domingo, 25 de julio de 2021

539. Memoria viva

 


El último y bellísimo libro de Eva Losada Casanova demuestra, una vez más, que es en las editoriales independientes desde donde la literatura de calidad resiste los embates del adocenamiento libresco. Efectivamente, Moriré antes que las flores (Funambulista) recoge el guante de la mejor tradición literaria y permite al lector reencontrarse con una forma de entender la literatura que corre el riesgo de desaparecer, fagocitada como está por las prescripciones de quienes, desde su atalaya de poder, sirven a los intereses de los grandes circuitos mediáticos.

La novela de Losada narra la historia de Livia, una veinteañera que aspira a convertirse en escritora y que recibe el encargo por parte de la editorial donde trabaja de escribir las memorias de Ada, una adusta octogenaria recluida desde hace años en un vetusto caserón segoviano con vistas a la Sierra de Guadarrama. Livia, que carga con la mochila emocional de su reciente orfandad, hallará en sus entrevistas con Ada no solamente una catarsis para su vacío, sino también el impulso que necesitaba para escribir su novela al sentirse hondamente interpelada. Las conversaciones entre Livia y Ada, que desembocarán en una sorprendente genealogía, devienen para el lector en una literatura de carácter confesional e intimista que a mí me recordó, en estilo y tono, a Retahílas, la novela de Carmen Martín Gaite. La referencia no es baladí. Bogdan, el personaje que cuida de Ada y con la que mantiene una relación ambigua, llega a llamar a la anciana “la reina de las nieves”, y en el ubicuifacio del final del libro, el historiador Eduardo Juárez sugiere sin decirlo explícitamente la deuda literaria con la escritora salmantina, lo que no es poca cosa. La prosa reposada y la relegación de la trama argumental son, en sí mismas, poéticas que la propia Ada defiende en muchas de sus intervenciones metaliterarias.

Lo que más llama la atención de la novela de Eva Losada es su capacidad magistral para la creación de atmósferas. El libro de la autora madrileña es evocador, sugestivo, repleto de lirismo. Su fraseo envolvente, casi onírico, regala al lector una experiencia inmersiva, cuyo pergeño está solamente al alcance de quienes, como Eva, dominan la capacidad hipnótica del lenguaje. Su pericia se observa también en la forma de utilizar esa misma virtud con fines estructurales. Así, la presencia recurrente de las urracas y de los jugadores de dominó cumplen la misión de constituir imágenes simbólicas trasunto del tiempo detenido y circular de la novela y, a la vez, sus apariciones estratégicamente dispuestas otorgan a la narración una unidad casi capitular cuando no rítmica.

El libro es también una constelación de referencias culturales (literarias, cinematográficas, musicales, pictóricas) que complementan el relato y que, lejos de cualquier prurito exhibicionista, jalonan la lectura con una oportunidad tal, que su imbricación en las imágenes o en las reflexiones se ensamblan con admirable aleación. Así Ada le sugiere a la autora la Violet de Tennessee Williams; el tiempo detenido le evoca a Hans Castorp en La montaña mágica; o el recuerdo de Clara, otro personaje de la novela que trata de asirse a la costura para no reconocer la terrible realidad que se cierne en las calles, le recuerda a Marianne, La mujer zurda de Handke, que cifra su supervivencia en la asepsia de la cotidianidad. Hasta el gato negro de Livia se llama Aretha, en un claro guiño a Arteha Franklin. La banda sonora del libro, por cierto, es maravillosa, repleta de figuras de la canción francesa, cuyos temas acompañan la juventud de Ada durante su exilio en el país vecino (Françoise Hardy, France Gall, Sylvie Vartan, Marie Laforêt…). Cuando Martin, el hijastro de Ada se insinúa a Livia, esta ve en los ojos de él los ojos lascivos de Degas y Lautrec mirando a sus musas.

Pero, por supuesto, la novela es una reivindicación de lo que Eva gusta en llamar la «memoria viva». Ada cuenta sus terribles vicisitudes durante la guerra civil y el exilio y todas esas vivencias desafían los vórtices del tiempo para dejar su sedimento en el presente y explicar quiénes somos hoy. Pero Ada reclama en Livia que escriba desde el corazón más que desde el frío dato para que fechas, sucesos y nombres sean también epidermis y conmoción. Ada aspira a ser todas las Adas; de ahí su empeño en trascender la anécdota personal para alcanzar la universalidad.

La novela no es, sin embargo, un testimonio más de la guerra civil y hay que entender el libro como lo que es: una ficción. Ni siquiera la presencia de José Antonio Balbontín, tío abuelo de la autora, poeta y primer diputado comunista en las Cortes, menoscaba la vocación estrictamente literaria y no historicista del libro. Porque lo que esta novela destila es, sobre todo, un amor insobornable por la literatura y por la palabra. Así, las hermosas descripciones de la biblioteca de la casa de Ada; pero también la promesa redentora del arte y de la belleza, cuando Ada cuenta que durante su exilio francés, mientras trabajaba en la imprenta, recibían muchos encargos de editoriales españolas; o cuando, tras el recuerdo de uno de los sucesos más aterradores que vive la protagonista, la contemplación de la raya del mar la redime de su humillación y puede olvidarse de los orines de las letrinas infectas y de las heridas de los soldados. La literatura, el arte y la belleza se erigen entonces en salvadores de la protagonista. Nada que no supiéramos, por otra parte. Muchos nos salvamos merced a ellos cada día. También yo me sentí a salvo mientras conversaba con Ada entre las páginas del libro de Eva Losada. Aún dura el sortilegio.


Los derechos de este artículo pertenecen a la Revista República de las Letras donde fue publicado el 22 de julio de 2021. El lunes 19 de ese mismo mes fue publicado (en su versión reducida) en el Diari de Tarragona

lunes, 12 de julio de 2021

538. Dejen en paz las cosas que amamos




Uno ya no sabe dónde se halla el umbral de su propio sonrojo en materia de dislates políticos. Cuando creemos que ya no podemos pasar más vergüenza ajena con el último disparate de turno, aparece enseguida otra necedad que hace de la anterior una pura anécdota. La suerte de quienes incurren en estas astracanadas es que el vértigo de la actualidad pronto convierte sus sandeces en prematuros fósiles solamente exhumados por la arqueología de las hemerotecas.

Al último gazapo de la vicepresidenta Carmen Calvo vamos a otorgarle, sin embargo, algunos días más de gracia, aunque no tenga ninguna. Escribe la ministra un tuit donde pondera las bondades de Una noche sin luna, la maravillosa e inolvidable obra de teatro que sobre García Lorca ha escrito e interpretado Juan Diego Botto. Añade la ínclita una felicitación a Botto «y demás actores y actrices», sin reparar (cómo va a hacerlo si ni siquiera ha visto la obra) que en el montaje solamente actúa el actor hispano-argentino. Enseguida Sergio Peris-Mencheta, director del espectáculo, responde a la ministra haciéndole ver que se trata de un monólogo.

Hay quien quiere disculpar a Carmen Calvo delegando el error en algún becario que gestiona la cuenta de Twitter de la vicepresidenta. Efectivamente, el perfil de la cuenta reza: «Cuenta gestionada por Comunicación». Pero sea como fuere, nada de esto la deja en buen lugar. Si el tuit lo ha escrito Carmen Calvo, demuestra su desfachatez utilizando hipócritamente a Lorca, no por su admiración hacia el poeta universal, sino para el mercadeo ideológico ; y si lo ha escrito otra persona, ¿no resulta cuanto menos poco estético que ese prurito de cercanía con la ciudadanía que se infiere del uso de Twitter acabe convertido en un mero avatar?

Y para no dejar el teatro, la otra indecencia de la semana la deja Toni Cantó, a quien Ayuso ha colocado en una «Oficina del Español», creada ex profeso para su propia medra.

Pero a lo que voy, que se me acaba el espacio. Dejen en paz a Federico, dejen en paz a Machado, dejen en paz a Miguel Hernández, dejen en paz la lengua. Cada vez que un político instrumentaliza a un escritor con fines ideológicos y lo mangonea y lo manipula y lo usa, los que amamos la literatura y el idioma que lo constituye nos sentimos heridos en nuestra dignidad porque aquellos que ustedes prostituyen para sus fines espurios son nuestro patrimonio más cierto y nuestra familia. A los escritores déjenlos con los profesores de Literatura y con los lectores, que son los que los conocen de verdad más allá de la cita estratégica y descontextualizada esputada desde la tribuna y que ustedes usan solamente como eslóganes partidistas. Dejen en paz aquello que amamos si es que saben ustedes lo que es amar de verdad, más allá del amor que sienten por la poltrona. 


lunes, 5 de julio de 2021

537. Jurados

 


Este año Bea y yo hemos sido propuestos como parte del jurado previo de uno de los premios más longevos del panorama literario español. Nuestra función consiste en cribar los cientos de textos participantes para dejar desbrozado el jardín al jurado final. Así que ahora andamos en casa pertrechados de nuestras podaderas y hoces lectoras y tenemos el piso lleno de hojarasca y maleza que servirá de forraje para el ganado en el establo de los descartados. También, claro, algunas flores para el invernadero de Apolo.

Lo bueno de un jurado matrimonial es que, ante la duda, siempre existe la posibilidad de la consulta cómplice. Y como Bea y yo tenemos prácticamente los mismos gustos literarios, la deliberación se antoja sencilla. Estos días se ha instalado un silencio extraño en casa. El silencio monacal del que dirime. Nada que ver con el alboroto que imagino cuando recreo en mi cabeza la escena del cura y el barbero en el famoso capítulo del escrutinio cervantino. A veces este silencio se interrumpe por unos pasos que se acercan. Tras unos segundos, Bea queda enmarcada tras la puerta, su legajo entre las manos, y la mirada dubitativa. Otras veces, los pasos son los míos y yo el indeciso. Hemos decidido que vamos a vulnerar la máxima judicial del in dubio pro reo. Más bien, al contrario: in dubio, reo. La belleza no admite reticencias. La belleza es o no es. La fórmula nos está aliviando algo la ingente carga de trabajo. Y aunque, como defendía Cansinos-Assens, «en la obra ajena, entra [el crítico] lleno de buena voluntad, venciendo todo desdén y todo silencio, ávido de encontrar belleza y escondidas gracias. Y la menor que halle, aunque esté oculta en el cáliz de la araucaria, la sacará a la luz y la festejará», para ganar un premio no basta el puntual hallazgo feliz. La mayoría sería candidata entonces.

A mí, que me han dado calabazas en todos los premios literarios a los que me he presentado, se me impone una suerte de ternura ante los textos aspirantes, llenos de ilusión y, en ocasiones, cuando el texto es infumable, de cándida ingenuidad. Trato de leerlos enteros. A veces no es necesario. Noto en muchos de ellos una voluntad nociva de deslumbrar. Es algo parecido al pecado que comete el escritor novel, deseoso de visibilidad, y que cree que la exuberancia verbal per se bastará para que el jurado se enamore de su prosa. También hemos debido descartar todos aquellos textos que no cumplen con los requisitos formales de las bases del concurso. «Hay que leer los enunciados», les insisto a mis alumnos cada vez que responden a un ejercicio obviando lo que se les pide. Los problemas de comprensión lectora y la desidia en la pulcritud formal se han instalado también en los premios literarios. Así en la escuela como en la vida. Algunos pedagogos de nuevo cuño aún no entienden el daño que están haciendo. No obstante, está el genio despistado, anárquico e independiente que, pese a infringir todas las normas del premio, ha escrito un texto brillante. Acabo su escrito por respeto al talento, aunque ya estaba determinado al cadalso de los proscritos desde que comprobé el interlineado. Luego me acuerdo de las faltas de ortografía (deliberadas) de García Márquez y me dan ganas de colarlo tras editarlo informáticamente. No lo hago, claro. No vaya a pensar alguien que este no es un premio limpio. Sospecha, por otro lado, muy legítima habida cuenta de los precedentes. Pero este no. Que aquí estoy yo de jurado. Y a mí me han dado ya muchas calabazas en los premios literarios. Y la culpa, claro, era del jurado.

lunes, 28 de junio de 2021

536. El Bodhisattva es Patricia



 

Patricia Almarcegui acaba de publicar con Candaya sus Cuadernos perdidos de Japón, donde se recogen fragmentos de cuatro diarios escritos por la autora durante dos viajes al país nipón. El fragmentarismo del libro, no obstante, es aparente. En primer lugar porque el tono y la atmósfera de cada uno de los textos otorga a la obra una unidad que basa su cohesión, no solamente en la isotopía japonesista sino, sobre todo, en la capacidad evocadora y sugestiva de aquellos, no exenta de momentos de lirismo de altos vuelos; y en segundo lugar, porque la estructura queda hilada por una urdimbre invisible de correferencialidades que Patricia propicia con sus sutiles «pistas», a modo de migas de pan, y que actualizan o reformulan algunos de sus temas. El libro de Patricia es, entonces, una quebrada porcelana literaria donde los espacios entre las esquirlas resultan tanto o más interesantes que las piezas mismas, a la manera en que el arte del Kintsugi repara con oro la cerámica rota y son las costuras doradas las que embellecen el conjunto.

Una declaración de intenciones se halla ya en la página 11 del libro: «Tengo unos veinte cuadernos de viaje […]. No sé cuándo fue pero un día dejé de tener uno para la vida y otro para el viaje. Los cuadernos se convirtieron en diarios». En el libro, efectivamente, se imbrican vida y viaje como dos caras de una misma moneda y esta premisa es importante para el lector que quiera acercarse a estos Cuadernos porque más allá del catálogo cultural, importa la mirada de la autora, a través de cuyo cedazo, queda la estampa o la reflexión tamizadas. Eso sí, Patricia no pontifica nunca y evita que esa mirada se contamine con el tradicional prejuicio del viajero occidental; más aún, desmitifica algunas de esas ideas preconcebidas y, junto a la filosofía zen o la floración de los cerezos, por las páginas del libro desfilan también la pobreza, el consumismo, los ciervos alicaídos de Nara o las miradas enajenadas de los que entran y salen de los locales de Panchiko. «Tras el terremoto y el tsunami de 2011 de Fukushima, muchas personas sin techo se instalaron en el parque Ueno», dice la autora, en un significativo ejercicio de contraste. Junto a ello, hay también una posición amarga ante cierto tipo de turismo. Así, los norteamericanos obsesos bebiendo cerveza junto a las ruinas de la cúpula de la bomba atómica de Hiroshima, o el grupo de diez españoles al acecho de las geishas en Gion, aunque solo hayan visto a dos mujeres paseando un domingo con sus trajes tradicionales. El «siniestro carnaval turístico» del que hablaba García Baena.

Sería ocioso repasar ahora algunas de las jugosísimas informaciones que Patricia Almarcegui ofrece sobre la cultura japonesa. Al confeccionar este artículo había anotado yo algunas que me habían llamado la atención, desde referencias al manga, al cine, a la literatura, a la arquitectura o a la pintura pasando por la religión, la geopolítica o las costumbres sociales. De todo ello hallará el lector un tesoro de contento y una fe de lecturas que cierra la obra.

Pero este libro es también un libro sobre la pérdida, sobre los cuadernos extraviados durante los viajes de la autora y sobre las personas que ya no están. Aunque también sobre la recuperación y el reencuentro. En la página 42, la autora dice haber acudido a la ciudad de Ise por error. Seducida por los Ise Monogatori (Cantares de Ise), había confundido la ciudad con el nombre de la poetisa clásica Ise, a la que, en realidad, hace referencia el título de la obra. Sin embargo, en otro momento, Patricia compra casualmente una postal con una ilustración de una bella mujer en quimono y, ya de vuelta en el hotel, descubre en el anverso de la misma que se trata de «Lady Ise. La poeta clásica». Se ha obrado el reencuentro, como también hará con el recuerdo de su madre.

Y así es que este viaje por Japón es mucho más que un viaje. Y que, guiados por Patricia, también los lectores inician su reencuentro particular con las esencias que nos constituyen. En el itinerario, velan por nosotros las palabras de Patricia. Porque Patricia es el Bodhisattva.

lunes, 21 de junio de 2021

535. Y Rafael Azuar despertó de su modorra

 


Se conmemora estos días el centenario del nacimiento de Rafael Azuar (1921-2002), efeméride que rescatará con justicia la singularísima obra del escritor ilicitano y que tuvo su punto de partida el pasado sábado en el acto inaugural celebrado en Elda con la adhesión de numerosas instituciones. A Azuar ya le dedicamos hace casi un dos años en estas mismas páginas una semblanza que trataba entonces de emparentar su figura con las tierras tarraconenses, pues dos de sus novelas, Teresa Ferrer y Los zarzales, fueron escritas durante la estancia de Azuar en La Vilella Alta, el municipio de la comarca del Priorat donde el escritor ejerció como maestro. A La Vilella Alta, Azuar la llama en sus novelas Veneitxa, y algunos de los detalles descriptivos permiten identificar el entorno geográfico de la comarca. La relación de Azuar con Tarragona es aún más amplia. Su libro Poemas (1950), anterior a su oficio de novelista, se editó en la ciudad imperial con el mítico sello tarraconense Torres i Virgili, fundado por Josep Pau Virgili Sanromà, más conocido como “el iaio Virgili”, que ostenta su estatua sedente de eterno observador en su banco de piedra de la Rambla de Tarragona. Remito al lector curioso a aquella semblanza porque hoy quiero hablar de otra de sus novelas, Modorra, galardonada en 1967 con el Premio Café Gijón de novela corta y elogiada, entre otros, por Josep Pla.

El mismo título de la novela es ya una declaración de intenciones. Azuar narra la vida de un pueblo innominado (más tarde sabremos que se trata de Salinas, en Alicante) donde el sopor y la inacción se instalan como dos personajes más en la débil urdimbre argumental. Efectivamente, en el pueblo apenas ocurre nada, y las páginas son una sucesión de tipos rurales y estampas paisajísticas fagocitadas por la letanía de las chicharras y el sol abrasador. Precisamente es el paisajismo uno de los valores de la novelística de Azuar, en cuyo ejercicio es el escritor ilicitano un auténtico virtuoso. Resuenan los ecos de Azorín en las descripciones impresionistas y de Miró en el preciosismo formal y semántico con que repuja sus cuadros. El lector, que acaba mecido por la prosa envolvente y sensorial de Azuar, sucumbe, él también, a la ausencia de la acción, a la repetición monótona de los días, a la anestesiante sucesión de las horas, pero, a diferencia de los personajes indolentes de la novela, que parecen abocados a la nulidad, el lector agradece la narcosis porque halla en ella una deliciosa y reparadora siesta literaria auspiciada por la muelle tibieza de las palabras sin más objeto (o casi) que la palabra misma. Y digo casi, porque sería ingenuo pensar que Azuar no quisiera con su novela denunciar la atonía de los pueblos, a la manera en que Azorín lo hiciera en su día con los pueblos castellanos, la vida sin horizontes donde lo más emocionante es una carrera ciclista que pasa por sus lindes o la llegada del repartidor de la Coca-Cola, o la rudeza primitiva y patriarcal, aunque algo menos intensa que en Teresa Ferrer y Los zarzales donde los personajes masculinos parecían meras alegorías de una virilidad exacerbada y enigmática, a la manera lorquiana.

Hoy día, donde se demanda que la literatura entretenga a base de acción desaforada, lances argumentales y trepidantes cambios de rasante, la obra de Azuar nos regresa a la palabra esencial y a la atmósfera significativa sin necesidad de tramas de blockbuster. Una reivindicación de la lentitud donde la modorra resulta un bendito opiáceo contra la superficialidad, mediocridad y materialismo de nuestro tiempo.

lunes, 7 de junio de 2021

533. El recuerdo que seremos

 


Leí en su día El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince y, saturado como estaba entonces de literatura memorialística, evocaciones nostálgicas y homenajes familiares, no supe entrar bien en la novela. Reconocí, eso sí, una prosa muy limpia, cuyo mero fluir constituía por sí solo un amable placer.

La reciente adaptación cinematográfica a cargo de Fernando Trueba ha operado en el vago recuerdo de mi lectura como una alquitara donde se han destilado con enorme acierto selectivo y exquisito mimo los pasajes más hermosos del libro. Nada le falta y nada le sobra al metraje respecto de la novela –de donde se concluye la inteligente mirada de David Trueba, a la sazón guionista de la cinta– y el enfoque de la película rescata con admirable precisión emocional la esencia de su adlátere literario.

De este modo, asistimos con verdadero deleite a los grandes temas de la novela. La admiración exacerbada del niño Héctor hacia su padre, correspondida con un amor más allá de todo límite por parte de éste, se trasluce perfectamente en la mirada de Nicolás Reyes, el actor que encarna al escritor durante su infancia. Las alegres escenas familiares evocan el enorme papel aglutinador del padre, en torno a cuya figura planetaria y su influjo gravitacional puede entenderse la felicidad que rezuma toda la casa. Efectivamente, Héctor Abad padre consigue crear esa armonía a base de una transigencia de tal generosidad que resulta imposible traicionarla con el abuso, la indisciplina o el menosprecio. Todo orbita alrededor de su bondad inquebrantable, a la que la familia quiere corresponder, en un afán de no defraudar. Incluso cuando el cabeza de familia debe reprender severamente algún comportamiento (como la pedrada de su hijo al cristal de una familia judía), lo hace con una pedagogía firme pero constructiva que no se basa en el castigo. Esa actitud ilustrada, fruto de la moderación y del conocimiento, alcanza divertidas y significativas cimas en las escenas donde Héctor Abad padre debe contrarrestar las supercherías religiosas de la educación que reciben sus hijos por parte de la monja que los tutela en casa y con la que solo transige por mero respeto a las creencias de su esposa, cuya parentela está vinculada a figuras importantes de la jerarquía eclesiástica. De esa actitud dieciochesca nace también su compromiso con la ciencia como garante del progreso de Colombia respecto a las vacunas y la salubridad del agua. Y es, otra vez, la independencia que da el pensamiento propio, lo que convertirá a Héctor Abad padre en la diana de conservadores y progresistas, los unos por poner en jaque el poder establecido a través de sus diatribas, los otros por no tomar el camino radical de la violencia reivindicativa, interpretada como tibieza y hasta connivencia con los poderes fácticos. La tiranía del estás conmigo o estás contra mí, sin escala de grises, que penaliza la equidistancia y el juicio independiente. En todos esos pormenores del carácter de Héctor Abad Gómez, Javier Cámara está perfecto.

El uso alterno del color para la época feliz y el blanco y negro para el tiempo de la desgracia resulta un acierto que trastoca las atribuciones tradicionales de estas técnicas cromáticas vinculadas normalmente a criterios cronológicos, aquí vueltos del revés. Estas sutilezas técnicas intentan caminar del lado de la contención emocional para no caer en el sensacionalismo, aunque, como ocurre en el libro, la coda final en la que los hijos se van enterando del asesinato del padre me parece prescindible justamente por recrearse en el dolor. Bastaba el crimen y la elección del blanco y negro.

La obra hace buena la controvertida máxima de que bondad y cultura suelen ir de la mano. Y que la Literatura, cuando es buena y auténtica, contradice el título de la novela de Abad Faciolince, y puede regalarnos aquella segunda vida manriqueña del recuerdo. Como no todos podemos ser prohombres de la Historia ni tener hijos que perpetúen nuestra memoria con las palabras, conviene al menos saber qué tipo de recuerdo queremos legar a las dos, a lo sumo tres, generaciones que nos sobrevivan antes de ser olvido definitivo en la tierra. Trabajemos para que el recuerdo que seamos se parezca, aunque efímero, al de las personas buenas como Héctor Abad Gómez.

lunes, 31 de mayo de 2021

532. Finales literarios

 



No recordaba el final de Cañas y barro hasta que he vuelto a la obra de Blasco con motivo de mi viaje a la Albufera. Cuando Tonet se suicida, su padre Toni decide darle sepultura bajo el campo artificial que ha ido construyendo sobre la laguna para convertirla en parcela cultivable de arroz. Durante toda la novela asistimos a la lucha abnegada de Toni que, espuerta a espuerta, trata de ahogar el agua indómita del lago para su propósito. Algunas veces es el propio Tonet quien, en sus accesos de arrepentimiento y respondiendo siempre a su conducta volátil, ayuda al padre a cargar la tierra. Lo que el lector no sabe aún es que aquella tenacidad, que tiene algo de obsesión y de locura, solo servirá para construir la fosa de Tonet; que cada paletada de tierra sobre la Albufera no son más que los golpes de las azadas que cavan su tumba; que el futuro arrozal, si llega a existir, será abonado por el cuerpo putrefacto del hijo. Cuando descienden el cadáver al fondo de la fosa, ésta aún rezuma el agua de la laguna, como símbolo de un doble fracaso vital. Y finalmente, mientras, de espaldas, Toni rasga con su terrible lamento la calma del amanecer, la Borda, besa la lívida cabeza de Tonet «osando, ante el misterio de la muerte, revelar por primera vez el secreto de su vida», esto es, su amor oculto. La Borda, que es un pobre personaje secundario, una huérfana acogida por la familia de los Paloma a la que Blasco le dedica apenas unas cuantas líneas en su libro, se erige así,  al final de la historia, en el centro de la novela. Magnífico.

Me gustan estos finales efectistas, aunque alguien pueda tachar esta preferencia de fácilmente impresionable. Una antigua amiga, dedicada a la música, condescendía con desprecio cuando me emocionaba durante un concierto en el que la orquesta hacía su crescendo de percusiones y platillos. ¡Bendito lego era yo entonces! A veces creo que toda una novela puede ser un simple redoble de tambores que preludia –tachaán– el glorioso final. Asimismo, valoro mucho los remates de los capítulos, por mucho que alguien pueda afearme mi gusto por lo folletinesco.

También son hermosos los finales sencillos, plácidos, aquellos en los que la novela se va apagando poco a poco como en un fundido a negro. O los finales abiertos, cuando al cerrar la novela ésta sigue aún desarrollándose entre las cábalas del lector. Sin embargo, son más olvidables. Nadie, en cambio, puede olvidar a Ana Ozores desmayada en medio del inmenso espacio de la catedral de Vetusta; o las palabras finales de Bernarda Alba sellando de silencio su casa; o las de Yerma, que tras estrangular a su marido, dice con alaridos haber matado a su hijo. Hay finales necesarios, como la muerte de don Quijote, cuya sobrevenida cordura impide su razón de ser en el mundo (y evita más apócrifos como el de Avellaneda). Y hay finales redentores, que permiten también nuestra propia catarsis griega.

Cuando se llega al final de un libro –no sé si a ustedes les pasa igual–, el ritmo de la lectura se remansa. Uno ha leído la novela casi de corrido, pero cuando aparece la última página, sujetamos la brida y leemos lentamente, como si fuera un responso, las palabras que constituyen su epitafio. Es casi una cortesía ante el inmediato tránsito del libro moribundo. Luego se cierra su cubierta y abrazamos sobre el pecho al amigo que se ha ido. Y entonces somos también nosotros la Borda de Blasco Ibáñez besando la cabellera de Tonet.

lunes, 24 de mayo de 2021

531. Viajes literarios: la Albufera de Valencia



A mí me habría gustado contemplar la Albufera de Valencia con los ojos ebrios y ociosos del borracho Sangonera. En un hermoso pasaje de Cañas y barro, Sangonera confiesa emocionarse con la mera contemplación de la Naturaleza al atardecer, a «aquella hora del crepúsculo, que era en el lago más misteriosa y bella que tierra adentro. La hermosura del paisaje se le metía en el alma, y si la contemplaba al través de varios vasos de vino, suspiraba de ternura como un chiquillo». Hay en la confidencia que Sangonera le hace a Tonet un atisbo de redención en la belleza. De Sangonera nos reímos a lo largo de toda la novela; otras lo compadecemos; las más de las veces censuramos su parasitismo y lo despreciamos. Por eso el lector se sorprende y empieza a tomárselo en serio cuando, en medio de su peregrina –aunque plausible– exhortación filosófica acerca de la legitimidad de la pereza y de la ociosidad, Sangonera se estremece al evocar su éxtasis contemplativo. La escena es bonita porque demuestra que la Belleza es capaz de calar en las almas menos permeables a los accesos líricos, que su majestad somete incluso a aquellos hombres en los que el terreno yermo de su propia degradación parece hacer difícil la germinación de un solo sentimiento elevado.

Pero hoy resulta difícil hallar en El Palmar –ni siquiera con una copa de vino de más– las excelsitudes que la mirada asombrada de Sangonera evocaba en la novela. El Palmar es ahora un inmenso comedor donde el turista solo parece acudir para deglutir con afán de dominguero contumaz los arroces y el all i pebre que las decenas de restaurantes ofrecen cada cuatro pasos. Pareciera que el cornudo Cañamèl, ya que no con la adúltera Neleta, hubiera perpetuado su progenie en los taberneros del lugar. Nada, en cambio de Literatura, salvo en los nombres de los negocios: recuerdos al tío Paloma, a los redolins, a la Sequiòta, pero ni unos míseros carteles, repartidos estratégicamente aquí y allá, con algún extracto de la novela de Blasco Ibáñez que adornase con la palabra la desolación de esta pedanía valenciana sometida al yugo de los estómagos.

Los paseos en barca por el lago, aunque ponen en contacto al viajero con la esencia de la Albufera, pierden su prometedora sugestión: los motores de las barcas ahogan el sonido de las cañas al atravesar los canales; la canción del agua, estremecida antaño por el soñoliento movimiento de las perchas, queda apagada por el moscardón de gasóleo, igual que los animales que pueblan su abigarrada naturaleza. Aunque eso sí, la belleza del lago aturde y en su laberinto de cañas y barro, un algo telúrico entronca con el animal que somos, capaz quizás de ahogar a un bebé entre los carrizales.

Y yo,  con el Arcipreste, «como só omne como otro, pecador», también hube de los arroces gran sabor. Pero algo debo agradecerles. Durante la pertinente siesta de después, tumbado sobre el regazo de Bea, cerca de uno de los embarcaderos, en el tranco trasero de la casa sindical de colonización, cierro los ojos y oigo el murmullo del viento cimbreando las cañas. Y ya soy Blasco Ibáñez durmiendo en su barca durante su estancia en El Palmar para escribir su novela. O soy Tonet –la mano de Bea revolviéndome el pelo–, haciéndole el amor a Neleta en la oscuridad de la laguna. Para que el sortilegio permanezca, conviene ver atardecer en el mirador de La Gola de Pujol. O adentrarse en La Dehesa, donde Neleta y Tonet niños se extraviaron una noche, pasándola abrazados, mientras a lo lejos se oían los embates del mar y, quizás, el silbido de la culebra Sancha. Y es así como, al fin, me encarno en el bueno de Sangonera y la Albufera y Blasco me llenan los ojos de gratitud.

lunes, 17 de mayo de 2021

530. Salpica y chapaotea

 


En la urbanización donde vivo están ahora arreglando las teselas del suelo de la piscina. Nunca acudo a las reuniones de la comunidad pero suelo leer las actas de estos conciliábulos vecinales donde se dirimen los destinos de la vida muelle de estos aprendices de ricos que se desloman cada día para poder seguir viviendo en una urbanización con pistas de pádel y piscina. O eres rico o no lo eres. Pero ir de rico por la vida cuando tienes que levantarte todos los días antes de salir el sol tiene mucho de patético. Pero esa es otra historia. Las actas, digo, se cuelgan en el vestíbulo de la escalera y están escritas con ese lenguaje burocrático redactado por alguien con ínfulas de notario que se sentirá más importante tras colocar el documento con su chincheta en el tablón. Entre toda esa jerigonza legalista y administrativa, me llama la atención una palabra que no parece avenirse con la idiota solemnidad del escrito. Esa palabra es «chapoteo». Se dice que el presupuesto X se destinará a reparar la zona de «chapoteo» de la piscina de adultos. Y claro, yo no puedo más que imaginarme a mis vecinos adultos chapoteando ridículamente en bañador en la zona de «chapoteo» de su piscina de adultos. Porque los adultos parece ser que también «chapotean».

Enseguida asocio la palabra a otras que se suelen utilizar aplicadas al mundo adulto y que contribuyen a la infantilización social que venimos sufriendo desde hace ya varios años. Y recuerdo un artículo escrito por Miren Erroteta en el elDiario.es y titulado significativamente «Llámame vieja, no me hables como a una niña» donde denuncia el lenguaje edulcorado que se suele usar con los ancianos: «Tómate la pastillita, bonita». Si yo llego a viejo y alguien me concatena dos diminutivos seguidos, lo mando a la mierda en menos que canta un gallo como el buen vejestorio cascarrabias en que aspiro a convertirme. Me dicen que en los centros de estética las trabajadoras le piden a sus clientas que se quiten las braguitas para poder tratar mejor la grasita del culito. La grasita. La pandemia ha contribuido también a tratar a los adultos como a gilipollas. Durante meses fuimos héroes que habíamos resistido los embates del virus con responsabilidad. En los carteles y folletos donde se describían los protocolos sanitarios a seguir, salíamos dibujados con capa y antifaz, recordándonos lo bien que lo estábamos haciendo, la heroica fortaleza que demostrábamos quedándonos en casa deglutiendo series de televisión. A veces nos ilustraban con algunos dibujos animados con su música (musiquita) infantil y su sesgo pedagógico para subnormales. Todo muy dinámico, entretenido, colorista y buenrollistahappyflowers. Porque los adultos somos imbéciles a los que Epi, Blas, Coco y todos los putos teleñecos de Barrio Sésamo deben enseñarles de forma amena y divertida que hay que lavarse las manos, ponerse la mascarilla y guardar la distancia de seguridad. ¿Por qué no decir eso mismo sin tantas memeces en un sobrio catálogo de normas? ¡No! ¡Anatema! ¡Condenado a los infiernitos de los retrograditos! ¿Y qué me dicen de los aficionados al fútbol a los que hay que ponerles sonido de público enlatado como si no fueran capaces de asumir un estadio sin público? Y así nos va. Nos quieren convertir en una generación de retrasados tan mimados que a la que se levanta el estado de alarma salimos a la calle a festejarlo, coreando la palabra «libertad» convencidos de que acabamos de salir de la III Guerra Mundial. Porque nos lo merecemos, porque hemos sufrido mucho, ya lo dicen los psicólogos, la fatiga pandémica, pobrecitos los adultitos.

Así, pues, debo estar preparado y mentalizarme. En unas semanas, cuando la piscina esté reparada, volveré a ver a mi vecino del 1.º con su bañador de Los Simpson mojándose el culo en el agua. Disfrutando de su libertad. Chapoteando.

lunes, 10 de mayo de 2021

529. Hace Juan Diego Botto

 


Es ya clásica aquella evocación que hizo en su día Jorge Guillén sobre la figura de Federico García Lorca: «cuando está Federico no hace ni frío ni calor. Hace Federico». De este modo se refería el poeta vallisoletano al proverbial magnetismo que Lorca ejercía sobre cualquiera que hubiera tenido la irrepetible suerte de haberlo tratado. La otra tarde, sentados en el patio de butacas del teatro, también nosotros experimentamos y entendimos el recuerdo de Guillén. Porque la otra tarde, durante la representación de Una noche sin luna, no supimos ya si hacía frio o si hacía calor, o si lo que estábamos presenciando era una obra de teatro o no lo era, o si vivíamos en el presente o alguien nos había metido en un portal del tiempo y estábamos en 1936. Simplemente, perdimos nuestro centro de gravedad y no supimos demasiado bien qué nos estaba pasando. Y era Federico. Nos estaba pasando Federico. Hacía Federico. O hacía Juan Diego Botto.

Una noche sin luna, escrita e interpretada por el propio Juan Diego Botto y dirigida por Sergio Peris-Mencheta, recoge retazos de la vida de Lorca, extraídos del anecdotario personal y también de algunos de los textos procedentes de sus numerosas conferencias, así como de guiños poéticos. Pero el actor huye de la mera concatenación de avatares biográficos y rechaza el pedagogismo para proponernos una brillantísima y vívida miscelánea teatral que mantiene al espectador sobrecogido y sin aliento a la espera de la nueva prestidigitación dramatúrgica que Juan Diego Botto se saque de la chistera y que conviene no desvelar aquí: un portento del dominio escenográfico. La aparente espontaneidad de todo lo que ocurre sobre las tablas, acentuada por las continuas rupturas de la cuarta pared, urde en el espectador una sensación de incontestable realidad dentro de la ilusión teatral, muy parecida a la de esos sueños que nos parecen auténticos y de los que, al despertar, siguen con nosotros durante gran parte del día. Las notas del piano que tocaba Lorca, cedido por la Residencia de Estudiantes para grabar la música del montaje, incrementa de nuevo el vértigo de traspasar una suerte de vórtice temporal y refuerza la carga onírica de todo lo que se vive durante el espectáculo. Entretanto, Juan Diego Botto va construyendo sobre el escenario, casi sin darnos cuenta, el simbólico barco de Teseo que, luego lo sabremos, será trasunto de la reivindicación de la memoria histórica. Pero hasta ese momento, los juegos de atrezo van sucediéndose hasta la sugestión más epidérmica: Juan Diego-Lorca va extrayendo de la fosa donde está enterrado objetos representativos de la vida de Federico: desde unas canicas infantiles, al mono de la Barraca y, mientras, la arena cae de la las mangas de la chaqueta de Lorca, cada vez menos hombre y más polvo, como una clepsidra que anunciase el agotamiento de este tiempo de su resurrección.

Desde su marco temporal de 1936, la obra entronca con nuestra actualidad en el diálogo entre Lorca y un exaltado del público, y el espectador descubre con angustia cómo los discursos populistas de entonces son los mismos que los que escuchamos ahora: un aviso a los navegantes del barco de Teseo. Y, no obstante, Botto no se concede el recurso fácil de lo lacrimógeno y modula, incluso con el humorismo, la evidente tragedia. Cuando llega el impresionante final, todos sentimos el tiro en la sien: aún tiemblo al evocarlo. Y, sin embargo, hay una gloriosa epicidad en lo segundos finales que nos rebela hasta la esperanza y la dignidad.

Salimos del teatro conmocionados. En la calle no hace frío ni calor. Hace Federico. Hace Juan Diego Botto.