Afirmar que Sacramento es para mí la mejor novela de
2021 sería absurdo, pues no he leído todas y cada una de las novelas publicadas
durante el pasado año. Tomen nota de ese pequeño detalle quienes confeccionan
esas listas anuales en términos absolutos. Pero apuesto a que, de ser posible
tal proeza lectora, el libro de Antonio Soler ocuparía la misma consideración
de marras. No sé si en Málaga son conscientes de que tienen en su tierra a uno
de los mejores escritores españoles de nuestro tiempo. El elogio no es
gratuito: basta con leer este último trabajo del autor de Sur para darse cuenta del prodigio literario que constituye su
magisterio narrativo.
Sacramento
ha sido editado por Galaxia Gutenberg, sello que está liderando, junto a Libros
del Asteroide o Candaya, lo que otrora representase Anagrama para los lectores
exigentes y ávidos de novedades estimulantes. Una gran noticia este modelo
editorial que aquí celebramos con alborozo e ilusión. El hilo argumental del
libro se basa en la historia real de Hipólito Lucena, quien fuera párroco de la
Iglesia de Santiago, en Málaga, y que protagonizó una oscura y ambigua relación
de abusos a determinadas feligresas (las llamadas hipolitinas) a través del
pergeño de una suerte de misticismo sexual, cuyo marco teórico de aspiraciones
legitimistas va inculcando el cura durante las sesiones de confesionario. El
libro comienza con una primera parte de tono cronístico, donde Soler recuerda
la anécdota que tantos años más tarde daría lugar a la presente novela. El
autor explica cómo, todavía joven y poco reconocido, se le ofrece la
posibilidad de participar en una revista cultural auspiciada por algunos popes
de la vida literaria malacitana y cómo, al principio, se siente algo
decepcionado al recibir para la misma el encargo de escribir sobre la vaga y
poco motivadora historia del tal Hipólito. Le sirve a Soler esta primera parte
para reflexionar sobre hermosos aspectos de metaliteratura y para recordar la
precariedad de sus primeros tiempos de escritor, simbolizada en ese Callejón de
las Puercas donde vive. Tras ese preámbulo llega, al fin, la novela y aquí
halla el lector todo el portentoso despliegue literario de Soler. En esos
primeros apuntes de la biografía documentada de Hipólito, dirigida por un
narrador omnisciente o por el estilo indirecto libre, destacan algunos primeros
rasgos de su personalidad, que ya adelantan las atrocidades del futuro:
Hipólito pugna denodadamente contra el dominio de la carne que le lacera y que
entra en conflicto con su vocación religiosa. Esa lucha, con la culpa como eje
conductor, deja algunos de los pasajes más brillantes y estremecedores del
libro. Luego, cuando el Hipólito ya cura asume su claudicación, trata de
conciliar ambas facetas de su naturaleza e inventa una teología del sexo que él
mismo acaba creyéndose para tratar de justificar sus aberraciones. Entretanto,
el narrador traza un friso de la España de la inmediata posguerra y de las
décadas siguientes, cuya ironía recuerdan al mejor Marsé. La mezcla de sexo y
marco religioso resulta fascinantemente turbadora y su atmósfera evocan a la
literatura decadentista de principios del siglo XX. La prosa es deslumbrante:
desde el preciosismo levítico (e irónico) de un Gabriel Miró o la prosa
alucinada de un José Donoso, pasando por un dominio extraordinario del lenguaje
conversacional. Magistral es también la distancia del narrador respecto de las
abominaciones de Hipólito. Efectivamente, el narrador nunca juzga las acciones
del cura, con la dificultad que eso debe de entrañar, y hasta a veces se atisba
algo parecido a la compasión para con su personaje, a la postre otra víctima de
sí mismo. El lirismo displicente de los pasajes más escabrosos son tan
extáticos como las pasión mística de las hipolitinas. Si la literatura es
también un sacramento, la oblea con la que comulgar debe de ser muy parecida a
esta novela admirable.
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