lunes, 25 de junio de 2018

408. Onanismos literarios: la autoedición




De un tiempo a esta parte se ha producido un aumento significativo del número de  empresas editoriales que brindan sus servicios a todos aquellos que desean publicar un libro. Y cuando digo a todos, estoy diciendo exactamente eso: a todos. Basta con abonar las tarifas correspondientes, según número de páginas y tirada, y ya tenemos un nuevo libro en la calle para alimentar la vanidad de verse uno encuadernado y en letra de molde. El filtro es muy escaso porque ya se sabe que el talento es proporcional al dispendio pecuniario del aspirante, pero estas pseudoeditoriales tratan de guardar las apariencias y hasta contestan al cliente mediante cartas con apariencia de seria profesionalidad ponderando las calidades del manuscrito, que ha sido estimado por el distinguido equipo de un departamento de lectura y que ha sido considerado por unanimidad merecedor de formar parte de su privilegiado catálogo. Al publicador (me cuesta hablar de escritor) ya no le cabe duda alguna: su libro es una obra maestra, ya han visto ustedes los encomios que el departamento de lectura de la insigne editorial le ha dedicado, y si ha sido desatendido o incomprendido por las grandes editoriales (y las medianas; y las pequeñas; y las minúsculas) ha sido sólo porque esa gente no  entiende de literatura y porque se prestan al mercantilismo de la literatura de masas y porque hay mucha endogamia y porque y porque y porque. Y ya tenemos a nuestro escritor ufanándose en las redes sociales y anunciando la presentación de su flamante libro en la cafetería de su tío. El libro no tendrá más recorrido, pero el autor ya habrá podido decir que ha vivido su experiencia de escritor –sé escritor por un día, posa para la foto sujetando tu obra maestra, experimenta la sensación de firmar ejemplares a tus nuevos lectores, a qué esperas, cumple tu sueño, paga y con la primera tirada te regalamos tu pluma de vate atormentado.
¿Significa esto que todos los libros autoeditados son malos? En absoluto, igual que todos los libros publicados por editoriales grandes no tienen por qué ser buenos. Pero el porcentaje es tan ínfimo que a lo único que contribuyen estas empresas es a engrosar la masificación libresca de mala calidad, a trivializar el hecho literario y a generar multitud de frustraciones entre quienes confían en ellas. Si has presentado tu libro a premios fiables y no has superado la primera criba; si todos los editores a los que mandas tu libro lo han rechazado, ¿no será que el libro no vale tanto como piensas? Es natural que, tras el ímprobo esfuerzo que supone escribir,  la euforia de la palabra “FIN” después de tropecientas páginas nuble el entendimiento y uno piense que su libro es el mejor del mundo. Pero la primera criba debe ser tamizada por el propio escritor en aras de un realismo terapéutico. Y no todo el mundo es capaz de convertirse en el primer detractor de su propia obra. Si el libro es verdaderamente bueno será publicado más tarde o más temprano, alguien sabrá valorarlo; quizás pase mucho tiempo, pero verá la luz.  Pero si hay demasiados indicios (los que el escritor mismo percibe en su fuero interno sin atreverse a reconocerlos) de que el libro es malo, es mejor tirarlo a la basura, volver a empezar, aprender de los grandes maestros, leer mucho o, en último término, en un ejercicio de honestidad que siempre nos ennoblecerá, dedicarse a otra cosa. Pero que no se nos castigue más. Si un genio como Kafka pidió antes de morir que sus obras fueran destruidas, ¿por qué ese empeño de un juntaletras cualquiera por medrar a toda costa? ¿Y no resulta humillante pagar para que le vean a uno? Los mejores escritores son, casi siempre, invisibles.

martes, 19 de junio de 2018

407. Cervantes también es fascista




Que la perversión del lenguaje constituye uno de los paradigmas del separatismo catalán es algo que ya sabíamos desde hace tiempo. Lo que no esperábamos es que su audacia se atreviera también con Cervantes, cuyo homenaje fue boicoteado a gritos de “fora feixistes” por grupos radicales independentistas el pasado 7 de junio en la Universidad de Barcelona, con los agravantes de violencia e intimidación. La ligereza con que se utiliza en Cataluña el término “fascista” para todo aquello que huele a español o atribuido a quienes no comulgan con la causa soberanista, más que indignación produce ya sonrojo. No sólo porque se use como una especie de mantra o ripio de poeta malo, sino porque demuestra la profunda ignorancia y desconocimiento de la Historia de quienes blanden el desafortunado término arrogándose una suerte de autoridad moral nacida de la mentira del agravio, sin saber que son ellos mismos los que adoptan la postura totalitaria contra la que creen luchar, al violentar las ideas y libertades de los demás, como en el caso de marras. En ese sentido, resulta aterrador comprobar cómo el nacionalismo fundamentalista está reproduciendo con inquietante parentesco la estética y las acciones de los totalitarismos del siglo pasado.
Quienes defienden el boicot al homenaje cervantino, entre quienes se hallan representantes de una parte de la izquierda –lo que lo hace aún más lamentable, pues traiciona vilmente su propio ideario de tolerancia– aducen que protestaban contra la plataforma convocante, Societat Civil Catalana, a la que acusan de coquetear con la extrema derecha, particular que yo ignoro. Pero mientras alguien me demuestra esas oscuras conexiones de una asociación que jamás ha reventado el acto de nadie, que ha utilizado como vocales en los suyos a los muy fascistas Vargas Llosa, Josep Borrell o Félix Ovejero, entre otros, o que ha logrado reunir a cientos de miles de catalanes contra los abusos del separatismo –fascistas, imagino también–, mientras alguien me lo aclara, digo, que ese alguien me explique también qué culpa tenían de todo esto Cervantes o Jean Canavaggio a sus 81 años o las personas que acudieron al Aula Magna de la universidad con la sana intención de escuchar al insigne biógrafo y a cultivarse con la ponencia sobre nuestra figura más señera y universal. Y, hablando de universalismo, ¿cómo se explica que el rector de la universidad, la casa de todos, no pudiera garantizar la seguridad de los asistentes y, con vergonzante connivencia, les pidiera cancelar el acto y salir por una puerta lateral “en silencio y ordenadamente” mientras los radicales aporreaban la puerta principal e insultaban a público y ponentes? ¿Se imaginan si el boicot hubiera sido a la inversa?
Pero ésta es una columna literaria. Hablemos, pues, de literatura. Aunque resulten ya muy manidas conviene recordar estas palabras: 
“Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y única en sitio y en belleza”. Y estas otras:
"Admiroles el hermoso sitio de la ciudad [de Barcelona], y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso lector."
Estas palabras las escribió Cervantes, ese facha redomado.

lunes, 4 de junio de 2018

406. Clavícula




“Escribo de lo que me duele”, con estas palabras se refiere Marta Sanz a Clavícula, una obra híbrida a medio camino entre la novela, el ensayo y las memorias que está formada por breves capítulos vertebrados por la omnipresencia de un dolor que la escritora madrileña comenzó a sentir en un vuelo hacia San Juan de Puerto Rico. Una “garrapata” que provocó en la narradora-protagonista no sólo un dolor físico, externo, sino también psicológico, interno. Se trata, por tanto, de una obra en la que Sanz se desnuda ante el lector mostrando un episodio amargo de su propia vida, con una autenticidad y sinceridad que aseguran la empatía del lector.
La autora no teme mostrarse débil, humana y en aras de dicha fragilidad, aborda un amplio abanico de temas colaterales que subyacen al dolor: “el miedo a enfermar y el miedo a no poder enfermar”; el sentimiento de culpa por ser la causa de la preocupación de sus seres queridos: “mi dolor me lleva a experimentar una gran culpa. Mi dolor es un fallo que no puedo permitirme”; la larga y fatigosa peregrinación por diferentes especialistas que lanzan hipotéticos diagnósticos y que acaban produciendo un descreimiento recíproco entre el paciente y el doctor: “No puedo creer al médico. Me aparto de él. Él da un paso atrás porque tampoco cree en mí”; la agotadora odisea en busca de una explicación al dolor, en la vital necesidad de ponerle nombre a esa garrapata que la corroe por dentro y por fuera: “Lo que primero necesito urgentemente es ponerle nombre a lo que me pasa y, con el nombre, sentirme parte de algo”; la sensación de soledad que, en ocasiones, se experimenta: “nadie me ayuda” y un largo etcétera. Clavícula también es una legitimación del derecho a expresar un dolor, a quejarnos, en una sociedad que ha convertido algo tan intrínsicamente humano en un tabú y que lleva a muchas personas a sentir vergüenza por no ser capaces siempre de disimular su malestar.
Ahora bien, Clavícula no es sólo un libro que versa sobre el dolor sino que también aparecen otros núcleos temáticos como la precariedad de los escritores. Marta Sanz los dibuja alejándolos de la imagen idílica que la sociedad tiene de ellos y no esconde su necesidad de autoexplotarse para subsistir en un mundo tan inestable como es el literario, hecho que agrava su miedo a enfermar pues supondría su incapacidad para ganarse la vida. De hecho, llega a enumerar las cantidades exactas de sus honorarios a lo largo de diferentes meses, una confesión que “es absolutamente impúdica, pero fundamental”.
Por encima de todo, Clavícula es una obra de amor, una hermosa declaración de amor de Marta Sanz hacia sus progenitores- no en vano se lamenta de haber alterado el orden natural, pues lo lógico es que los hijos cuiden de los padres- y hacia su esposo, su apoyo incondicional. En un ejercicio de generosidad plena hacia el lector, Sanz no duda en compartir los correos electrónicos que se intercambiaba el matrimonio durante su estancia en Colombia, en los que queda patente el amor y la admiración que sienten el uno por el otro. En definitiva, su familia es su principal sustento, la muleta sobre la que caminar cuando le flaquean las fuerzas, cuando siente que su cuerpo y su vida se están rompiendo en pedacitos –la fragmentación del libro bien podría ser metáfora de esta ruptura vital- y a la escritora le aterra preocuparles. ¿Hay, acaso, prueba de amor más irrefutable?
Este ejercicio de desnudez del alma de Sanz va acompañado por una variedad de tonos que oscilan desde la voz reivindicativa, frágil, amorosa, infantil y enfadada hasta la más humorística, como cuando describe algunas pruebas médicas a las que se sometió –no se pierdan la espirometría y la prueba de fuerza-.
En resumen, Marta Sanz nos regala un libro que rebosa autenticidad, verdad; una obra valiente que da visibilidad a temas tabú sobre la enfermedad y la mujer, pero también sobre nuestra sociedad; una poética de la fragilidad, una defensa del derecho a expresar el dolor y una gran muestra de amor. Nos ofrece un aprendizaje, un consuelo, una compañía, una sonrisa amable, una toma de conciencia sobre nuestra humanidad y un ejemplo de cómo la literatura puede ser el mejor antídoto contra el dolor.

lunes, 28 de mayo de 2018

405. Las letras se van de boda




En el santuario de Santa María del Abecedario hoy contraen matrimonio dos letras muy queridas, la señorita d y el señor Q. Es verdad que el embarazo de ella ha precipitado el enlace, pero ello no emborrona la solemnidad del acto. El novio ha aparecido una media hora antes, vestido con elegante frac de cola y ha esperado con claros signos de emoción e impaciencia a la novia en el altar. Ésta ha llegado con algo de retraso (además del menstrual) luciendo su panza en estado de buena esperanza, en cuyo contrapunzón se gesta ya un precioso dígrafo. La acompaña su padre, el señor E, del brazo central. Los invitados han ido desfilando ante los fotógrafos, bien encopetados en sus elegantes astas de tipografía de imprenta. Entre ellos, suscitaron palabras de admiración la señora Ñ, tocada de su distinguida virgulilla,  el señor g, con sus jazmines en el ojal, o la señora p y su lazo prendido en el pelo. Acudieron invitados desde diferentes puntos del mundo. Las letras francesas, portuguesas, rumanas, neerlandesas, noruegas, galesas, eslovacas, griegas, vietnamitas y otras, eran fácilmente distinguibles por sus sombreros circunflejos. Los más pequeños también han acudido, de la mano de sus padres, con sus trajes de letra ligada. Ya, en la misa, se ha podido ver entre los concurrentes alguna lágrima, sobre todo del formal f, quién lo diría. Otros, en cambio, se han dedicado a chismorrear cotilleos en la oreja del vecino de bancada, como el señor g, quien no debía sentirse muy acostumbrado a su atuendo de gala, pues no hacía más que aflojarse el cuello. El sacerdote, monseñor T, con su casulla capitular ha pronunciado un emotivo sermón donde, a modo de parábola, se ha referido al simbolismo del ápice como metáfora de la unión culminante de dos astas. También ha advertido a los novios de las dificultades del matrimonio y de la convivencia, tan llenos de sinuosas espinas, así como de la debilidad de los vértices inferiores y sus peligrosas tentaciones. Por último, el párroco ha tenido unas palabras de recuerdo para las letras ausentes, como la che y la elle, tristemente desaparecidas. Después, los novios han comulgado paganamente ante el travesaño de la t. Cuando el cura les ha dado su bendición, la nueva pareja se ha besado y el público ha aplaudido fervientemente. A la salida del santuario, los novios han sido recibidos con una profusa lluvia de apóstrofes, puntos, comas y con una sonora traca de tildes prendidas en sus sílabas tónicas.
Ya en el banquete, se ha ofrecido un cóctel de bienvenida, con barra libre gentileza del señor H, el padre del novio y arrobas de comida. También se ha amenizado la cena con un espectáculo de flamenco a cargo de R y A, con un memorable zapateado de apófiges y patas. Tras el baile nupcial, la fiesta ha continuado hasta altas horas de la madrugada. Tal ha sido la animación, que muchas letras han salido del restaurante con los zapatos en las manos, víctimas de rozaduras y espolones. Otros se han retirado, bamboleándose por el efecto del alcohol, asidos en cursiva los unos a los otros, en franca camaradería, cogidos de los hombros, como h y n. Los recién casados anhelaban ya estrenar la almohadilla compartida en la cama de la suite de su hotel. En el cielo raso, cuando la fiesta ha terminado, como  un presagio de buena fortuna, titilan, en lo alto, los asteriscos.

lunes, 21 de mayo de 2018

404. ¿Quién anda en el arca?



Siempre he creído que el verdadero éxito de un escritor no se debe al número de ventas de sus libros ni a la buena recepción de la crítica, ni siquiera a que haya entrado en las páginas de los manuales de literatura. El verdadero éxito de un escritor es ingresar en los diccionarios, en el lenguaje cotidiano de las personas, en sus expresiones coloquiales o en los tecnicismos de una profesión. Es, incluso, olvidar que aquellas palabras que usamos habitualmente proceden, en realidad, de una obra literaria. No debiera haber mayor privilegio para un escritor que sentirse así, mezclado con el habla de las gentes, fundido en el magma del idioma, fagocitado por las palabras, el escritor mismo hecho ya palabra más allá de su biografía.
Si nos ajustamos bien nuestros quevedos podremos ver mejor cómo la lexicografía española homenajea a muchos de los más ilustres escritores universales. Así, si queremos emprender una empresa idealista como conquistar a esa chica imposible que nos arrebata, nada mejor que ponernos quijotescos. Pero antes habrá que acicalarse de la mano de un buen fígaro (que puede ser perfectamente el cervantino maese Nicolás) para convertirnos en un auténtico donjuán o en un tenorio o en un casanova. Convendrá, eso sí, mantener la sensatez y no enamorarnos de una dulcinea y, mucho menos de una lolita. Si el cortejo no resulta bien, siempre se puede echar mano de una celestina o de una trotaconventos que, con sus estrategias maquiavélicas y rocambolescas a buen seguro conseguirán su propósito con las pobres incautas. Quizás convenga también no dar con una novia a la que le vaya el sadismo, aunque para gustos los colores. También sería conveniente que no fuera lectora de Jorge Bucay, no hay necesidad de ser masoquista. Si hay suerte, nos tocará en fortuna una bella e inesperada serendipia. Una vez establecida la relación, hay que guardarle fidelidad, tratando de evitar las tentaciones mefistofélicas y fáusticas: no seamos tartufos. Que ella lleve los pantalones o no en la casa, eso ya es cosa de cada cual. Si hemos decidido ofrecerles el palacio de nuestros corazones, hay que ser buenos anfitriones, regalarles la más grande y mejor habitación del alma porque el amor no cabe en una casa liliputiense. Si nos casamos, montemos un banquete pantagruélico, a la altura de nuestra felicidad. El amor y la convivencia son casi siempre una odisea, pero si se sabe navegar por sus procelosas aguas, no tienen por qué convertirse en una pesadilla dantesca o kafkiana. Como dicen que el amor es ciego, que el perro lazarillo del cariño nos alumbre el camino. 
Recuerdo con ternura y nostalgia cómo mi madre, cada vez que yo llegaba a casa y me oía entrar, pronunciaba siempre desde la cocina o desde alguna de las habitaciones donde realizaba sus labores, la siguiente expresión: “¿Quién anda en el arca?” Mi madre no supo, hasta que yo se lo dije, que aquella frase procedía en realidad del Lazarillo de Tormes, aunque deturpada por quién sabe qué azares. Quizás no haya mayor gloria para el autor de la famosa novela picaresca que esta anécdota. A su anonimato suma luego su ingreso en el acervo popular y se somete a los designios de la tradición oral. Y se convierte en patrimonio de todos, que no es poca cosa si pensamos en esta España cainita nuestra donde tanto cuesta ponerse de acuerdo en algo y sentirnos herederos de un capital cultural común. Y pasa lo de siempre: que La literatura nos ofrece su bálsamo sin necesidad del fierabrás.

lunes, 14 de mayo de 2018

403. Veinticinco años embrujados




¿Y cómo no estarlo? ¿Cómo no seguir hechizados un cuarto de siglo después por una de las obras más entrañables, inteligentes y cruelmente conmovedoras del maestro Juan Marsé? Justo este mes se cumplen 25 años desde que la extinta (o más bien fagocitada) Plaza & Janés publicara El embrujo de Shangai. Al año siguiente de haberse dado a la imprenta, la novela ya había obtenido el Premio de la Crítica y en 2002 fue llevada al cine por Fernando Trueba.
Con unos mimbres aparentemente sencillos, Marsé construyó una obra perfecta, lo que demuestra lo prescindibles que resultan los juegos de artificio cuando, sencillamente (y qué difícil es esa sencillez) se respeta la pureza de lo literario. Porque la novela de Marsé es literatura en estado puro, acrisolada en el precioso matraz de la palabra sin impostura. El embrujo de Shangai es una novela dentro de otra novela y es un alegato en defensa de la fantasía, de su consuelo en tiempos de grisura, sobre todo si esos tiempos se enmarcan dentro de la durísima posguerra española.
El catálogo de personajes es inolvidable: el capitán Blay, el estrafalario excombatiente del lado perdedor, lúcido chalado obsesionado con las represalias, que vive por ello escondido en un armario y que sale a la calle oculto entre vendas, haciéndose pasar por la víctima de un atropello de tranvía. El capitán Blay es un personaje con reminiscencias quijotescas; su locura reivindicativa no está exenta de mordacidad. Luego está el niño Ramón, el narrador de la obra, que acompaña y cuida cual lazarillo al capitán en sus dislates y que recibe el encargo de éste de dibujar a la niña tísica de la torre de la calle de las Camelias, con el propósito de acompañar su retrato a la hoja de firmas que está recogiendo para la retirada de una chimenea contaminante y conmover los corazones de los firmantes. Esta niña es Susana y encarna el perfecto prototipo del erotismo ligado a la enfermedad, en la línea del gusto decadentista de principios del siglo XX. En ella se aúnan inocencia y perversión, creando en el lector una mezcla de compasión y perturbación a partes iguales.
Pero el verdadero catalizador del leit motiv de la obra es Nandu Forcat, antiguo maqui, que se aloja en casa de Susana y que explica a los dos niños las aventuras de Kim, padre de la niña y cabecilla de los exiliados en Francia cuya figura está nimbada de la mitología que ha forjado el imaginario colectivo. Enfundado en su quimono, que parece ejercer de atuendo ritual para la magia de las palabras, Forcat relata el viaje de Kim a Shangai, aderezando su historia con todos los componentes de la novela negra, espías, nazis, lugares exóticos y mujeres fatales. Las palabras de Forcat, revestidas de un lirismo embelesador y de una premeditada ingenuidad, casi romántica, en sus ardides narrativos, alejan por unas horas a los dos niños de aquella habitación y de la vida sin horizontes de los años 40 y estimulan su imaginación en un momento donde la ruina general y la enfermedad ahogan las ilusiones en su yermo. 
El embrujo de Shangai reivindica el poder salvífico de la literatura pero también su enorme vulnerabilidad, siempre expuesta a la crudeza de una realidad que no admite paliativos y que, a veces, se ensaña con quienes quieren huir de ella o cambiarla. El final, una mezcla de desolación y esperanza, es la metáfora de una lucha en claroscuro donde la épica de la palabra trata de erigirse en luz para los desheredados de la felicidad, sin importar que, tal vez, esa luz sea una mentira. Un embrujo.

lunes, 30 de abril de 2018

402. Calígula o el desdén de la luna



Estoy seguro de que cualquier escritor que se precie de considerarse como tal, renunciaría a parte de su obra solo por escribir algo remotamente semejante al Calígula de Albert Camus. Estrenada en el parisino Théatre Hébertot en 1945, pocos textos de tamaña intensidad literaria y hondura filosófica como el del novelista y dramaturgo argelino. Calígula es la historia de la fatal lucidez. La muerte de Drusila, la hermana y amante del emperador, es el detonante de una terrible verdad: “que los hombres mueren y no son felices”. A partir de esa clarividencia, Calígula ejerce su tiranía con un afán pedagógico, el de mostrar a sus súbditos el verdadero sinsentido de la vida humana. Para ello destroza todos los valores, a la postre falaces, en los que se sustenta la humanidad: la patria, la religión, la amistad, el arte, el amor, la dignidad, el bien y el mal, todas las grandes palabras son sometidas a su despiadada destrucción. Subyace en la perspicacia de este delirio la idea de la libertad. Al hombre se le ha negado la posibilidad de elegir, pues no puede optar a la vida eterna. Es por eso que Calígula trata de rebelarse contra esa privación llevando al máximo extremo su propia libertad, la libertad del gobernante que no atiende a limitaciones de índole práctica, ética, o de sentido común para ejercer su poder. En realidad, con su actitud, Calígula está tramando deliberadamente su propio asesinato. Solo un cambio radical en el devenir de nuestra existencia finita podría llevarnos a la esperanza. Pero como esa esperanza se cifra en lo imposible, el nihilismo de Calígula no tiene cura. Por eso el emperador se obsesiona con conseguir la luna; si ello fuera posible, se revertiría todo el orden establecido, todo se transfiguraría: “Mi voluntad es cambiarlo. Haré a este siglo el don de la igualdad. Y cuando todo esté nivelado, lo imposible al fin en la tierra, la luna en mis manos, entonces quizá yo mismo esté transformado y el mundo conmigo; entonces, al fin, los hombres no morirán y serán dichosos”.
La nueva versión de Calígula a cargo de Mario Gas se resume en dos palabras: Pablo Derqui. Me cuesta encontrar en la memoria una interpretación tan apabullantemente estelar como la del actor barcelonés, aunque era algo que me esperaba, porque después de verlo interpretar a Enrique IV en la serie Isabel, de TVE, el papel de Calígula y su registro le venían pintiparados. La escenografía, a cargo de Paco Azorín, también es acertada, con ese frontispicio tendido que imita el Palazzo della Civiltà del Lavoro, el Colosseo Quadrato, símbolo del fascismo italiano que mandó construir Mussolini para aquella Exposición Universal de Roma que nunca se celebró. También el vestuario, con sus elegantes trajes, es respetuoso con el deseo de Camus de no presentar a los personajes con túnicas romanas. Chirría un poco la escena del baile de Calígula disfrazado de David Bowie, acompañando a Joker y a la Máscara. Aunque en el texto original se pone el acento en el histrionismo afeminado de Calígula, lo cierto es que la escena desmerece el conjunto y resulta incómoda. Lo que sí es un error imperdonable de dimensiones cósmicas es la música que suena justo en la escena final, cuando Calígula es asesinado. En una obra que nos recuerda continuamente la constatación de la nada que somos, el momento culminante de la muerte del emperador debe ir acompañado necesariamente de un silencio profundo y catártico –nihilista– que solo debe ser roto por los aplausos entregados de los espectadores. Terrible mácula final para un montaje que rozaba la perfección. 
La versión, pues, quedará en la memoria, sobre todo, por la deslumbrante actuación de Derqui. Y si alguna vez nos olvidamos del estremecimiento que vivimos un día en el patio de butacas, siempre estará para recordárnoslo la luna, recogida en el triclinio del cielo, altiva, bella.  Desdeñosa.

lunes, 23 de abril de 2018

401. Habitar la omniausencia



Quienes me conocen bien saben que no profeso en la cofradía del encomio gratuito, ni siquiera cuando el cedazo del cariño (como es el caso) pudiera tamizar la capacidad del discernimiento. Digámoslo, pues, de una vez: Pilar Blanco Díaz es una de las voces más deslumbrantes de la actual poesía española. Y esto hay que decirlo alto, claro y sin complejos, con la certeza de quien se sabe legitimado por la lectura jubilosa de una obra de incuestionable altura.
Tras cuatro años de silencio, Pilar Blanco nos regala Vigía de tu paso, una joya engarzada en la preciosa edición de Chamán. El libro se divide en tres secciones. En la primera, titulada “El que observa”, toma la voz poética una suerte de abstracción que no es más que el trasunto de la vocación trascendente de la poeta. A esta entelequia “clavad[a] en lo absoluto” se la llama a veces “hermética presencia” o “el otro”, “el hermano”, “el que escucha”. Desde su dimensión inalcanzable nos recuerda la finitud de lo que somos y la falacia de la búsqueda, pese a la tozudez contumaz del ser humano por responder a los enigmas de su propia existencia y por erigirse en interlocutor perpetuo y estéril del misterio. A la postre, somos sólo el “sueño de un loco” que amó en nosotros “lo inmortal que le fuera negado”, “un acaso de células cuyo fin desconozco”. “No te rebeles: respiras y ya has sido”.
En la segunda parte, titulada “La criatura”, es ésta quien toma la palabra para interpelar al metafísico vigía, pues necesita atar su canto a él para explicarse; de este modo  alimenta su ficción y agranda la oquedad del dolor, pues no hay respuestas si no hay a quien preguntar: “ni siquiera existes, producto de mi mente y de mi hambre”. La identificación con ese ideal anhelado pasa entonces a configurarse hacia adentro, estableciendo una tensión entre el yo público y el yo esencial, ese que “dice que es yo y no lo reconozco, / y me desprecia desde mis sangre misma”, o ese ser atávico, el arcano prediluviano, el origen telúrico del que venimos, de la tercera parte. Para el acceso a la eternidad queda entonces la palabra demiúrgica, la que nace de su veta prístina, pues lo que no se nombra no existe, o la asunción del tiempo presente como el único posible: “todo es hoy y avanza hacia sí mismo”, “luego no será más que un siempre  y un ahora”, “completar el ahora, / cauce único del siempre”.
La última sección se titula significativamente “El espejo del agua”, pues en ella dialogan la criatura y el vigía, que son las dos caras de una misma alegoría.  Se alterna aquí la letanía y el tono oracular. La “hermética presencia” se postula, allá en lo alto, como un dios soberbio y nihilista, que se alimenta de nuestro miedo y que niega toda perfección, destino y trascendencia a los hombres. La poeta se rebela a veces enarbolando la fuerza del amor (“soy eterno, pues amo”) y otras acepta la nada de su sino dando dimensión al espejismo a través de la belleza y de la poesía, que la salvan.
Vigía de tu paso es la epopeya elegíaca de una búsqueda imposible, la épica de una derrota cierta. Y, sin embargo, el misterio de la existencia debe oscurecerse precisamente para entenderlo: “porque el hombre que eres me usará de fanal” –dice ese eón anhelado–. “Ceguera que abre luz”, –corrobora la poeta–. Pues toda nuestra radical humanidad se halla en “amar así el bastón que nos conduce, el reflejo que evoca / este vacío repleto de preguntas. / Y amar en quien camina a nuestro lado / la misma pequeñez con la que se alza”. 

lunes, 16 de abril de 2018

400. Hacerse pueblo



Ya sabemos que es fácil sentar cátedra a toro pasado pero me van a permitir esta vez arrogarme (sin ánimo de exclusividad) el vaticino de este nuevo libro de Ramón García Mateos, que más tarde o más temprano había de darse necesariamente a la imprenta. Ya nos lo venía avisando el autor mismo en sus anteriores obras, que siempre han reservado un espacio para albergar la veta popularizante de muchos de sus versos. Pero si, además, se tiene el privilegio de haber sido su alumno, de conocer su persona y de disfrutar luego de su amistad, la premonición no tiene ya tanto mérito, pues basta con recordar el entusiasmo con que explicaba en sus clases el fenómeno de la oralidad, las jarchas, la juglaría y el Romancero (demorándose más de la cuenta –no podía evitarlo– en detrimento del resto del programa); basta con rastrear sus querencias literarias que, tanto cultas como tradicionales, han atendido siempre a la belleza de la canción popular; basta con oírlo cantar a él mismo, al calor del vino y de la amistad, viejas coplas de sabor añejo; basta con verlo ajuglararse en su aventura poético-musical con el grupo Goliardos; basta, en fin, con conocer el vínculo sentimental que, desde su infancia, ha contraído con el folclore, en el sentido más noble y etimológico del término, para convencerse de que este libro era casi una necesidad para la propia autoafirmación de su credo poético.
Nuevo ramo de viejos cantares, publicado por la editorial Silva, es un verdadero portento del dominio métrico y del espíritu del verso llano. Otros poetas cultos se vieron también tentados por la frescura y espontaneidad de la poesía popular, como aquellos que acabaron por conformar el corpus de eso que llamamos Romancero nuevo. Pero hasta ellos, con toda la indiscutible belleza de sus composiciones, no pudieron liberarse del todo del lastre de su propio ingenio, valga la paradoja. Ramón, en cambio, consciente del peligro de la impostura, tan en las antípodas del género, se ha hecho pueblo hasta el punto de que su libro podría pasar por una antología de los viejos cantares. Para ello se ha servido muy inteligentemente de los recursos congénitos a la propia tradición oral: el metro corto (con un magistral despliegue del florilegio de estrofas populares), la asonancia, los arcaísmos léxicos y gramaticales, la noble rusticidad o los temas (amorosos, evocadores, históricos, festivos, agrícolas, eróticos, procaces, viajeros, de escarnio, etc). Pero el verdadero mérito que da fe de la maravillosa recreación que el autor hace de la canción popular es la utilización de su fenómeno más señero: el de la transmisión oral. Y esto, claro, resulta paradójico en un libro escrito. García Mateos toma versos de la tradición y, o bien los glosa, o bien los transforma, o bien los continúa, contribuyendo con ello a su vida en variantes, que es parte esencial del género. Se da, pues, la anomalía de que un libro concebido para ser leído, pues los poemas se han fijado por escrito, participa, en realidad, de un presupuesto de la oralidad, que es el de ser parte del proceso de su vida en variantes. El milagro se hace cierto porque, repetimos, los poemas no parecen escritos por un poeta individual sino heredados de esa legión anónima que llamamos pueblo. Para acabar de consolidar ese premeditado calco de los procesos de la oralidad, el libro viene acompañado de un disco compacto donde varios artistas ponen música a los poemas y trascienden, por tanto, la fijación escrita. Se trata, en definitiva, de una maniobra originalísima cuyo gran acierto es, precisamente, que no lo parece. Y quién sabe si se cumple el sortilegio y algunos de estos viejos nuevos versos de Ramón toman vida propia y se acaban injertando en el cancionero colectivo, como aquel “lobito bueno”, de Goytisolo. Ramón, lo sé, renunciaría a ellos de buen grado, fundido y anónimo en el seno del pueblo, eterno ya.

lunes, 9 de abril de 2018

399. ¿Existe Portbou?



Los últimos días de Walter Benjamin en Portbou y su misteriosa muerte siguen constituyendo motivo de inspiración para literatos y centinelas de la memoria, si es que acaso no son la misma cosa. Álex Chico engrosa con un Un final para Benjamin Walter publicado por la editorial Candaya, la dilatada lista de quienes han sentido el magnetismo por una figura y un paisaje, imbricados tan íntimamente entre sí, que cuesta separar la orografía de la piel del filósofo, marcada por las cicatrices del exiliado, de la de los accidentados valles ampurdaneses, que parecen, ellos también, residir en una suerte de ostracismo geográfico en tierra de nadie.
Es justo esa fantasmagoría de la ausencia la que empapa todo el relato del escritor extremeño. Su prosa demorada y lírica, llena de sugestivas evocaciones, mece la lectura hasta generar una atmósfera envolvente y narcótica que envicia los pulmones lectores de melancolía. La descripción de lugares abandonados o poco frecuentados, como la antigua estación de tren, la playa, el cementerio, los hoteles vacíos, los obsoletos puestos aduaneros, los bastiones militares, el monumento de Caravan, el promontorio desde donde se divisa Cervère, todo contribuye a predisponer al espíritu a la ensoñación, pero también a la reflexión sobre la memoria, a su salvaguarda y a la denuncia de su postración interesada. Un final para Benjamin Walter es una epopeya de la desolación, un no-libro para un no-sitio y casi para un no-hombre (significativo el trueque que sufre el nombre del pensador alemán al ingresar en España) y hasta el autor, que visitaba Portbou para investigar esas últimas horas del autor de El libro de los pasajes, parece olvidarse por momentos de su empresa inicial para realizar él también una suerte de viaje iniciático hacia los intersticios de la propia escritura como ontología. Diríase que Álex Chico es un Juan Preciado y Portbou una nueva Comala, donde los muertos se aparecen y conversan con él, el propio Álex Chico otro espectro sincretizado con el paisaje.
Por supuesto, hay en el libro un recorrido documental y sentimental sobre Walter Benjamin, jalonado en ocasiones por jugosas anécdotas como aquella que describe el azaroso viaje del cuadro de Paul Klee, el Angelus novus, adquirido en su día por Benjamin y que hoy cuelga significativamente en el Museo de Israel, en Jerusalén. O la magia de la intertextualidad, que pone en liza a inesperados compañeros de viaje literarios. Pero hasta todo eso acaba poniéndose al servicio de reflexiones sobre la escritura o la memoria, como demuestra esa especie de coda final en la que el autor se centra en los cuadernos de Sílvia Monferrer, habitante de Portbou que acoge a Chico en sus últimos días en el pueblo, de vida también errabunda, casi ficticia, otro fantasma más.
Un final para Benjamin Walter, a medio camino entre la novela, el ensayo y la crónica de viajes, es un libro con aura, como tiene aura Portbou. Ese poso que dejan algunas lecturas de las que olvidamos su argumento, sus personajes y hasta sus títulos pero que quedan sedimentados en alguna parte de nosotros para siempre. Quizás sea esa la paradójica máxima expresión de la literatura: los libros donde las palabras se desintegraron pero son polvo en los bolsillos del viajero. Por eso no hace falta un cadáver de Walter Benjamin ni una tumba para sus despojos. Porque existen epitafios como el de Álex Chico.