domingo, 13 de septiembre de 2026

733. Navarra literaria

 


Entramos en la vinoteca Damaxen, de Pamplona, buscando el vino «Rayo de sol», de las bodegas Camilo Castilla, situadas en la cercana Corella. Nos mueve, ante todo, probar el vino que sirven en el guateque prenupcial de Luciano y Rosita, personajes de la novela Plaza del Castillo, de Rafael García Serrano, publicada en 1951 aunque ambientada en julio de 1936, durante los días previos al estallido d la guerra. En el fragmento de marras se citan otras exquisiteces de la zona: «Había pastas de Maxi, merengue de Pomares, coronillas de Salcedo, chorizo de Casia, bollos y borrachos del Suizo: una antología suculenta, salada y dulce, con la garantía de las mejores firmas pamplonesas y generosamente rubricada por el vino de la tierra: el Rayo de Sol, de Corella, un tinto sublime de Artajona, un clarete ribero que sabía a gloria y un moscatel azucarado y espeso que adunaba legiones de moscas». Al entrar en la tienda, su regente, Michael Expósito, se halla en acalorada conversación con un cliente. Hablan de pelota vasca. Al parecer, Expósito es antiguo pelotari (se jacta de haber sido de los de mano) y se lamenta de que el deporte patrio ya no es lo que era, lleno de poses y falto de autenticidad. Su desencanto es el nuestro cuando buscamos en Pamplona todas las referencias locales de la novela de García Serrano y comprobamos que aquella Pamplona ya no existe. De las cafés que se mencionan en el libro, solo subsiste el Iruña, famoso por ser asiduo refugio alcohólico de Ernest Hemingway; una estatua del escritor estadounidense esculpida por José Javier Doncel en el interior del café recuerda su paso por la ciudad. También se mantiene en pie, aunque remozado, el hotel La Perla, en cuya habitación 217 se alojó el autor de Fiesta (The sun also rise), novela ambientada durante las Fiestas de San Fermín y de la que ya proliferan ediciones conmemorativas coincidiendo con su centenario. Casi todo lo demás ha desaparecido. Por eso, Plaza del Castillo es una joya documental que ofrece un fresco vivísimo y costumbrista de la Pamplona del 36: las calles, los negocios, los pormenores de las fiestas, el ambiente político… García Serrano escribe de forma apasionada sobre su ciudad, respetando una cartografía sentimental de gran precisión. Ese es, seguramente, el mayor mérito de una novela que, sin embargo, luego se pierde en las intrigas pamplonesas del golpe de Estado, alentadas por el ardor ideológico del escritor falangista y de menos interés literario.

Sí permanecen, en cambio, todos lo sugestivos vestigios de la leyenda de Roldán en Roncesvalles. En el llamado Silo de Carlomagno, donde la tradición ubica los enterramientos de los soldados muertos durante la batalla, un equipo de arqueólogos exhuma los restos de cientos de cadáveres. Las excavaciones en el osario todavía se hallan en los estratos más modernos, lejos de los del año 778. Es difícil creer que, al llegar a ese nivel, puedan hallarse los huesos de Roldán, pero su hallazgo resulta tan fascinante como el monumento al héroe francés que logramos hallar entre la niebla de Roncesvalles. Cosas más extrañas se han visto, o si no, recuérdese que el único Cantar de Roncesvalles conservado en lengua castellana, lo descubrió Menéndez Pidal escrito sobre un pergamino que había sido utilizado como cartapacio.

Más fácil es recorrer los espacios literarios de la Trilogía del Baztán en Elizondo, donde ya se encuentran guías especializados en la novela de Dolores Redondo. O el recuerdo de san Virila, el monje del monasterio de Leyre que, extasiado por el canto de un ruiseñor, se quedó dormido durante 300 años. Hoy existe la fuente al lado de la cual el monje descubrió la eternidad que se encierra en un efímero lapso de belleza.

En Damaxen, Michael nos dice que no dispone del vino de Corella que buscamos. De esa bodega –añade– solo venden su vino de consagrar. Así que, ite missa est.

 

domingo, 6 de septiembre de 2026

732. Contra los poetas de corte

 


No sabemos a ciencia cierta si Óscar Restrepo, el protagonista de la nueva película de Simón Mesa, es un buen o un mal poeta. A tenor de los pocos versos revelados en la cinta, aventuramos que no atesora la suficiente calidad. Efectivamente, el poema dedicado a su hija, que la exesposa de Restrepo le lee a la niña en una de las secuencias del filme, se antoja remilgado y ñoño. Pertenece a un libro, La noche y tú, ganador de un premio nacional cuando su autor contaba apena con quince años, y que el poeta blande como ejecutoria de hidalguía poética en currículums y festivales. Solo que Restrepo supera ya la cincuentena y, desde aquel galardón de la adolescencia, el cultivo de la poesía no le ha reportado la gloria prevista. Antes bien, los cenáculos literarios lo tratan con humillante condescendencia y lo invitan por pura lástima. Hay quien observa que obra en menoscabo de la película la caída en el cliché del poeta maldito. Efectivamente, Restrepo, incapacitado para la vida práctica encarnada en su hermana, no sabe ni quiere hacer otra cosa que triunfar como poeta, aunque su contumacia lo aboque a la pobreza, el alcohol, el divorcio, la pérdida del amor de su hija, la depresión o el ridículo patetismo. Apoyaría la tesis de quienes así opinan si no fuera porque el lugar común deja de serlo cuando la realidad se encarga de recordarnos que existen personas de ese perfil; que un repaso a la historia marginal de nuestra literatura arroja decenas de casos similares; y que yo mismo conozco y trato a algunos de estos poetas irredentos, cuya vocación insobornable me merece el máximo de los respetos. Sobre todo, porque, mala o buena, la poesía de estos escritores no se ha prostituido aún a los clichés –estos sí– de la poesía-espectáculo cultivada por sobreactuados activistas sociales o performers de TikTok. Precisamente ese es uno de los grandes aciertos de Simón Mesa. Cuando Restrepo conoce la afición de una de sus alumnas a la poesía y quiere redimir su fracaso catapultando el talento de ella, la niña ingresa en una de esas instituciones literarias que, enseguida, adulteran las sencillas pero honestas piezas poéticas de la menor para convertirla en un subproducto ideológico lleno de hipocresía que solo busca el impacto mediático auspiciado por el origen humilde de la alumna, instrumentalizándolo demagógicamente. El propio director de Poesía Viva, que así se llama la organización cultural, es un falso redomado que, entre bambalinas, y fuera del foco, le pregunta a Restrepo, mientras orinan en los mingitorios, si ha descubierto entre sus alumnas alguna que tenga buenas tetas y buen culo. Luego, durante las sesiones poéticas defenderá, claro, la dignidad de las mujeres. La tiranía de la superficialidad también se aprecia en el éxito de un tal Fausto, cantante que lidera las listas de éxitos musicales a través de canciones con letras y estilos de muy baja estofa, mientras Restrepo, que se deja el alma en cada verso, vive su gris anonimato. Se erige entonces en símbolo la figura de José Asunción Silva (1865-1896), poeta colombiano que se mató de un disparo en el pecho a los 30 años y autor de cabecera de Restrepo, cuyo modelo literario y vital parece querer imitar, sugestionado por el prestigio póstumo de los suicidas. Sirvan los versos de Silva en su poema «Poeta de corte», inserto en Gotas amargas como colofón al fracaso de todos los Restrepos del mundo: «Soñó con los laureles del renombre /con el aplauso de la muchedumbre /y hoy es tan solo un infeliz que esconde /su desencanto y su honda pesadumbre».