, las cartas son sencillamente una delicia. La personalidad arrolladora, inteligente y vitalista de Pardo Bazán enseguida nos cautiva. Son divertidísimas las alusiones a su corpulencia, en contraste con el físico enclenque de Galdós, como cuando dice que en la siguiente cita lo aplastará y le morderá los carrillos. También es curioso el sistema epistolar donde alternan las cartas privadas y las cartas “oficiales” y públicas para guardar las apariencias y evitar las hablillas; los  encuentros furtivos en espacios de Madrid que nombran en clave o los supuestamente encontradizos, organizados por ella con obsesiva meticulosidad;  la infidelidad de Pardo Bazán en Barcelona que tanto daño hizo a Galdós y el efusivo arrepentimiento de ella; los apelativos cariñosos, casi maternales, como “miquiño del alma” o “ratoncito”; entre líneas, el  pálpito vivísimo de aquel Madrid de calesas o del París de la Exposición; y, finalmente, el triste languidecer de la relación, tan implícito en el tono ya tibio de las últimas cartas, tras la inexplicable prolongación de la estadía de Galdós en Santander. Vidas que fueron y que siguen siendo asidas a una caligrafía sobre un papel.


sábado, 13 de julio de 2013

215. El insomne alfa





En la habitación del insomne “alfa” una luz tras la persiana medio abierta cuartea la compacta oscuridad del bloque de edificios. Siempre es la misma ventana, cada noche. Desde la atalaya de mi alféizar otros pisos de otros insomnes reclaman también mi atención aunque no del mismo modo. Son insomnes previsibles: un bulto apoltronado en un sillón empina la misma botella de todas las noches mientras las ráfagas intermitentes de un televisor que ni siquiera mira, iluminan su silueta panzuda y descamisada; en el otro edificio una mujer aparentemente joven se acerca a su teléfono, y como cada noche, posa su mano sobre el auricular en ademán de descolgar, titubea, descuelga, marca unos números que alguna vez completa y cuelga rápidamente antes de desmoronarse sobre el aparato; mientras, el vecino de la esquina, una noche más, inclina su cabeza repetidas veces sobre un espejo que ha colocado sobre la mesa; al rato, tumbado, se le ve mover los brazos rítmicamente y, tras un espasmo que le deja rígido durante unos segundos,  eyacula su soledad sobre la moqueta y se duerme. A esa hora, el insomne a quien están a punto de desahuciar merodea su balcón mientras apura el enésimo cigarrillo; luego, como todas las noches, lanza la colilla a la calle y se queda muy quieto observando su caída fijamente, con atención obsesiva, hasta que la colilla toca el asfalto.
Pero el insomne “alfa” es diferente. Nunca le he visto el rostro. Lo que le convierte en un insomne peculiar es que, cada minuto y medio, aproximadamente, y durante gran parte de la madrugada, salen arrojadas desde su ventana unas bolas de papel arrugadas. Por la mañana, la acera amanece cubierta de estas bolas de papel que el barrendero de mi barrio, ya algo picado con la situación, se afana en recoger en su capazo con la demás basura, no sin antes echar una mirada rencorosa a los balcones de arriba. Vencido por la curiosidad, una noche decidí acercarme a la acera del insomne “alfa” cuando éste ya había apagado la luz de su habitación y antes de que llegase el barrendero. Llevé conmigo una bolsa mediana para hacer acopio de los deshechos y poder examinarlos con calma en mi casa. Al regresar y restaurar los papeles a su estado original, descubrí que las bolas pertenecían a las páginas de un libro. Todas eran del mismo libro porque pude ordenarlas según los números de página y el relato, efectivamente, tenía sentido.
A los dos días de esto, hallaron  al insomne de los cigarros, descoyuntado sobre la acera. Entre los curiosos que se acercaron a observar el levantamiento del cadáver, estaban mis otros vecinos insomnes: el hombre grueso apestando a vino; la mujer del teléfono, con los ojos hinchados; el vecino de la esquina con la mirada turbia; y un chico joven muy delgado, sin cabello, sentado en una silla de ruedas, que sujetaba en el regazo un libro de Dostoyevski excesivamente menguado para ser de Dostoyevski. Imaginé su biblioteca repleta de libros alineados en los anaqueles únicamente con sus cubiertas. Y pensé que todos mis vecinos insomnes son algo parecido a eso: sólo las portadas de un libro que jamás quisieron escribir y cuyo contenido arrojarían de buena gana por la ventana, como hace el insomne  “alfa” cada noche.
Esta noche mis insomnes han cambiado sus hábitos. Las luces tras sus ventanas siguen encendidas pero hoy han querido darse la oportunidad de asirse a otras vidas. No hay televisor, ni teléfono, ni espejos de azogues blancos. Todos esta noche leen. En mi mesita también espera un libro. Acomodado en el cobijo muelle de mi almohada, las hojas del libro crepitan bajo mis dedos cuando las vuelvo. Entre el silencio sofocante de esta noche de verano, los grillos cesan su canto cada minuto y medio, coincidiendo con el sonido leve de unas bolas de papel arrugadas al caer. Yo sonrío con melancolía. Y se me antoja que en ese sonido, como de nieve antigua que cae, resiste el pálpito de la vida sus miserias agarrado al sagrado acto de quien sostiene entre sus manos un libro amigo.

domingo, 7 de julio de 2013

214. Escribir un libro


 
 
De todos es conocido aquel dicho que nos recuerda las tres cosas que debemos hacer antes de morir: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. La sentencia, atribuida por algunos al poeta cubano José Martí, entronca en realidad con la tradición islámica y, aunque trivializada como simple aforismo, su significado es de más hondo calado. Plantar un árbol está relacionado con la caridad: se planta un árbol para que su sombra pueda guarecer a otros y para que su fruto sirva de provecho a los demás; los hijos cuidan de nosotros en la vejez y nos perpetúan; finalmente, el libro es nuestra contribución al conocimiento. A priori, los dos primeros objetivos son los más asequibles. Escribir un libro, en cambio, debería de antojarse algo más complicado. Pero no parece ser así.
 
Y es que hoy todo dios escribe libros, desde el literato más exquisito hasta el famosillo de medio pelo que firma “libros” en las ferias y centros comerciales. A Almudena Grandes esto le molesta y ha escrito en su columna de El País Semanal, un artículo titulado “Elogio de la literatura” que ha ofendido a la Campos y a la Milá. En realidad, la polémica responde al fenómeno del intrusismo profesional. Un garrulo de cualquier programa inmundo puede, de repente, hacer de periodista o de ¡contertulio! (jamás esta palabra se había degradado tanto); los futbolistas hacen de modelos en los anuncios; los ramoncines de políticos visionarios; los toreros de cantantes; y ahora cualquiera puede publicar “su libro”. Recuerdo uno de los programas de Las noches blancas, presentado por Sánchez Dragó, que el escritor utilizó para promocionar su último libro, diseñando incluso él mismo las preguntas que debían hacérsele (me parece que lo entrevistó su hija Ayanta). Aquello parecía un acto intolerable de vanidad pero Sánchez Dragó se adelantó a la perplejidad del televidente diciendo que era conveniente recordar que él no es presentador de televisión sino escritor. Más allá de la travesura televisiva, lo cierto es que no le faltaba razón.

Para mí, el problema no estriba tanto en que se escriban libros, sino en la utilización de la propia palabra “libro”. El vocablo “libro”, más allá de su existencia física como producto manufacturado y consumible, sigue estando revestido de una venerabilidad que hace difícil aceptar que cosas como las que escribe Mercedes Milá, sean dignas de llamarse propiamente “libros”. Creo que todo se solucionaría si, en lugar de emplear el término “libro”, se acudiera humildemente al género.  Bastaría con que se dijera que Fulanito presentará sus memorias; o que Menganita firmará ejemplares de la recopilación de anécdotas de su programa de televisión; o que Zutano ha escrito unos consejos para mejorar el talento. Pero, por favor, no enarbolen la palabra “libro” con esa autocomplacencia del ignorante. Todos pueden escribir versos pero eso no convierte a cualquiera en poeta.

Se le reprochaba a Almudena Grandes, que gracias al dinero que recaudan las editoriales al vender las obras que ella despreciaba, se podían también publicar los libros de los grandes escritores. No sé qué hay de cierto en ello pero lo que sí sé es que sería deseable que el fenómeno fuera precisamente su reverso, es decir, que la venta de los grandes libros, de la literatura de verdad, fuera la que permitiera que se colaran en el mercado editorial esas otras obras menores, algunas de las cuales sonrojan al buen gusto desde el mismo título. Y si la triste realidad es que tiene más tirón algo titulado Lo que me sale del bolo que las novelas en las que “los autores se dejan la vida en lo que escriben”, entonces mejor no plantemos árboles ni tengamos hijos. Porque la escuálida fronda que les ofreceremos, no podrá guarecerles de tanta ignorancia.