La
visita del Papa a Barcelona ha vuelto a colocar en el epicentro de la
literatura catalana el himno del Virolai,
compuesto en 1880 por Jacinto Verdaguer con motivo de la conmemoración de los
mil años desde el hallazgo de la talla de La Moreneta en una de las cuevas de
Montserrat. La celebración de esa misma efeméride es la que sacó a concurso la
musicalización del texto del poeta folgarolense, que acabó ganando el músico Josep
Rodoreda. La versión que escuchamos el pasado miércoles en las voces del coro
de la Escolania de Montserrat es justamente la que compuso Rodoreda. El Virolai pronto se convirtió no solo en
el himno de la patrona de Cataluña, sino también, provisionalmente, en el himno
político de los catalanes, sobre todo durante las dictaduras de Primo de Rivera
y de Franco, cuando fue prohibido Els
Segadors. El texto de Verdaguer, depositado su manuscrito desde 1979 en la
Biblioteca de Catalunya, parece inspirado en otro del siglo XIV, en concreto en
el que aparecía en las primeras páginas del
Llibre Vermell. En ellas se describían algunas de las danzas, llamadas birolay, que los peregrinos de
Montserrat bailaban en honor a la Virgen. Uno de ellos comienza con las
palabras «Rosa plasent, soleyl de resplendor,/ Stela lusent, yohel de sanct amor».
La versión de Verdaguer comienza, no por casualidad con el verso «Rosa
d’abril». La palabra birolay procede
del francés (Lai viré) y designa un
género poético-musical que ya bailaban los catalanes en el siglo XIII. Según
Gregori M. Suñol, el vocablo está formado por las palabras virer (girar) y lay
(canción), que ilustran muy bien su carácter dancístico. En puridad, el Virolai de Verdaguer no es propiamente
un birolay, sino que se ajusta más
bien al patrón del himno. El texto obtuvo una gran acogida debido a su sencillo
sentimiento religioso y catalanista, aunque algunos entendidos en musicología lo
recibieran con cierto menosprecio.
Respecto
a la letra, además de las consabidas peticiones de protección a la Virgen,
destacan algunos versos de iconografía medieval, como aquellos en los que se
dice que la Virgen puso a su pies a la luna, en una clara alusión a la primacía
cristiana sobre la musulmana, cuyos rayos tejieron el vestido con que ahora se
viste. También llama la atención la voluntad de Verdaguer de distinguirse del
resto de españoles sin menoscabo de que la Virgen atienda a unos y a otros con
igual magnanimidad: «Dels catalans sempre sereu Princesa, / dels espanyols
Estrella d’Orient». Curiosamente, el Papa, en su discurso del miércoles, citó estos
versos del Virolai, aunque se tomó la
licencia de modificarlos: «Dels catalans sempre sereu la Princesa, dels
espanyols i de tot el món l’amor; Digueu-nos: Sou el meu tresor, jo sóc la
vostra mare, no tingueu por». Emocionantes
son los versos en que la Virgen se convierte en el consuelo de aquellos que
abandonaron la patria: «Doneu consol a qui la pàtria enyora /sens veure mai els
cims de Montserrat; /en terra i mar oïu a qui us implora,/ torneu a Déu els
cors que l’han deixat»
El
Virolai de Verdaguer entronca con la
tradición himnográfica dedicada a la Virgen, pero su sencillez y su cándida
plegaria lo emparentan con el latido popular que se percibe, por ejemplo, en
los Milagros de Nuestra Señora, de
Gonzalo de Berceo o en las Cantigas
de Alfonso X. Alejada de las inaccesibles alturas teológicas, estos poemas, de
encantadora ingenuidad, quizás sean los que mejor expresan la fe del pueblo
llano, su verdad cercana y humilde, lejos de la doctrina remachada de oropel,
lejos de aquellas cúpulas y columnas que
Lorca denunciaba, los «anillos y teléfonos de diamantes» que ignoran «el
misterio de la espiga».









