lunes, 9 de febrero de 2026

716. Bestiario en Agua Vieja

 


Lo primero que se me vino a las mientes mientras leía Escicha fue dónde había estado metida Luisa Máñez durante todo este tiempo. O dicho de otra manera, cómo diablos alguien que escribe así (y «así» significa «maravillosamente») no había debutado todavía en el mundo de la literatura. «Luisa Máñez nació en Valencia en 1979. Su primera novela es Escicha», reza la escueta solapilla de la edición de Talentura, sin más alharacas. Y ya que aparece el nombre de la editorial, permítanme insertar un breve inciso sobre el trabajo portentoso de Mariano Zurdo al cargo de este pequeño sello madrileño que hace honor a su nombre apostando por ese tipo de talento que solo las editoriales independientes y el buen ojo de sus editores son capaces de apreciar.

Pero volvamos a Escicha. El título, una deturpación dialectal de la palabra «desdicha», viene acompañado del sugestivo acrílico sobre lienzo a cargo de Francisco Poyatos que ilustra la cubierta, y que resulta tan turbador como la prosa alucinada de Luisa Máñez. Aviniéndonos al tonto prurito del crítico literario que busca siempre la manera de etiquetarlo todo, podríamos emparentar esta novela con el tremendismo castellano, el realismo mágico, el gótico latinoamericano o todos esos marbetes a la vez. Pero lo que aquí encontramos es, sobre todo, la voz particularísima de Luisa Máñez repleta de impresionantes hallazgos estilísticos, muchos de los cuales –otra vez el crítico– me han recordado a aquellas asociaciones semánticas de los simbolistas franceses o del creacionismo de Huidobro, es decir, la proliferación de metáforas novedosas y rupturistas, como recién inventadas, que amenazan la lógica tradicional y que, no obstante, se engarzan en la trama argumental con una naturalidad lírica que fluye sin exhibicionismo.

El argumento, ambientado en un pueblo manchego innominado, pero ubicado tal vez en las inmediaciones de la Sierra del Segura, y en un tiempo también indeterminado con atmósfera de la España profunda de posguerra, narra los avatares de una familia donde la brutalidad, los bajos instintos, el primitivismo, la superstición, lo telúrico y la ancestralidad se entretejen bajo el hilván de una rara poética del extrañamiento que convierte cada sintagma en una imagen poderosa. La novela entronca también con las ideas deterministas decimonónicas donde los personajes parecen atrapados por su origen y cuyo destino parece irreversible: «Los pobres no deberíamos haber nacido», dice Severo en boca de su madre nada más empezar la novela. Y Severo, que desea ser una buena persona, no puede evitar el embrutecimiento que hereda de su padre y que marcará el devenir de su propia historia, pero también de la de las otras personas que se cruzan en su vida, especialmente, la de Graciana, una mujer intersexual, oprimida por su ambigüedad genital. Y he aquí, otro de los leit motiv de la novela: las circunstancias sociales de las mujeres en un mundo duro e inflexible gobernado por el hombre y la tradición, cuya supervivencia solo se cifra en una resistencia de precioso gineceo poético asistido por la Naturaleza.

Estructurada en tres bloques, la autora va abandonando paulatinamente, casi sin darnos cuenta, esa prosa mágica para adentrarse en la escabrosidad sin paliativos de la tercera parte, con reverberos naturalistas de alto voltaje. Acérquense a esta Escicha y descubrirán un debut literario fascinante que augura, si Luisa se atreve a llenar su solapilla, a una autora tocada por la varita de la alta literatura. Su Escicha es pura dicha literaria.

lunes, 2 de febrero de 2026

715. Salteóme una serrana

 


Resulta inevitable sentir fascinación por la sorprendente y radical modernidad de La serrana de la Vera, la tragedia escrita por Luis Vélez de Guevara cuyo estreno en 1613 dio luego lugar a una efímera presencia en las tablas: la obra no gustó en su época. Y no gustó como no gustan los textos incómodos. En La serrana de la Vera se abordan temas tan en boga en nuestro tiempo como el feminismo, el lesbianismo o la transexualidad. Efectivamente, Gila, que así se llama nuestra serrana, se siente hombre: «mujer soy sólo en la saya», afirma en un momento de la obra. Su comportamiento bizarro (cazadora, diestra en las armas) así lo ratifica. Siente admiración rayana en el enamoramiento hacia Isabel la Católica y venga en todo el género masculino el agravio sufrido por el capitán que la burló.

La compañía alicantina de Emma Lobo estrena ahora una versión libre de la obra titulada Serrana: emperadora o alimaña. La actriz de Santa Pola se echa a la espalda todo el texto de la adaptación, a cargo de Quico Cadaval, asumiendo con enorme solvencia los muchos registros que el elenco de personajes le reclama. La obra se divide en dos partes. En la primera, ambientada en nuestro tiempo, se da cuenta, por parte de las autoridades y de la prensa, del caso de una asesina en serie detenida por la Guardia Civil, que había perpetrado una matanza de hombres desde su refugio en la sierra. A continuación, Emma Lobo romper la cuarta pared y se dirige al público para resumir didácticamente el argumento de la obra de Guevara, sin renunciar –acertadamente– a recoger algunos parlamentos del original. Con ello, Lobo se gana enseguida la complicidad del público, complicidad tachonada de divertidos guiños humorísticos y tono confidencial. Pero la tesis de la adaptación no parece resolverse nunca: se esboza, se autocuestiona y parece querer dejar deliberadamente la responsabilidad de la reflexión en los espectadores. La pregunta más importante es si Gila debe ser condenada a muerte, como ocurre en la tragedia áurea. Interpelado el público, se concluye la simpatía que la heroína despierta entre la concurrencia del teatro. El motivo de esa simpatía parece proceder de una de las interpretaciones que esta versión ofrece de los asesinatos de Gila: la serrana se ceba con todo el género masculino porque este, en su colectividad, representa el patriarcado que limita la libertad y los derechos de las mujeres. La pasividad o indiferencia de los individuos hombres legitima la acción execrable del capitán y perpetúa la posición de dominio masculino, privilegio que los hombres no quieren perder. En virtud de todo ello, la serrana homicida se erige en mártir y paladín de la causa feminista. Pero, enseguida, se cuestiona esta simpatía por mor precisamente de sus asesinatos. Si esta violencia hubiera sido perpetrada por un hombre, la condena social habría sido unánime. El asesinato, pues, crimen siempre reprobable, se mide con una doble vara de medir según quién lo haya llevado a cabo. La incomodidad del público ante ese espejo es uno de los grandes aciertos de la función. También resulta muy sugestiva la comparación de la prensa sensacionalista con la circulación de los romances populares del siglo XVI, que cantaron los hechos de la serrana de Garganta la Olla, degradados ahora al ruido del contertulio de turno y de las redes sociales. El resultado es un montaje muy interesante: teatro reflexivo, cómplice, envolvente, ameno y competente, que seduce al espectador, como la serrana, sin necesidad de despeñarnos, a no ser que sea a la escarpadura de nuestra propia conciencia ciudadana.