La noticia ha pasado casi
desapercibida entre el atribulado sumario informativo de estos días. Unos
juristas catalanes han propuesto que los ríos de Cataluña sean considerados
personas jurídicas. En realidad, la idea no es nueva. Ya en 2022, el mar Menor
logró alcanzar esa misma categoría legal. El objetivo es que, una vez adquirida
esa naturaleza en el ordenamiento del derecho civil, los ríos puedan
defenderse, como lo haría una persona cualquiera, de las agresiones producidas
en sus ecosistemas, ya sea por dejación de funciones de la Administración o por
los impunes atentados de otros sujetos. Y, claro, ha sido aparecer la noticia y
los ríos de todo el mundo han desbordado sus caudales para acercar sus aguas a
los bufetes de abogados y a las concentraciones acuáticas frente a los
organismos oficiales. Así, el río Tíber ha reclamado sus privilegios
nobiliarios al recordar a los gobernantes italianos que fue él quien ayudó a
Eneas a remontar sus aguas hasta el Palatino para fundar la futura ciudad de
Roma. Por su parte, el río Guadiana ha blandido un documento –con su
correspondiente marca de agua para legitimar su autenticidad– donde demuestra
sus servicios como escudero del famoso caballero Durandarte, en el momento de
cuya muerte, Merlín –por compasión del dolor de su deudo más leal– convirtió en
río; y que si algunas veces ha renunciado a sus obligaciones fluviales
desapareciendo y apareciendo arbitrariamente, ha sido porque cuando transcurre
por la superficie, tanta es la tristeza de no ver en ella a su caballero
Durandarte y tal es la decepción que este mundo hostil le provoca, que prefiere
ocultarse de nuevo en las entrañas de la tierra; pero que todo eso no es óbice
para que él y la dueña Ruidera con sus dos hijas y siete sobrinas, convertidas
asimismo en lagunas por Merlín, no tengan derecho a un certificado de
vulnerabilidad, pues ya se sabe que, debido a su tristeza, «no se precia de
criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos bien
diferentes de los del Tajo dorado»; y que esto lo cuenta muy bien don Quijote
en boca de Montesinos, cuando bajó a la cueva del mismo nombre y que no es don
Quijote sospechoso de decir locuras. Animado por la vehemencia del Guadiana, la
cascada de Gujuli ha demandado a la ninfa que lo convirtió en catarata, pero
esta le ha reprochado haber robado su espejo de los deseos y haberse dado a una
vida regalada a su costa, y que los ladrones no tienen qué reclamar aquí, pues
sus antecedentes deslegitiman todas sus peticiones. La disputa entre la ninfa y
la casaca de Gujuli ha removido muchas aguas en la concentración y muchos han
coincidido en que toda la demanda de Gujuli hace aguas por todas partes, aunque
otros están entre dos aguas al respecto. Finalmente, tras el alboroto, las
aguas han vuelto a su cauce y otros ríos han podido tomar la palabra. Así, el
río Acis ha pedido una indemnización al cíclope Polifemo que, por celos de la
ninfa Galatea, le había arrojado, matándolo, un enorme peñasco que sepultó su
cuerpo; con la sangre que empezó a manar, bajo la roca, los dioses, apiadados
de la pareja truncada, fundaron el río que hoy atraviesa la Sicilia oriental; y
aunque Galatea, como ninfa que es, puede gozar eternamente de su Acis, y Acis
de su Galatea, éste se ha cansado ya de las erupciones del Etna y reclama, al
albur de este proyecto de los juristas catalanes, su condición humana. Todo han
sido reivindicaciones torrenciales a las puertas de los ministerios y la
Justicia se siente con el agua al cuello. Mañana, como casi todas las noticias,
será agua pasada, pero quizás, como en la égloga de Garcilaso, las ninfas tejan
en sus tapices la historia de esta rebelión de los ríos y algún día algún
columnista de provincias la recuerde y suscite, entre sus comentadores, ríos de
tinta.

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