Si una suerte de teología literaria crease un limbo
laico, ese sería, sin duda, Fantasmas de la ciudad (Candaya), el nuevo
libro de relatos de de Aitor Romero Ortega. Y es que por sus páginas desfilan
las almas en pena de unos personajes desnortados en busca siempre de una
redención que no llega. La redención puede llamarse identidad, conciencia de
uno mismo, restitución, centro de gravedad. Naima huye de una canción de John
Coltrane titulada como su propio nombre y se embarca en un nomadismo feroz sin
solución de continuidad; un huérfano viaja a Italia para establecer vínculos
con su padre fallecido a través de la literatura de Pavese, o quizás para
librarse de su sombra; Kubalita, el supuesto hijo ilegítimo del mítico jugador
del Barça, peregrina por los bares para contar a otros antihéroes urbanos su
glorioso abolengo, y luce la camiseta de su padre, aunque esta sea sólo una
burda reproducción; un escritor sin inspiración se abandona a la calle buscando
que la realidad le asista. También los personajes secundarios arrastran sus
harapos: el misterioso autoestopista de Alabama que aparece y desaparece como
una mota de polvo; el recepcionista de un hotel bosnio, que parece anclado en
la Yugoslavia anterior a la guerra; Bob Dylan, reconociendo que sería incapaz
de ganar un concurso de imitadores de sí mismo, como si él mismo fuera una
ficción. Muchos no tienen nombre o lo odian y se lo cambian, y andan por la
treintena, esa edad donde la madurez se vislumbra ya en el horizonte y, sin
embargo, no se han alcanzado todavía las promesas soñadas. La treintena: esa
intemperie. La búsqueda constante de esa plenitud identitaria convierte a los
personajes en viajeros perpetuos. La huida y el movimiento constante
constituyen una forma de vivir anclada únicamente en el presente, “como si
intuyese[n] que detenerse para mirar atrás es empezar a morir un poco” y
necesitasen “esquivar esa leve muerte a plazos”. Pero la búsqueda es siempre
infructuosa. El narrador del primer relato rastrea las huellas de Trotski en
Barcelona y tras una constelación de referentes culturales que le hacen
cruzarse con el revolucionario ruso, acaba topándose con Ramón Mercader, el
asesino de Trotski. La conlcusión es demoledora: “uno siempre quiere ser
Trotski hasta que descubre que es Ramón Mercader”. Quizás lo que los personajes
buscan es la ruina de sí mismos para volver a comenzar. Como la búsqueda es
baldía, los protagonistas se sumen muchas veces en la indolencia, la abulia, el
spleen baudeleriano, que es unas veces balsámico y otras autodestructivo.
Las ciudades que los acogen, por su parte, no les regalan su arraigo. Porque
ellas mismas son el limbo; porque ellas mismas son también fantasmas. La
despersonalización de las ciudades, la pérdida de su propia identidad fagocita
y anula a los personajes, ya de por sí perdidos y éstos, en una circularidad
atroz no reconocen los lugares que una vez visitaron o creen estar siempre en
la misma ciudad, como si su despersonalización las sincretizase a todas en un
mismo páramo. Descartada la ciudad como referente identitario, Naima acaba en
el yermo de la pampa argentina, como otro monstruo de Frankenstein en la
Antártida, o en Portbou, la no-ciudad por antonomasia, donde dice no hacer
nada. Como las ciudades son fantasmas, un muerto más, hay que inventarlas. Emilio,
el personaje del quinto relato que se dedica a escribir guías de viaje, dice
escribirlas sin haber visitado jamás la ciudad correspondiente. La
despersonalización de las ciudades es, en realidad, trasunto del fracasado
proyecto europeo. El Café Odeón y el barco Montserrat son fragmentos de la
Europa que pudo ser y nunca fue. Y en último término, si de buscar patrias
interiores se refiere, ninguna mejor que la cultura, aquella donde podemos
clavar nuestra pica sin temor. El libro se agarra a ese asidero con verdadera
devoción. Fantasmas de la ciudad está escrita con esa lírica de la
desolación que mece los corazones. Y el lector acepta gustoso el quite, y entra
en el limbo. Y se queda para siempre. Fantasmas también.
lunes, 24 de septiembre de 2018
lunes, 17 de septiembre de 2018
415. No puedo con Bolaño (Anatema)
El problema de tener criterio propio en materia
literaria es que aquel no siempre coincide con el aceptado por la mayoría, con
eso que los cursis llaman el establishment. Una suerte de club en el que
todo el mundo quiere entrar aunque para ello se deba aparentar estar muy
interesado y muy puesto en los autores que el cenáculo ha consagrado
oficialmente para su adoración incondicional. Ocurre entonces que uno ya no
sabe si tiene atrofiado el intelecto, si ha perdido toda sensibilidad o si
pertenece a otra dimensión del espacio-tiempo pues al atribulado lector le es
imposible hallar en aquella idolatría libresca del insigne ateneo de sabios los
tesoros que éstos descubren en cada página escrita por su prócer, deificado y
venerado en los altares de las columnas periodísticas, de las tertulias
literarias, de las librerías outsiders. Y a mí ya me deben de estar
seduciendo algo, pues en las pocas líneas que llevo escritas hasta aquí atesoro
ya dos anglicismos muy chupiguays, de
esos que uno debe soltar en los corrillos que se producen tras la asistencia a
las presentaciones de libros. Pero no, la cursiva delata mi resistencia, del
mismo modo que mis silencios en esos corrillos de marras delatan mi perplejidad
ante los juicios hiperbólicos sobre autores que no me han dicho nunca nada o
que maldita la noticia que tengo de ellos. Y a ver quién es el guapo que se
pone contestatario ante estas verdades literarias nunca puestas en duda, cuando
todo quisque habla maravillas y los entendidos las ratifican en sus sesudas
reseñas. Tiene uno el riesgo de ser excomulgado de inmediato por su santísima
autoridad literaria y sacrificado a la pira de los necios incapaces de admirar
tamaño magisterio. Me pasa con Roberto Bolaño –¡oh, anatema!– y un poquito menos con Julio Cortázar –¡oh,
herejía!–. Si en nuestro tiempo uno no se considera bolañista convencido es
imposible sobrevivir en los nuevos casinos de la palabra. Existe, además, una
pléyade de autores que siempre estará en los decálogos de los bolañistas. Es
como una constelación necesaria y contingente, un sistema de relaciones
literarias inevitable. Hagan la prueba: busquen en Google a Roberto
Bolaño y comprobarán atónitos cómo el buscador le responde sugerente: “Otras
personas que buscaron a Roberto Bolaño, también buscan…” Y ahí aparece el
glorioso listado de autores afines, de los que yo salvaría a escasos cuatro o
cinco. Venga, a seis. Mejor no entrar en detalles del donoso escrutinio, no
vaya ser que pierda amistades, que no me inviten a presentar libros o que,
directamente, me lancen a aquel círculo noveno del infierno donde Dante colocó
a los traidores.
Juro que lo intento. Que escudriño cada frase, que me
sugestiono hasta creer haber hallado la piedra filosofal en aquel otro párrafo,
que invento –hasta creérmelas– sugestivas interpretaciones sobre el argumento
para darle la razón a toda esa gente entusiasta que no puede estar equivocada.
Pero no puedo. Frustrado, agarro el libro y lo cierro con un gesto, a veces de
desolación, a veces de agravio por la tomadura de pelo. Entonces, cuando creo
que mi brújula está desnortada sin remedio, me refugio en mis autores
favoritos, que aparecen mucho menos en los suplementos culturales y de los que
incomprensiblemente casi nunca se habla en los debates literarios, y respiro. Y
me reconcilio con la literatura y conmigo mismo. Y pienso –qué caray–, que no.
Que mi intelecto y mi sensibilidad parecen estar en buen estado de revista. Y
que no soy un bicho raro ni puedo estar tan equivocado. Y la brújula vuelve a
señalar el norte.
lunes, 10 de septiembre de 2018
414. Cuando el dolor ajeno es el propio
Cuando desde la crítica literaria se pondera el valor
de la autenticidad, sobre todo en aquellos casos donde se relatan sucesos
reales, no se hace tanto para destacar la prolijidad de los detalles
narrativos, su rigor argumental o documental, ni siquiera su verosimilitud. La
autenticidad tiene más que ver con la verdad experiencial, que puede emanar
tanto del contenido que se evoca como del propio proceso de escritura y su
trance a la hora de volcar sobre el papel la visceralidad de la que se nutren
las palabras. En ese sentido, lo auténtico es esa punzada imprecisa pero
certera de verdad donde lo literario se comporta como mero nigromante para
quedar trascendido luego por esa sinceridad radical que lo inunda todo en el
texto. Conviene, eso sí, que a esa franqueza inapelable y torrencial se le ciña
la brida de la contención para que su galope no levante la polvareda del
exceso, de la cursilería o del morbo en que tan fácil es incurrir cuando se
desbocan los corceles del alma.
Sirva todo este amplio preámbulo para concluir que El
dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández es, efectivamente, una obra
de una autenticidad deslumbrante, administrada con la dosificación que el
magisterio narrativo pero también la conciencia ética ejercen sobre un asunto
tan delicado y doloroso. Y es que la novela evoca el crimen real acaecido en la
Nochebuena de 1995, cometido por el mejor amigo del autor, quien asesinó a su
propia hermana y luego se suicidó tirándose por un barranco. La reconstrucción
de los hechos, que ocultan algunos pormenores aún oscuros, podría dar lugar a
una suerte de novela detectivesca con vericuetos insospechados que alumbraran
alguna sorpresa escondida tras la pátina de lo archivado o que reparase algún
agravio desapercibido en una investigación a la que se ha pegado carpetazo
demasiado rápido. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que todo el libro es,
en realidad, un registro personal del proceso de escritura, un cuaderno de
notas previas que, una vez ordenadas, debían convertirse en esa novela policíaca
que nunca se llegó a escribir porque lo importante ya no era la novela misma
sino las propias notas, la catarsis que el proyecto literario, en su estado
embrionario, estaba ejerciendo sobre el autor. Resulta que el embrión era, en
realidad, la criatura misma. La búsqueda de sí mismo y la reconciliación con su
tierra, esa huerta murciana que, a veces, y salvando las distancias, llega a
parecerse a aquella Albufera de Blasco Ibáñez, cuyo ambiente sofocante y
cerrado parece propiciar el advenimiento de las bajas pulsiones. Al libro lo
jalona, además, toda una serie de escrúpulos éticos sobre la conveniencia de
desenterrar el dolor de los demás, algo que me recordó un tanto a las
reticencias que Fernando Aramburu exponía en Patria a la hora de
escribir sobre ETA. Quizás por eso, Miguel Ángel Hernández halla en la
resurrección literaria de Rosi, la víctima del relato, un contrapunto a esas
reservas morales, y de algún modo le redime y le justifica. De todos modos,
nada puede reprochársele en ese particular al autor. Porque cuando Miguel Ángel
Hernández exhuma el dolor de los demás, cuando revive el miedo de tantas
personas aterradas por aquel suceso, está también tratando de curar el suyo.
Porque el dolor de los demás, es muchas veces, el dolor propio.
lunes, 30 de julio de 2018
413. Mary
Una de las artimañas más inaceptables del nuevo
feminismo (mucho más regresivo de lo que la mayoría de sus defensores cree) es
la burda manipulación de la realidad y su hipocresía. Lo vimos hace poco,
cuando en el programa de Susanna Griso, Espejo público, se grabó un
reportaje donde se pretendía probar el comportamiento soez de determinados
hombres que piropeaban groseramente a la periodista Claudia García. Luego se
supo que los piropeadores eran falsos y que el reportaje estaba amañado. En
otro programa matutino, no recuerdo ahora el nombre ni el canal, varias mujeres
votaban por los futbolistas más macizos del Mundial, justo después de reprobar
a los hombres determinadas conductas machistas. ¿Se imaginan que, pongamos por
caso, en El Chiringuito de Jugones –otro infame producto televisivo–, los
contertulios se pusieran a valorar a las tenistas más atractivas que han pasado
este año por la ATP? El canal Cuatro mantiene su encarnizada cruzada por la
dignificación de la mujer mientras en horario de notable audiencia mantiene el
programa Mujeres y hombres y viceversa, donde la cosificación de la
mujer y la degradación intelectual de sus participantes femeninas resulta
sonrojante. Como mínimo, esa misma cualidad la comparten con los hombres de ese
mismo programa, así que aún tendremos que celebrar la tan ponderada paridad.
En la literatura, el último intento de falsear los
hechos lo ha llevado a cabo la directora saudí Haifaa al-Mansour, cuya
encomiable labor cinematográfica en defensa de los derechos de las mujeres
árabes no la legitima para deformar de manera capciosa la biografía de la
escritora Mary Shelley, la protagonista de su última película. La cinta
pretende presentar a la autora de Frankenstein como la mujer que tuvo
que lidiar con la sociedad patriarcal de la Inglaterra del siglo XIX para poder
reivindicar la autoría de su obra que –y aquí reside la falacia– había escrito
sin el concurso de su marido Percy Shelley. Quizás Al-Mansour se tomó demasiado
en serio aquella afirmación de Mary cuando en sus memorias había escrito que
“no debo a mi esposo la sugerencia de una sola idea, ni siquiera de un
sentimiento”. Además del famoso prefacio, hoy sabemos, por ejemplo, que el
capítulo X de Frankenstein incorpora metáforas acuñadas por Percy para
su poema “Mont Blanc”, fruto de su visita al glaciar Montanvert, que conoció
junto a Mary. Pero es que, además, Percy fue determinante en la corrección de
los numerosos errores de estilo y ortografía de su mujer, en la inclusión de
interpolaciones y hasta en el desenlace de la novela.
Para que yo admire a Mary Shelley, no me hace falta
que me mientan. Basta tan solo con que haya escrito Frankenstein, con o
sin la ayuda de su marido, en una época donde el papel de la mujer parecía
testimonial. Que se lo digan, si no, a la propia madre de Mary, la escritora
Mary Wollstonecraft, pionera del feminismo y autora de la célebre Vindicación
de los derechos de la mujer (¡1792!), que tuvo el rechazo hasta de las
propias feministas, por ver en la emancipación y liberación sexual de la mujer
que aquélla defendía un riesgo demasiado alto para el decoro y el orden social.
Para que yo admire a Mary Shelley, digo, me basta su batalla épica contra las
calamidades de su vida, restañadas siempre con la fe en el amor. La podemita
Irene Montero, la defensora de las portavozas, llegó a decir que “el
amor romántico es opresor, patriarcal y tóxico”. Mary Shelley consiguió
rescatar de la pira funeraria donde incineraron a su marido, el corazón de
Percy, que conservó luego entre las páginas de uno de sus tomos de poesía, y se
hizo enterrar con él y el único hijo que la sobrevivió. Y, sin embargo, Mary
podría avergonzar con su lección de feminismo a todas las irenesmonteros.
Porque el feminismo es otra cosa. Feminismo es escribir Frankenstein en el siglo
XIX.
lunes, 23 de julio de 2018
412. El banco de los enamorados
Resulta enojoso toparse en un mismo párrafo con los
nombres de Quim Torra y de Antonio Machado juntos. La distancia sideral que
separa a ambos en la calidad humana, y no digamos ya en el plano intelectual, convierte
al renglón que los comparte poco menos que en una afrenta ominosa para el poeta
sevillano, aunque él, paradigma de la tolerancia y filántropo universal, no le
daría importancia alguna. Pero la caprichosa tiranía de la actualidad ha
querido colocar ambos nombres en la misma página, empeñado como estaba el Poc
Honorable en que el presidente Sánchez le mostrara el jardín de la Moncloa
donde se citaban, clandestinamente, don Antonio y doña Guiomar. Hubiéramos
deseado asistir al mismo interés de Torra por Machado cuando sus acólitos
radicales quisieron retirarle una calle en Sabadell pero entonces, el
presidente de menos de la mitad de los catalanes no dijo esta boca es mía.
Efectivamente, Pilar de Valderrama –la Guiomar de los
poemas de Machado–, y el poeta, que ya se conocían de un encuentro en Segovia,
donde ejercía la docencia el sevillano, y a donde Pilar había viajado para
recobrarse de una infidelidad de su marido (con suicidio de la querida
incluido), comenzaron a verse durante el verano de hace 80 años en los jardines
de la Moncloa, cuando la actual residencia oficial del presidente del Gobierno
era sólo un palacete del siglo XVIII catalogado como bien de interés
arquitectónico, propiedad del Ministerio de Instrucción Pública. Machado llamó
a aquel jardín en sus cartas y poemas a Guiomar como “El Jardín de la Fuente” y
al banco donde ambos se sentaban como “El Banco de los Enamorados”. Comoquiera
que el jardín estaba sólo a un quilómetro y medio de la casa de Pilar, la
pareja decidió citarse en el Café Franco-Español, sito en el barrio obrero de
Cuatro Caminos, al que Machado se refería como “nuestro rincón”. La obsesión de
Machado por Pilar de Valderrama llega a ser, para el lector que se acerque a su
correspondencia, sonrojante. A veces, Machado se llegaba furtivamente a las
inmediaciones del chalé de ella para verla aparecer por los ventanales. Los
apelativos cariñosos, de lo más cursi (lo que demuestra que hablaba el hombre
desbordado y no el poeta), y su entrega incondicional, parecen contrastar con
la aparente frialdad de Pilar, siempre atenta a la salvaguarda de su castidad
(algunos pasajes de las cartas de Machado han sido decoloradas por ella cuando
veía en éstas alguna exaltación amatoria que comprometiera su virtud) y en la que se intuye cierta ambición
personal relacionada con el patronazgo que el poeta pudiera llevar a cabo de
las obras de aquella, aunque no queremos ser mal pensados. De ideas
conservadoras, Pilar de Valderrama no vio con buenos ojos el advenimiento de la
República, y Machado, republicano convencido, debe hablarle con cautela cuando
las conversaciones derivan hacia temas políticos. Su relación duró 8 años, el
tiempo que tardó en llegar la guerra. La familia de Valderrama se refugió en la
Portugal de Salazar, y del final de Machado no hace falta dar cuenta.
Probablemente, Pilar fue el gran amor en la vida del poeta cuando éste ya no creía
que reverdeciera la pasión en su corazón.
Ahora, en el Banco de los Enamorados ya no se sientan
Guiomar y Antonio, sino Sánchez y Torra. Y estos, como otrora los amantes, también
se profesan palabras de amor. Pedro y Quim. Pedro le acaricia el lacito
amarillo y le dice cariñosamente “ay, mi terco tontín”; y Quim le recuerda a
Sánchez que Estremera era el apellido de la amiga de Guiomar, la cómplice que
ayudaba a que las cartas inflamadas de amor de Antonio llegaran hasta sus
manos, y no una cárcel de Madrid. Y así, entre estas confidencias susurradas,
cae el crepúsculo en el Jardín de la Fuente y Quim deja caer su cabeza sobre el
hombro de Pedro en el Banco de los Enamorados.
lunes, 16 de julio de 2018
411. Literatura infeliz
Si hay algo en lo que el ser humano se reconoce
radicalmente es en la infelicidad. Pulimos el espejo donde nos miramos, lo
abrillantamos, lo decoramos con un bonito marco pero, indefectiblemente, el
azogue de la vida acaba convirtiéndolo en una superficie purulenta que se
superpone a nuestro rostro como un sarampión. Y es así, de esa guisa ante el
espejo, como mejor nos reconocemos; es así, en las cicatrices del tiempo, donde
aceptamos nuestra verdad más esencial, las más dolorosa y, a la vez, la más
hermosa. Afirma el profesor Eric G. Wilson en su libro Contra la felicidad.
En defensa de la melancolía, publicado por Taurus hace ya una década, que
“fue el cavernícola melancólico y retraído que se quedaba atrás y meditaba,
mientras sus felices y musculosos compañeros cazaban la cena, quien hizo
avanzar la cultura”. Y es que lo mejor de la cultura no se entendería sin la
melancolía, sin el destino aciago, sin la tristeza, sin la infelicidad. La
experiencia de la propia melancolía es precisamente la que activa la conciencia
del propio yo, su territorio incómodo pero auténtico y profundo, su
esencialidad, lejos de las consignas de la sociedad materialista que nos quiere
a todos felices mediante los mismos mecanismos de alienación, como cortados
todos por el mismo patrón de un hedonismo salvaje que no se refuta: autómatas
de la felicidad, zombis de la dicha. Quien no haya probado la hiel de la
melancolía, jamás sabrá quién es de verdad: un ignorante aborregado que nunca
buceará por las bellísimas simas de su humanidad. La felicidad sin cortapisas y
la estupidez o la ignorancia son conceptos que pueden estar más cerca de lo que
uno cree. Por eso, la mayor parte de las grandes obras de la literatura
universal son infelices. Porque el genio que las creó, activó el resorte de su
padecimiento, porque excavó el filón de su tristeza y halló el mineral precioso
de su vocación trascendente. No abunda la literatura feliz porque la felicidad
no genera creatividad, no activa ningún conflicto. Si se es feliz, no se
cuenta. Se es y ya está. ¿Qué interés reporta? El inicio de Ana Karenina
es significativo al respecto: “Todas las familias dichosas se parecen, pero las
infelices lo son cada una a su manera”. Casi todas las obras de Shakesperare,
el más grande artífice de las pasiones humanas, son infelices. Don Quijote no
tiene nada de cómico; Madame Bovary, Ana Karenina y Ana Ozores no fueron
epicúreas del amor; al Paraíso de Dante le precedió su Infierno. ¿Y qué decir
de la poesía lírica? Sólo esa suerte de celebración guilleniana del mundo,
común a muchos poetas, parece optimista, pero hasta en ella hay una ambigua
comunión con el cosmos donde el alma anhela diluirse y desaparecer. En la
desgracia las palabras parecen sublimarse ataviadas en su luto, se desangran
heroicamente en su trance luctuoso, como un ejército de letras derrotado
regresando de la contienda de la vida en cuyos harapos ajados hubiera más
grandeza que en las galas de las grandes fiestas. Palabras que desafían la
comodidad de la semántica porque han vuelto del averno del sufrimiento
empapadas de las vísceras de sus nuevos significados; palabras como negras
erinias de una tragedia griega, procesionando el dolor, transportándolo en
andas hasta el altar de la literatura; palabras inmolándose a su holocausto en
la pira sacrificial de los libros mientras los lectores, feligresía en
catarsis, entona en el bisbiseo de la lectura la universal letanía del sufrimiento.
Tan terrible. Tan hermosa.
lunes, 9 de julio de 2018
410. Casi cuarenta
Tengo 39 años y 11 meses. Casi 40. Como el título de
la última película de David Trueba, con sus personajes desnortados, resignados
a que eso de la vida iba en serio – como rezaba el famoso y manido verso de Gil
de Biedma–, a que los sueños de juventud, esperanzas y proyectos, queden
varados entre los escollos de los años estériles e irrecuperables. Y a estas
alturas de mi vida, pienso si no estoy llegando ya demasiado tarde a esto de la
escritura. Si no es todo un capricho infantil mantenido en el barbecho de las
ilusiones durante mucho tiempo, si no es un juego de la edad tardía, como
tituló Luis Landero su primera novela –publicada, por cierto, cuando el autor
extremeño rondaba los 41 años–, si no padezco una suerte de síndrome de Peter
Pan literario que aún me hace creer en una carrera novelística, en las
veleidades del reconocimiento, en la tonta vanidad de verse uno en letra de
molde, en los anaqueles de una librería, en las recomendaciones críticas de los
periódicos, en una entrevista con Óscar López en Página 2, en la Feria
del Libro de Madrid. Cuántas bobadas. Me alivia un tanto saber que mi admirado
Landero publicó por primera vez a los 41. O que Raymond Chandler hizo lo propio
con su primera novela, El sueño eterno, a los 51. Hay más casos. Defoe
debutó a los 59 años con su Robinson Crusoe; Giusepe Tomasi di Lampedusa
se estrenó a los 58 con El gatopardo; Alberto Méndez nos cautivó con su
primera novela, Los girasoles ciegos, a los 65; Stieg Larsson comenzó a
escribir a los 47; Saramago, fracasó con su primera novela, escrita a los 25 y
tuvo que esperar a cumplir la cincuentena para establecerse definitivamente
como escritor. A Saramago seguramente le encajaría bien aquella sentencia de
Margarita Yourcenar –esta sí, precocísima escritora–, que llegó a decir que hay
novelas que no debieran escribirse hasta pasados los 40. Bukowski, Sebald,
Camilieri, Perrault, Wallace Stevens, el Marqués de Sade, Álvaro Mutis, William
Golding también fueron escritores tardíos. Pero, llegados a este punto, ¿es
legítimo ese marbete de “escritores tardíos”? El sabio refranero español dice
que nunca es tarde si la dicha es buena, y todos esos escritores “tardíos” han
supuesto una dicha para sus lectores. Un escritor o es bueno o no lo es, pero
¿qué sentido tiene recalcar que es “tardío”?
¿Cuándo es tarde para la literatura?
Entonces, ¿de dónde me viene a mí esta sensación, un
tanto humillante, de estar empecinado, a mi edad, con las canas ya aflorando en
la sienes y en la barba, y las arrugas pertrechando su barricada contra mi recién extinta juventud, de dónde viene, digo, esa sensación de estar empecinado en un
antojo, en una extravagancia, en una pataleta de niño consentido,
mamá-quiero-ser-escritor? Quizás provenga de otra certeza: de no saber uno por
qué se dedica a escribir. Escribir aunque su ejercicio no constituya el
sustento económico de una vida. Escribir como una compulsión, como una
necesidad, a veces como un sufrimiento que uno se inflige sin saber por qué. A
ver quién entiende eso. Y como los 40 es la edad de la madurez, uno se pregunta
a sí mismo con sonrojo por la pueril
contumacia de sus afanes literarios. Pero es que hago balance de mis 39 años y
11 meses y no encuentro nada que sepa hacer mejor. No sé si bien o mal,
probablemente mal. Pero nada que sepa hacer mejor. Ya ven en qué han parado mis
39 años y 11 meses. Mis casi 40.
martes, 3 de julio de 2018
409. Custodios literarios
Es el año 19.a.C. En su lecho de muerte, Virgilio
encarga a sus allegados quemar la obra de su vida. No cree que haya alcanzado
con ella la gloria a la que aspiraba y, quizás, teme haber puesto al servicio
de la propaganda política de Augusto los casi diez mil hexámetros de la
composición. Virgilio cree que la literatura no debiera humillarse ante ese
servilismo. El emperador y sus amistades no consienten en su último deseo. En
las aulas, millones de alumnos en todo el mundo traducen la Eneida en
sus ejercicios de latín.
Año 1060. El visir Al Mu’Allim pasea por el barrio
mozárabe de Sevilla y anota mentalmente la cancioncilla que entona la vendedora
de especias. Servirá de base para su moaxaja. Casi un milenio después, en 1948,
Samuel Miklos Stern traduce las moaxajas y desgaja de ellas los versos finales
que se hallan en mozárabe. Stern ha descubierto las jarchas que se ocultan en
ellos. La vendedora de especias canta de nuevo desde los vórtices del tiempo.
Mayo de 1207. En un monasterio cualquiera, el amanuense
Pedro rasga la madrugada con el sonido de su cálamo sobre el pergamino. Cuando
las sombras cimbreantes de las velas se proyectan sobre los caracteres, diríase
que es el perfil del Cid quien cabalga los versos. El juglar que cantara su
epopeya ya es voz de tinta para la eternidad.
En 1543 aún está caliente el cadáver de Juan Boscán.
Su viuda, Ana Girón de Rebolledo, se encamina hacia la imprenta de Carles
Amorós, en Barcelona. Aprieta contra su pecho los legajos donde se hallan los
poemas de su marido, junto con los de su amigo Garcilaso de la Vega, que Boscán
había dejado preparados ante de morir. Y en esta perseverancia de doña Ana,
nada pueden las piedras de Le Muy.
El 22 de diciembre de 1870, se produce un eclipse
total de sol. En el número 23 de la calle de Claudio Coello, en Madrid, muere
Gustavo Adolfo Bécquer. No había alcanzado los 35 años. En su agonía, ha pedido
a su amigo Augusto Ferrán que publique su obra: “Tengo el presentimiento de que
muerto seré más y mejor conocido que vivo”. Los detalles de esa publicación se
acordaron en el estudio del pintor Casado del Alisal. El eclipse de sol se
volvió rayo de luna.
En 1900 se casan Menéndez Pidal y María Goyri. Su
viaje de novios les lleva a realizar una ruta por los pueblos cidianos,
recogiendo versiones de romances históricos de tradición oral hasta entonces
desconocidos. En el Burgo de Osma, resucitó el príncipe don Juan.
En el verano de 1924, ya en su lecho de muerte, Franz
Kafka corrige de su puño y letra cuatro relatos que deseaba dar a la imprenta.
Con esa fortaleza en su agonía, ¿cómo se iba a tomar en serio su amigo y editor
Max Brod, la idea de Kafka de destruir toda su obra? Sólo su compañera, Dora
Diamant, respetó su última voluntad, aunque sólo en parte: guardó en secreto la
mayoría de sus últimos textos hasta que la Gestapo los confiscó en 1933. La
búsqueda de estos papeles aún continúa. En 1925, Margarita Nelken, de forma
anónima, publica en la Revista de Occidente, la primera traducción de La
metamorfosis al español. Nelken y Brod tuvieron que exiliarse para huir de
la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial, respectivamente. Pero clavaron
su pica en la patria de la literatura para siempre.
Custodios todos ellos del tesoro incalculable del que
se sintieron responsables. Héroes sin cuyo concurso providencial la literatura
sería otra. De nada serviría, sin embargo, su trabajo, sin los otros custodios.
Los que perpetúan la vida de la literatura cada vez que abren un libro.
Custodios también nosotros, los lectores, verdaderos depositarios del grial de
sus palabras.
lunes, 25 de junio de 2018
408. Onanismos literarios: la autoedición
De un tiempo a esta parte se ha producido un aumento
significativo del número de empresas
editoriales que brindan sus servicios a todos aquellos que desean publicar un
libro. Y cuando digo a todos, estoy diciendo exactamente eso: a todos. Basta
con abonar las tarifas correspondientes, según número de páginas y tirada, y ya
tenemos un nuevo libro en la calle para alimentar la vanidad de verse uno
encuadernado y en letra de molde. El filtro es muy escaso porque ya se sabe que
el talento es proporcional al dispendio pecuniario del aspirante, pero estas
pseudoeditoriales tratan de guardar las apariencias y hasta contestan al
cliente mediante cartas con apariencia de seria profesionalidad ponderando las
calidades del manuscrito, que ha sido estimado por el distinguido equipo de un
departamento de lectura y que ha sido considerado por unanimidad merecedor de
formar parte de su privilegiado catálogo. Al publicador (me cuesta hablar de
escritor) ya no le cabe duda alguna: su libro es una obra maestra, ya han visto
ustedes los encomios que el departamento de lectura de la insigne editorial le
ha dedicado, y si ha sido desatendido o incomprendido por las grandes
editoriales (y las medianas; y las pequeñas; y las minúsculas) ha sido sólo
porque esa gente no entiende de
literatura y porque se prestan al mercantilismo de la literatura de masas y
porque hay mucha endogamia y porque y porque y porque. Y ya tenemos a nuestro
escritor ufanándose en las redes sociales y anunciando la presentación de su
flamante libro en la cafetería de su tío. El libro no tendrá más recorrido,
pero el autor ya habrá podido decir que ha vivido su experiencia de escritor
–sé escritor por un día, posa para la foto sujetando tu obra maestra,
experimenta la sensación de firmar ejemplares a tus nuevos lectores, a qué
esperas, cumple tu sueño, paga y con la primera tirada te regalamos tu pluma de
vate atormentado.
¿Significa esto que todos los libros autoeditados son
malos? En absoluto, igual que todos los libros publicados por editoriales
grandes no tienen por qué ser buenos. Pero el porcentaje es tan ínfimo que a lo
único que contribuyen estas empresas es a engrosar la masificación libresca de
mala calidad, a trivializar el hecho literario y a generar multitud de
frustraciones entre quienes confían en ellas. Si has presentado tu libro a
premios fiables y no has superado la primera criba; si todos los editores a los
que mandas tu libro lo han rechazado, ¿no será que el libro no vale tanto como
piensas? Es natural que, tras el ímprobo esfuerzo que supone escribir, la euforia de la palabra “FIN” después de
tropecientas páginas nuble el entendimiento y uno piense que su libro es el
mejor del mundo. Pero la primera criba debe ser tamizada por el propio escritor
en aras de un realismo terapéutico. Y no todo el mundo es capaz de convertirse
en el primer detractor de su propia obra. Si el libro es verdaderamente bueno
será publicado más tarde o más temprano, alguien sabrá valorarlo; quizás pase
mucho tiempo, pero verá la luz. Pero si
hay demasiados indicios (los que el escritor mismo percibe en su fuero interno
sin atreverse a reconocerlos) de que el libro es malo, es mejor tirarlo a la
basura, volver a empezar, aprender de los grandes maestros, leer mucho o, en
último término, en un ejercicio de honestidad que siempre nos ennoblecerá,
dedicarse a otra cosa. Pero que no se nos castigue más. Si un genio como Kafka
pidió antes de morir que sus obras fueran destruidas, ¿por qué ese empeño de un
juntaletras cualquiera por medrar a toda costa? ¿Y no resulta humillante pagar
para que le vean a uno? Los mejores escritores son, casi siempre, invisibles.
martes, 19 de junio de 2018
407. Cervantes también es fascista
Que la perversión del lenguaje constituye uno de los
paradigmas del separatismo catalán es algo que ya sabíamos desde hace tiempo.
Lo que no esperábamos es que su audacia se atreviera también con Cervantes,
cuyo homenaje fue boicoteado a gritos de “fora feixistes” por grupos radicales
independentistas el pasado 7 de junio en la Universidad de Barcelona, con los
agravantes de violencia e intimidación. La ligereza con que se utiliza en
Cataluña el término “fascista” para todo aquello que huele a español o atribuido
a quienes no comulgan con la causa soberanista, más que indignación produce ya
sonrojo. No sólo porque se use como una especie de mantra o ripio de poeta
malo, sino porque demuestra la profunda ignorancia y desconocimiento de la
Historia de quienes blanden el desafortunado término arrogándose una suerte de
autoridad moral nacida de la mentira del agravio, sin saber que son ellos
mismos los que adoptan la postura totalitaria contra la que creen luchar, al
violentar las ideas y libertades de los demás, como en el caso de marras. En
ese sentido, resulta aterrador comprobar cómo el nacionalismo fundamentalista
está reproduciendo con inquietante parentesco la estética y las acciones de los
totalitarismos del siglo pasado.
Quienes defienden el boicot al homenaje cervantino,
entre quienes se hallan representantes de una parte de la izquierda –lo que lo
hace aún más lamentable, pues traiciona vilmente su propio ideario de
tolerancia– aducen que protestaban contra la plataforma convocante, Societat
Civil Catalana, a la que acusan de coquetear con la extrema derecha, particular
que yo ignoro. Pero mientras alguien me demuestra esas oscuras conexiones de
una asociación que jamás ha reventado el acto de nadie, que ha utilizado como
vocales en los suyos a los muy fascistas Vargas Llosa, Josep Borrell o Félix
Ovejero, entre otros, o que ha logrado reunir a cientos de miles de catalanes
contra los abusos del separatismo –fascistas, imagino también–, mientras
alguien me lo aclara, digo, que ese alguien me explique también qué culpa
tenían de todo esto Cervantes o Jean Canavaggio a sus 81 años o las personas
que acudieron al Aula Magna de la universidad con la sana intención de escuchar
al insigne biógrafo y a cultivarse con la ponencia sobre nuestra figura más
señera y universal. Y, hablando de universalismo, ¿cómo se explica que el
rector de la universidad, la casa de todos, no pudiera garantizar la seguridad
de los asistentes y, con vergonzante connivencia, les pidiera cancelar el acto
y salir por una puerta lateral “en silencio y ordenadamente” mientras los
radicales aporreaban la puerta principal e insultaban a público y ponentes? ¿Se
imaginan si el boicot hubiera sido a la inversa?
Pero ésta es una columna literaria. Hablemos, pues, de
literatura. Aunque resulten ya muy manidas conviene recordar estas
palabras:
“Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los
extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los
ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y única en sitio y en belleza”.
Y estas otras:
"Admiroles el hermoso sitio de la ciudad [de
Barcelona], y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de
España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y
delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería,
ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, famosa,
rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso lector."
Estas palabras las escribió Cervantes, ese facha
redomado.
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